domingo, 28 de junio de 2026

S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, estamos olvidándonos de nuestra humanidad. ¿O acaso nunca ha existido? ¿O acaso siempre fuimos iguales? Según la historia, hemos seguido el mismo patrón una y otra vez, diciendo: *si tuviera poder, si tuviera dinero, si tuviera influencia*, cuando, para hacer las cosas, eso no siempre es necesario. Facilita el camino, es una vía, pero tenemos manos, tenemos corazón, tenemos voluntad y tenemos una mente privilegiada. Nadie es más que otro cuando realmente está decidido.

¿Y por qué nuestras metas se reducen a lo que todos quieren de nosotros? ¿O a un mecanismo ya escrito y sobreescrito? ¿Quién dijo que todo esto estaba bien? ¿Quién dijo que debíamos hacerlo? ¿La monarquía? ¿La dictadura? ¿O ese complejo grupo que toma decisiones por todos nosotros? ¿Quién dijo que este mundo gobernado por la política y los grupos de poder era el correcto? ¿Quién decidió que estaba bien? ¿Quién decidió que los derechos humanos fueran menos humanos que quienes los vulneran?

¿Cómo es posible que hayamos estado atrapados durante siglos, décadas, miles y millones de años en un ciclo sin fin de decisiones que no son reales, que no son libertad, sino imposiciones, queramos o no queramos, pensemos lo que pensemos? Todo parece libertad, pero no lo es. No somos privilegiados por vivir en una democracia, como tampoco lo fueron quienes vivieron bajo regímenes donde un grupo de seres humanos perdió su humanidad.

¿Quién me explica por qué tienen que existir diferencias y grupos? Si existe un dios, ¿por qué diablos no nos hizo a todos iguales? ¿Por qué no creó una única forma de existir? No entiendo este mundo. Este mundo no puede ser real. No puede ser esta la realidad. No puede existir semejante grosería de vivir. Díganme qué sentido tiene vivir así, luchar así. ¿Qué sentido tiene que nos entreguen un lugar tan hermoso, tan fructífero, y que la única orden parezca ser reproducirnos, crecer, producir y crear ciencia, en lugar de simplemente disfrutar? ¿Pecado? ¿Es esto parte de pagar un pecado que hoy carece de sentido? ¿O que siempre careció de sentido y de lógica?

Explíquenme cómo es posible que la mente humana sea esclava de otras mentes humanas. ¿Cómo es posible que solo existan caminos impuestos por otros? ¿El poder es realmente algo tangible o simplemente una idea que todos aceptamos sin cuestionar? ¿Cómo no vamos a tener la fuerza suficiente para levantarnos y aplastar todo esto? ¿Qué significa vivir? ¿Qué significa estar aquí? ¿Qué diablos es toda esta broma de mal gusto?

Ustedes, que siempre tienen razón y parecen saberlo todo, explíquenme por qué tenemos que aguantar abusos, daños y órdenes. ¿Por qué debemos limitarnos a lo que nos imponen? ¿Por qué no existe una forma diferente de vivir? Hay momentos en que rechazo profundamente la idea de pertenecer a esta especie. No me gusta ser un ser humano. No me gusta compartir el alma de existir, el aire y el sol con quienes creen que todo esto es un juego y que las diferencias justifican cualquier cosa. Lo que más me cuesta aceptar no es la existencia de la humanidad, sino la facilidad con la que renunciamos a nuestra propia humanidad.

Deberíamos extinguirnos...





sábado, 13 de junio de 2026

Descendiendo a nuestro inframundo

Cierro mis ojos y comienzan a aparecer un sinfín de imágenes en mi interior. Giran sin descanso, cambiando paisajes, lugares y escenarios, mostrándome una y otra vez cada rincón que alguna vez habité, cada lugar que llena los espacios de mi espeso pensar, de mi limitada mente y de mi infinita alma. Acuden a mí los recuerdos, las memorias y las sensaciones, pero hay una por sobre todas las demás: el frío. El frío en mi nariz, ese frío que me obliga a ver la realidad y observar, con los ojos cerrados, mi propio interior. Se siente nostálgico, se siente cómodo, se siente como hogar volver a estas fauces del inframundo que he habitado durante tanto tiempo y que, con frecuencia, he olvidado.

