sábado, 27 de diciembre de 2025

Desde las estrellas en el fondo del océano...

Te regalaré una pequeña historia llena de amor y fantasía, de lujuriosas miradas y de sensaciones tan terrenales que sentirás que estás en medio de la tierra, sin saber si estás muriendo o disfrutando lo que jamás debiste comprender, entre el núcleo de la creación y los secretos del universo.

La noche está despampanantemente tibia y asfixiante; brillantes estrellas y galaxias se pueden observar desde donde me encuentro. El agua es tan fría como los glaciares de tu alma y la lógica de tu mente cuando me hablas de lo que hay más allá de nuestros ojos, más allá de nuestro entendimiento, creyéndote el hombre más sabio que ha pisado la tierra y que ahora está sentado a mi lado. Así se siente esta costa del mundo: mis pies no saben si correr o asentarse; duelen, pero la suave brisa crea un placer de otro mundo, como si el dolor fuese apaciguado por los besos de la vida y el vapor de tus labios descendiendo de a poco por toda la eternidad.
Y aquí me encuentro, observando cómo cada sensación de la tierra me lleva a hundirme en las penurias de amar, en el desastroso bosquejo que intentamos crear de a poco y que se destruye con cada palabra y cada pensamiento fuera de lo justo.
Libriana por las estrellas, mujer por las raíces, romántica por los sueños y anhelos no cumplidos, justa por la venganza, hombre por los cimientos y por una mente que no me dio opción; amante por los placeres, leal por mi familia, fuerte por la vida y humana por desgracia. Dices y balbuceas más de lo normal para llegar; manipulas muy bien, me hablas de lo bueno que tengo y, cuando no, remarcas mis defectos como si naciéramos para mejorar constantemente y no para vivir. Pero no eres capaz de amar tus propios errores, tus defectos, como el sello distintivo que nos entrega la vida, las estrellas, el universo.
Piensas que vas ganando, mientras yo voy besando cada uno de ellos y haciéndolos míos, entendiendo y nutriendo mi alma con el entendimiento humano, que es lo que vine a hacer a este mundo: comprender y entender las estrellas más allá de lo profundo del océano.
Y te veo allí sentado en la arena, a mis espaldas, esperando que tu juego continúe, mirando a tu siguiente presa para devorarle el alma y nutrir tu ego. Pero corazón, la vida no es así. Estás detrás de mí… sentado, detrás de mí.
De pronto me giro y te observo desde las alturas; de a poco avanzo zigzagueando al ritmo de los latidos de tu mente, de esa melodía que creas con tus ilusiones y creaciones. Muevo mis caderas al compás de tu respirar; de a poco me incorporo frente a ti, hasta tu nivel, siempre mirando tus ojos: esos ojos profundos, atentos, esas pestañas intensas que hacen que tu mirada quede prendada en mis sueños y en mis pesadillas.
Me acerco tanto que el calor de la sangre en nuestras venas comienza a sentirse, a expandirse en el espacio-tiempo. Puedo sentir cómo tus pensamientos pierden el control, cómo crees que vas tomando el mando, cómo imaginas que todo está a tus pies.
Me gusta sentir cómo te entrego ese poder, cómo suelto la vida por un instante y cómo me recibes sin resistencia, cómo deseas más y más, desde donde estemos, desde donde nos encontremos. No olvidarás jamás esta sensación: porque se siente viva, porque se siente como amor, porque se siente como si al fin tuvieras algo entre tus manos, como si al fin hubieras encontrado lo que tanto buscaste.

Pero nada es tan fácil. Nada es color rosa. Todo tiene un precio demasiado alto. Así como se cae desde la cima, tú también tendrás que hacerte cargo de todo lo que conlleva destruir a un ser humano.



lunes, 22 de diciembre de 2025

Un ultimo aliento...

La vida es un destello de interna complicidad con la muerte, un acuerdo silencioso entre dos fuerzas que se observan desde el borde del abismo. Es un paisaje brotado de ilusiones torcidas, de caprichos mal elegidos, de deseos que alguna vez fueron luz y hoy son sombra. La vida y la muerte bailan el vals más estruendoso y a la vez más silencioso del universo, girando sin descanso bajo la mirada indiferente del tiempo. La luz brilla, destella, se quiebra; y el aire —ese cómplice sutil— hace brotar, florecer y también remover aquello que creímos eterno.

Somos seres hundidos en una realidad desgastada, construida de sueños sin sentido, de expectativas marchitas, de felicidades que nunca nacieron. Nos empeñamos en ganar, en estar por encima del otro, aun cuando esa victoria no significa nada. Somos la basura de la tierra, criaturas abominables ante cualquier dios que aún conserve algo de piedad.

