Se siente tan extraño, tan lejano, tan necesario. La sed arde en mis venas, insaciable, voraz, como una llama que consume todo a su paso. Nada, absolutamente nada, puede apaciguar el deseo, ni un suspiro ni un toque; nada calma las ansias de sentir, de revivir aquellas sensaciones recorriendo mi cuerpo, de perderme en un éxtasis que ya no puedo olvidar. Nada lo puede comparar: como lamer la miel derramada por las ramas de los árboles, pegajosa y amarga, dulce y áspera al mismo tiempo, carrasposa, intensa, hiriente y deslumbrante. Como probar el sabor de las nubes en un atardecer rojo-anaranjado, desintegrándose lentamente en mi boca, como un elixir de vida que se funde en mis labios y lengua, llevándome a la gloria y a la condena en un solo segundo...
Esto se llama adicción, dependencia, la abstinencia cruel de los placeres mundanos del ser humano, del cuerpo viciado y quebrantado que aún anhela lo prohibido, lo sucio, lo pecaminoso. El ser humano, en su arrogancia, en su desmedida soberbia, se arrastra por la tierra como escoria, buscando en cada rincón de este mundo el consuelo que no puede hallar. ¿Cómo no caer en la tentación? ¿Cómo no entregarme a estos sueños mortales, a estas maravillas de fuego y carne? ¿Cómo resistirme a esta llamarada que consume mi alma, a este pecado palpable, esta deslealtad al cuerpo de un dios, este infierno que se ofrece como cielo, con promesas dulces y envenenadas?
A pasos agigantados, con tacones rojos que resuenan como tambores de guerra, golpeando mis caderas con cada avance, mi cuerpo rebotando de poder, furia, fuego, como una bestia desatada, un animal indomable, en un vestido que se ciñe a mis curvas con una perfección salvaje. Mi cabello ondea como una bandera en la tormenta, ondeando en la determinación de una voluntad imparable. Entro al cuarto del hotel, un lugar cargado de lujo y decadencia. Puertas gigantes, de madera oscura, decoradas con bordes de oro desgastado por el tiempo. Alfombra rojo vino, cálida y suave bajo mis pies, pero fría como la muerte en su carnalidad. Todos me observan, puedo sentirlo, como un peso sobre mi piel, pero sus miradas son irrelevantes, insignificantes, vacías. Los dejo deleitarse con el espectáculo, mientras me deslizo hacia mi destino.
Porque mi fin está allí, al fondo de aquella habitación, lo que he buscado durante años, décadas, siglos. Lo que jamás me ha faltado, lo que siempre he deseado. En el centro de aquella habitación, en el corazón de la oscuridad y la luz, allí está el elixir de vida, la promesa de juventud eterna, de poder, de dominio absoluto sobre mi ser. Y lo miro, lo siento, está esperando por mí, susurrando mi nombre en un eco que reverbera en mis entrañas. Sin duda, esto es lo único que puedo rescatar de este mundo desquiciado, este mundo roto, donde el tiempo se desvanece y el alma se corrompe. Y yo, finalmente, seré libre.