Aquí yacen todos nuestros anhelos, nuestros sueños, nuestras risas, nuestros amores y nuestros dolores; todo aquello que nos vio crecer y nos convirtió en quienes somos. Este es el lugar al que todos debemos regresar y, una vez revisado, acariciado y amado, abrir nuevamente los ojos de la realidad. Porque sin aquello que llevamos dentro olvidamos dónde colocar nuestros pies, olvidamos dónde comenzamos y por dónde debemos continuar. Nos desviamos de nuestras metas y perdemos nuestra esencia, la esencia del ser, de nuestro ser, de donde todos venimos y donde compartimos las mismas expectativas, los mismos miedos y las mismas preguntas frente a la vida. Volver a reencontrarnos, a mirarnos por dentro y abrazarnos parece una tarea sencilla, pero es quizás una de las más difíciles.

Nos falta amor, pero no hacia los demás. Nos falta amarnos más a nosotros mismos; amar nuestras historias, nuestras tristezas, nuestras pérdidas, nuestros aciertos, nuestras pequeñeces, nuestras mentiras y nuestros miedos más profundos. Somos seres espectacularmente curiosos, trazables, amables y venerables, y si tan solo pudiésemos mantener presente nuestro verdadero interior en lugar de la invención de quienes creemos que debemos ser, comprenderíamos cuánto hemos perdido en el camino. Las conexiones se van diluyendo poco a poco, las vamos dejando atrás, las vamos olvidando, hasta que llega el momento en que apenas recordamos quiénes éramos antes de convertirnos en aquello que el mundo esperaba de nosotros.

Se siente sombrío cuando logras arrancar el velo que cubre los ojos de los demás. Se siente tristeza. Se siente añoranza. La certeza de que es tan fácil volver y presentarse desnudo ante la vida, pero tan difícil escapar del molde que nos han impuesto. Esa es la lucha constante que muchos aseguran no tener y que, sin embargo, todos compartimos. Habitamos el mismo mundo, cargamos heridas similares y buscamos, aunque sea por caminos distintos, exactamente lo mismo.

Esta noche brindemos con el licor de la vida, aquel que no embriaga ni daña. Brindemos por nuestros sueños y nuestras esperanzas, por una copa llena de ilusiones fortalecidas por las expectativas del corazón y por esa inevitable pérdida de razón que acompaña a todo aquello que vale la pena. Hagamos un brindis por nuestros ojos internos, mancillados por el deber y por el no querer, por las cadenas que nosotros mismos nos colocamos y por aquellas que no logramos romper. O quizás por aquellas que no queremos romper, porque tememos perder esta realidad. Porque, en el fondo, sabemos que detrás de ella siempre ha estado aquello que vinimos a buscar.



sábado, 6 de junio de 2026

Demonizando el presente... irrumpiendo

El sonido implacable del eco de nuestras mentes, formulando constantemente ideas y situaciones inherentes al desapego de la realidad, va descontinuando poco a poco el sentido mismo de la vida. Va mancillando el creer, el ser, lo tangible; el ver, el sentir y el vivir.

Somos seres que parecen imponerse la autodestrucción desde el momento en que nacen, como si todo aquello que vivieron nuestros ancestros hubiese dejado de tener importancia. Pareciera que nuestro ADN de supervivencia fue reemplazado por el ADN del placer. Y es que la autodestrucción y el dolor también son formas de placer; menos aceptadas, quizás, pero no por ello ajenas a la naturaleza humana.

La locura de lo impensable, de nuestra imaginación desbordada, ha comenzado a mermar nuestra capacidad más primitiva. Nos intoxicamos de ideas banales y mágicas. Podríamos llamarlo ciencia sucia; podríamos llamarlo potencial. O quizás una obstrucción mental y vital de la que no lograremos escapar si no somos capaces de enderezar nuestras metas y comprender nuestros privilegios dentro de este nuevo mundo.

Un lugar donde todo comenzó a destruirse y decaer.

Mientras observamos cómo se cruzan líneas y se crece sin parar, cómo todo parece elevarse entre nubes de tecnología e innovación, nuestras raíces se van perdiendo. Nuestra esencia queda relegada a un rincón olvidado, consumida por la necesidad de ser más, de lograr más, de poseer más; como si de ello dependiera nuestra mera existencia sobre este inmaculado globo terráqueo.

La mente fantasiosa, deseosa de crear un círculo primordial donde sujetar lo poco que queda de aquellas raíces, se vuelve potencialmente peligrosa. Sobresale entre el impensable mundo de edificios grisáceos. Se transforma en una anomalía.

Un potencial demente.