Somos el suspiro desgarrado cuando el fuego nos atraviesa la garganta, el beso que sangra desde la herida del alma. Mortales en cuerpo, inmortales en pensamiento, una contradicción que late en cada célula. Criaturas del infierno y del fuego, del aire, de la tierra y del agua; criaturas de las estrellas, de los cometas y de las galaxias. Somos, en conjunto, omniscientes y omnipotentes en un sueño que jamás podremos sostener despiertos, y aun así seguimos siendo terrenales, jamás celestiales. Imperfectos dentro de la perfección del universo, somos su error más hermoso y su fracaso más doloroso: la perfección defectuosa dentro de la creación.

Las luces giran, giran, giran. Se aproximan como presencias hambrientas que buscan devorar aquello que queda de ti. Se apagan de golpe, te consumen, oscurecen el alma. Y entonces, en ese vacío total, la verdad empieza a brotar desde el fondo: sube lentamente por las entrañas de la tierra, como un eco antiguo que ha aguardado siglos para pronunciarse. La verdad se abre paso entre la carne y el espíritu, esperando el grito ahogado de quien anhela la muerte prematura de su vieja alma, esa que ya no le sirve, esa que clama por ser abandonada para renacer en una forma distinta.

Y allí, en la oscuridad más profunda, cuando incluso las tinieblas parecen retirarse para observar, descubres que no estás muriendo:

estás cambiando de piel.

Estás dejando atrás la versión de ti que no pudo sobrevivir al peso del mundo.

Y algo, muy dentro, algo que apenas respira, comienza a encenderse.




martes, 16 de diciembre de 2025

La herida sigue sangrando...

En plena madrugada comienza a recobrar la conciencia, a sentir sus manos, a reaccionar a la vida.
¿Dónde estoy?
Abre los ojos de a poco, observando la oscuridad que la rodea.
¿Qué hora es?
No recuerda nada. Mira sus ropas.
¿Por qué sigo vestida?
Mi celular… ¿dónde está?
Yo… yo no soy así. ¿Qué hice?

Se incorpora lentamente, tratando de recuperar el aliento. La cabeza le duele como los mil infiernos; se siente moribunda, como si la vida la abandonara, como si el universo entero quisiera enterrarla bajo tierra. Se levanta con dificultad: aún no reconoce su cuerpo ni entiende que su vida estuvo en peligro. Busca entre sus ropas, entre sus cosas: todo está allí, intacto. Y su celular… exactamente en el mismo lugar donde su mente lo habría dejado. Demasiado perfecto. Demasiado cotidiano para lo que siente en el pecho.

Sale de la habitación. No sabe dónde está.
El lugar es horrible, frío, gris.
No comprende que se encuentra a kilómetros de su hogar, de los suyos, de sus abrazos.

Rebusca entre sus pertenencias hasta encontrar pastillas para mitigar el dolor, para calmar la locura que parece desatarse en su cabeza. No siente la piel, no siente su cuerpo; solo sus manos, palpando la vida como si aún pudiera escapársele. Encuentra un espejo: sus labios están rojos, su piel blanca y fría como la luna, sus ojos vidriosos como si la lluvia quisiera desatarse en ellos, como si la tormenta comenzara a hablar por sí sola. Una ola gigante viene hacia ella… y aún no sabe qué es.

Vuelve a acurrucarse en el rincón donde despertó, intentando conciliar el sueño. La cabeza le da vueltas y vueltas. Pero está viva. Viva en muerte, pero viva. Completa. Revisa su celular en busca de respuestas: mensajes, rastros, explicaciones. Solo halla frases extrañas, palabras sin sentido. Confusión. Vacío.

Dicen que los seres humanos crecemos de muchas maneras: por las buenas, observando a los demás; por las malas, cometiendo errores; y por los traumas, obligados por un destino que jamás elegimos. Siempre escuchamos que debemos endurecernos, formar carácter, aprender, resistir. Pero nadie nos enseña a aceptar a los otros tal como son, a cuidarlos y amarlos sin querer transformarlos en versiones imposibles. Les exigimos ser de una manera inhumana, dolorosa, difícil; no respetamos el diamante que tenemos frente a nosotros. Solo arrebatamos, criticamos y decidimos por los demás. Somos seres poco conscientes, escasamente empáticos, raras veces amables.

Somos una sociedad repugnante que jamás, jamás debió existir.

S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...