Un ser ridiculizado.

Un derrotado.

Alguien que ha quedado fuera de la realidad construida por una sociedad que define lo moral y lo éticamente aceptable.

No puedo evitar preguntarme cómo suspiran nuestros ancestros en cada rincón de este desolado mundo. Cómo observan la lenta aniquilación de aquello que alguna vez significó existir.

Las estrellas nos entregaron la perfección de la simetría.

La perfección de lo hermoso.

Y aun así, solo unos pocos han logrado contemplarla y disfrutarla.

Por lo demás, la codicia de nuestras mentes ha ido erosionando nuestra capacidad de escuchar nuestras entrañas, de comprender nuestros instintos y de recordar quiénes éramos antes de perdernos en la interminable carrera de convertirnos en algo más.






martes, 2 de junio de 2026

Despojos emocionales...

El gélido viento imperceptible del otoño innegable golpea las puertas de una ciudad que viste siempre de gris. Palpa mis blancas mejillas y susurra delicados secretos anónimos; balbucea mentiras, disfraza la realidad y empapa mis ojos con agua ardiente de zonas erosionadas por el recelo de admitir que la vida, a veces, le va ganando a la misma razón de seguir siendo cuerdo.

En un mundo donde ellos son los locos.

En un mundo donde la piel ya no se eriza, donde el corazón ya no siente, donde todo se ve gris y todo está frío. El sonido permanece en pausa, atrapado en susurros mentirosos, en susurros blasfemos de las personas que nos rodean.

Frío falso. Frío añejado. Sin vapor de amor. Sin vapor de vida.

Un ente entre tantos edificios.

Un ente muerto entre tanta muchedumbre consensuada en que posee la razón de la vida, sumida en su propio egocentrismo, invalidando al que más siente, invalidando el humor, el amor, el creer, el crecer.

Y así vamos todos, paso a paso, entre gigantes de cemento y vidrio. Vamos todos cayendo en la imaginación del caer, del sucumbir, del no volver; de estrellarnos contra el piso, de perder la fuerza y caer, caer y caer, una y otra vez.

En el tren.

En las escaleras.

En los edificios.

Y sientes cómo se va apagando la visión. Cómo cierras los ojos y te dejas llevar por cada sensación, por cada despojo de vida que emerge de estas paredes, de estos suelos y de entre las personas.

De soslayo observas tu reflejo en el vidrio.

Inerte.

Blasfemo.

Indeseado.

Lo miras y remiras: tus ojos sin vida, el cristal opaco, las arrugas de sonrisas muertas. Las marcas de vivir bajo el efecto de sucumbir siempre a los mismos brazos, siempre al mismo lugar.

Parece no tener fin.

Te desesperas cuando comienzas a notar que nada cambiará. Que seguirá todo año tras año. La misma secuencia. El mismo ciclo.

Porque pareciera que somos el basurero emocional de los despojos de la vida.

Esos despojos que no saben cómo brillar. Que todo lo cuestionan. Que todo lo matan. Que se esconden bajo el mando de la terquedad, bajo la resequedad de no saber vivir ni disfrutar.

Entes que deberían aprender a soltar.

A respirar.

A vivir.

Pero no.

Solo saben arrastrar a su mundo a los pocos locos que aún quedan de pie tratando de luchar contra una realidad que se empeña en doblegarlos. Tratando de rastrillar el piso, de rasguñar las paredes, de respirar y no ahogarse dentro de estos cimientos.

Pero es inútil.

El ser humano es espectacularmente desagradable y perturbador.

Y, a su vez, fascinante.

Único.

Podrías ahogarte en este sinfín de mundo grisáceo, de destellos plateados y brillos opacos.

Duelen los ojos.

Duelen las manos.

Duelen los pies.

Duelen las piernas.

Duele el alma.

Se destruye con cada paso que vas dando.

Nadie dijo que la cima fuese fácil.

Pero tampoco imposible.

Y si ha de ser necesario, destruiremos el mismo mundo para volver a crear.

Si es que no sucumbimos antes.




lunes, 30 de marzo de 2026

Desgarro...

A diario pareciera que la vida va perdiendo el sentido, a diario pareciera que el botón de detenerse se rompió hace más de un año. Las paredes de la habitación sofocan el alma en todo su blanco esplendor: vacía, sin nada, limpia, pura, reluciente de falta de entendimiento y raciocinio, lista para ser manchada, escrita. Aun así, los dedos duelen, la muñeca molesta, cada movimiento arrastra ese dolor espantoso de volver a crear, de volver a sentir, de volver a explicar.

Y entonces te hundes en los narcóticos, narcóticos legales, que van apagando poco a poco la ilusión de existir, de vivir, que apagan la llama y dejan esa sensación de seguir viviendo por vivir, seguir por seguir, con metas inventadas por mentes opacas, por silencios del alma, por café derramado sobre un diario de vida con páginas arrancadas, destrozadas en tinta, en lágrimas, en sangre, en sudor y en dolor.

El mundo desgarra cada partícula de los seres, rasguña la piel, atraviesa los músculos y tritura los huesos hasta llegar al alma, al pecho, a eso que no podemos ver pero que nos mantiene respirando, eso que nos ata, que nos obliga a seguir existiendo. Y ahí estás, despedazada, incrustada en diamantes de lágrimas, en plegarias al destino, en la búsqueda de un respiro para dejar de sentir la agonía de abrir los ojos cada mañana, de levantar la vista y tratar de encontrar algún sentido.

Buscar amor en lo cotidiano, en los detalles, en mi cabello suave, en mis largas pestañas, en mis labios rosados, en mis mejillas llenas, en esa sonrisa tan hermosa que incluso rompe los espejos de los sueños de los hombres.

Aun llena de narcóticos, aun conteniendo un cuerpo que quiere escapar, el sentir sigue siendo intenso, el respirar sigue siendo real, y aun así el ser sigue siendo puro en su esencia, en su etapa de encontrarse, de buscarse y de sobrevivir. Tormentas, avalanchas, dolores que recorren el cuerpo, pérdida de vida, de brillo… y aun así seguimos intentando, Dios, seguimos intentando que las personas sobrevivan a la desdicha misma de vivir en este mundo, cuando estamos alejados de todo lo que nos hace vibrar, de todo lo que nos hace amar.

Seguimos intentando llegar más lejos… pero si decides abandonarnos, también lo aceptaremos, porque no hay mayor infierno que estar en este cielo.




viernes, 27 de marzo de 2026

Ambigüedad humana

¿Por qué el ser humano idealiza?

Me lo he preguntado una y mil veces.
¿Por qué? ¿Para qué? ¿No son también hermosos ciertos defectos? Bueno, seré sincera: no todos. Pero lamentablemente no somos perfectos, y aun así merecemos un amor que nos quiera tal como somos, sin etiquetas, sin embellecimientos forzados, sin moldearnos a la imagen que otros desean ver.

Existe una tendencia constante a pulir la realidad hasta volverla tolerable. Idealizamos porque tememos mirar de frente lo que somos. El ser humano puede ser cruel, despiadado, incluso aterrador; una bestia con inteligencia, una bestia revestida de “valores”, “ética” y “moral”. ¿Por qué insistimos en creer que somos lo opuesto?

Desde pequeños nos narran historias de dos bandos: el bien y el mal. Y casi siempre vence el bien. Pero la realidad no funciona como un cuento. No somos buenos ni malos en términos absolutos; somos capaces de actos profundamente morales y, al mismo tiempo, de decisiones brutalmente egoístas. Habitamos esa ambigüedad.

Quizás idealizamos para soportarnos. Para no enfrentarnos a la crudeza de lo humano. Para no aceptar que convivimos con contradicciones constantes. Lo que nos enseñan, lo que nos pintan y escriben, suaviza lo inhumano que también nos habita. Tal vez sea una forma de control. Tal vez sea simplemente miedo colectivo.

Y aquí estamos, todos, luchando guerras internas que creemos externas, intentando sostener una narrativa que nos permita sentirnos coherentes. Desesperados por encontrar sentido.

Pero déjame intentar algo distinto.

Son las nueve de la mañana. La luz entra por la ventana y te ilumina el rostro mientras duermes. Debo admitir que no te ves tan perfecto como quisiera cuando abres los ojos con el ceño levemente fruncido. Sin embargo, observo cada detalle: tu mandíbula, el contorno de tus labios, tu barba, la forma de tu nariz, las pestañas oscuras, esos ojos atentos que siempre parecen analizar el mundo incluso cuando descansan.

Escucho tu respiración, suave, acompasada. Hay algo profundamente humano en ese instante. Nada heroico, nada idealizado. Solo un cuerpo vivo, vulnerable, entregado al descanso.

Sé que no somos perfectos. Sé que nunca lo seremos. Pero estos amaneceres los guardaré dentro de mí como se guarda una verdad sencilla: el amor no es perfección, es presencia.

Y llegará un día en que abra los ojos y solo vea un techo blanco, o un cielo azul sin compañía. Un vacío inevitable. Por eso este momento, imperfecto y real, es suficiente.





miércoles, 4 de marzo de 2026

El ecosistema del sentir

Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que escribí. Me encuentro en un proceso creativo para poder compartir con ustedes uno de los capítulos de mi vida, pero hoy siento la necesidad de expresar un poco de esta imaginación que a diario no deja de volar, de crear, de sentir. No se detiene; todo lo quiere llevar más allá. Es como si respirar dependiera de ello.


¿Y saben algo? Me encanta. Me fascina.


Sólo el tiempo irá diciendo cómo vamos construyendo nuestros pasos, nuestro camino, nuestros sueños. No bajen los brazos. Quien lo dice quizá no es la persona más indicada, pero no lo hagan: hay más luz dentro de esta oscuridad de la que los demonios de nuestra alma pueden manejar.


Hoy vengo un poco nostálgica, romántica, enamorada de los recuerdos de vidas pasadas. Añoro deseos prohibidos, sueños de un tiempo en que aún no nacía a la vida humana. Esos sueños, esas historias donde cada sensación, cada existir, cada movimiento, cada roce imperceptible creaba existencia y calor; creaba un mundo efímero y real que poco a poco se transformaba en universos, galaxias, planetas y, finalmente, en ecosistemas independientes.

Magia pura. Hermosamente magia.

Algunos más testarudos lo llamarán ciencia. Pero para mí es magia. El mundo, el universo, es mágico. Y el ser humano es aún más esplendoroso y maravilloso.

No es que los ame a todos, pero los admiro. Los admiro por su capacidad de generar vida, destrucción, movimiento. Un gesto tan sutil, tan efímero, puede hacer temblar la tierra, provocar que los mares rompan en llanto y que el cielo se revuelque en las capas invisibles en las que solemos respirar y existir.

Es fantástico el sentir humano. Nuestros cuerpos están hechos para palpitar, para temblar, para articular movimiento y concentrar emociones tan intensas que incluso podrían extinguirnos.

¿No les parece mágico que estos cuerpos logren tantas conexiones, tanto sentir? Aunque no queramos o intentemos ocultarlo, esa es nuestra esencia. Para eso existimos: para sentir más allá, para experimentar cada emoción, cada sentimiento, cada dolor, cada alegría, cada instante de paz, amor u odio.

Y en cada uno de nosotros todo es distinto. Es un mundo exquisito lleno de matices, de colores, de olores; a veces incluso en blanco y negro, donde habitan las sombras, o en tonos sepia que parecen recuerdos antiguos.

Dios santo, es un cuadro tan hermoso.

Si tan sólo pudieran sentirlo o verlo como yo, estarían fascinados, amando y odiando al mismo tiempo nuestra realidad.

Y aquí es donde comienzo a hundirme en sueños. Imagino esos amores únicos, intensos, hermosos y dolorosos; amores a carne viva, heridas que permanecen abiertas por el resto del tiempo que nos queda en estas almas.

Esas almas que, cuando se encuentran, pierden la cordura de la realidad. Amantes del fuego, de la tierra, del agua y del aire: un ecosistema complejo y único.

Historias fantásticas que muchas veces jamás se realizan del todo, que no culminan como deberían, que terminan lejos… pero que nos muestran lo más hermoso del dolor: lo que realmente significa amar.

Ver a alguien sonreír al otro lado de la esquina y sentir que el corazón se rompe mientras grita en silencio:

“Vuelve… vuelve a mí. Sin ti, los recuerdos y la memoria no son más que páginas vacías.”

¿Por qué no podemos romper esos estigmas tan de novela, tan reales y a la vez tan absurdos?

Amemos. Permitámonos amar.

¿Qué harías si hoy te dijeran que tienes una enfermedad terminal y sólo unos meses de vida?

¿Los buscarías? ¿Disfrutarías cada instante creando memorias únicas y hermosas?

¿O te hundirías en tu propio amor, en ti mismo, en tus sueños?

La vida, a ratos, es hermosa e incomprensible.

El dolor también hay que aprender a amarlo y aceptarlo, como nos aceptamos a nosotros mismos.


Gracias por permitirme seguir aquí.





S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...