viernes, 13 de junio de 2025

Por la eternidad

El reloj resuena sin cesar en mis oídos. Desde lo lejos, sobre un mueble, marca el tiempo con una insistencia casi cruel. Ya no lo llevo en la muñeca, ya no necesito tenerlo cerca para saber que el tiempo avanza. Su tic-tac repite, una y otra vez, cada paso en falso que he dado, cada pérdida, cada lágrima. Cada movimiento de sus manecillas parece acercarme, lentamente, al final. A la muerte. A ese desenlace que todos ignoramos hasta que lo sentimos respirar en la nuca.

Los recuerdos se clavan en mí como estacas, como cuchillos invisibles que se hunden en el alma sin pedir permiso. Cada sonrisa compartida, cada beso entregado, cada mirada sostenida, cada momento auténtico se transforma en una herida que se abre sin querer, que sangra con solo evocarla. Revivirlos es caer de nuevo, como si el tiempo no hubiera pasado, como si bastara una emoción para perder el equilibrio.

El futuro, mientras tanto, espera. Nos observa con ansiedad, sin saber qué hacer con nosotros. No puedo adivinar qué camino tomará. No se puede ir contra el destino, no porque no quiera rebelarme, no porque no tenga la fuerza, sino porque hay barreras que la vida impone y cruzarlas es caminar directo al borde del precipicio sabiendo que está ahí. Y eso, precisamente eso, es lo que siempre he hecho: avanzar hacia lo imposible, desafiar lo que no debía, empujar mis límites. Hasta ahora he salido ilesa. Pero quizás esta vez no. Quizás esta vez me rompa en mil pedazos, y esos fragmentos ya no encuentren forma de volver a ser algo entero.

Por eso, si no es en esta vida, amor mío, si no es ahora, deseo pactar contigo, con nuestra sangre y nuestras promesas rotas, que será en la siguiente, y en la siguiente, y en todas las que nos sigan. Que el amor nos encontrará, una y otra vez, por los siglos de los siglos, por las décadas y más allá del tiempo. Que la vida, esa gran maestra silenciosa, nos unirá y nos permitirá ser amados sin temor, ser escuchados sin juicio, caminar juntos con paso firme hacia lo que vendrá. Porque esto, todo esto, es solo el comienzo de una historia que no tiene final ni límites.

Estamos luchando por llegar, por permanecer. No hay distancias que puedan con nosotros, no hay fuerza que pueda separarnos del todo. La próxima vida está más cerca de lo que imaginamos, apenas al otro lado de esta. Y si hemos de vivir una eternidad, un par de años de espera no son nada. Yo quiero tus manos, quiero tus ojos pequeños mirándome, quiero tu sonrisa limpia, sincera, como un faro. Quiero tu risa llenándome el alma, y mi rostro recostado en tu pecho, sintiendo cómo los latidos te devuelven la vida. Quiero tu voz susurrando en mi oído, quiero entregarte lo poco que queda de mí, todo lo que aún late, y quedarme en tus brazos... para siempre.



lunes, 9 de junio de 2025

Luces abajo, silencio arriba

Las personas ríen, disfrutan la noche, escuchan música, comparten recuerdos y crean otros nuevos. La vida sintoniza como un regalo de los cielos y del más allá.

Sostengo mi copa en la mano. Mis labios recitan, uno a uno, los fragmentos de historias que se desprenden de mi mente, haciendo reír a todos. Entiendo el entorno con claridad. Fijo la mirada al frente, observo cómo las canciones se despliegan, y por unos segundos, detengo la mente.

El plano astral se abre. Me despego de la tierra. Estoy en lo alto de un edificio, contemplando las luces de la ciudad. Llevo un vestido tipo kimono, mis piernas blancas cuelgan desde el borde del techo, expuestas al frío de la noche. El vestido cae hacia atrás con las caricias del viento. Mi cabello danza suavemente sobre los hombros.

Observo. Analizo.

Agradezco la vida. Agradezco el amor. Agradezco a quienes han caminado conmigo, a quienes lo han intentado, a quienes han estado, a quienes no se rindieron. Agradezco, y en ese mismo acto, comienzo a apagar mis deseos, poco a poco.

Mi celular queda a un lado, grabando la escena: un cliché hermoso. Un en vivo de una noche mágica, única, la última. Una noche en que el tren de la vida toma otro rumbo, otro plano astral. Por fin se termina el infierno de estar en la tierra, entre humanos y no entre dioses.

Sonrío a la luna.

Le entrego los últimos destellos de mis suspiros, los últimos resplandores del mundo dentro del mundo. Del diamante en bruto que nunca pudo pulirse. Del desastre que creamos juntos.

El destino está escrito.

Recojo las piernas, me preparo para ponerme de pie. Abro los brazos, dispuesta al fin.

Dispuesta a abrir la última puerta.

La puerta a lo incomprendido.

La puerta al principio de todo.

Sonrío por última vez.

Y justo cuando estoy por dar el paso final...

Vuelvo.

Abro los ojos del alma.

La realidad me atrapa de nuevo.

Me centro.

Mis ojos arden. Duelen.

Mi corazón late acelerado. Intento contener las emociones.

Simplemente sonrío.

Y me retiro en silencio, diciendo que estoy demasiado cansada como para seguir.


Buenas noches.




jueves, 5 de junio de 2025

Cenizas sagradas entre galaxias

He visto mi sonrisa disolverse en el agua como un recuerdo que se escapa entre los dedos. Mis ojos han ardido bajo el sol, como si quisieran resistir al olvido, aferrarse a algo que aún brilla aunque duela. Sentí mi cabello danzar con la brisa tibia del invierno, esa brisa que roza como una caricia que ya no llega, que susurra tu nombre sin decirlo, que duele… porque no eres tú.

Mis labios, rojos por el frío, tiemblan con la ausencia de tus besos. Mis mejillas, desnudas de tu calor, imploran el abrigo de tus palabras, esas que me tejían refugio. Tus “te quiero” y tus “te extraño” eran hogar, eran tregua. Mis manos tiemblan desde esta distancia que no se mide en kilómetros, sino en destino. Y mis piernas… flaquean cada vez que una hebra de los sueños que tejimos se duerme, se desvanece, se rompe en silencio.

El dolor no avisa. No golpea la puerta, no pide permiso. Llega, se instala, se acomoda entre nosotros con mirada de hielo y voz de reloj. Nos mira de frente y dice que no se irá todavía, que la cuenta sigue abierta, larga, difícil. Pero no infinita. Nada está sellado aún. Nada está tatuado para siempre, aunque por momentos lo parezca.

Y si un día tú y yo nos perdemos, si el abismo entre los dos se hace tan alto que ni el eco regrese, si este destino impiadoso destruye piedra por piedra el paraíso que soñábamos construir, igual quedará algo. Nuestra historia no se irá. No morirá. Vivirá suspendida en los cielos como un himno que sólo nosotros dos entendemos, escrita en las estrellas como un pacto invisible. Estará en nuestras manos, como memoria. En nuestros cuerpos, como latido. En cada rincón donde alguna vez reímos. En el aire que alguna vez se llenó con la luz de nuestras miradas, miradas que se reconocían incluso frente a un mundo dormido, frente a un desierto de almas muertas y corazones apagados.

Porque amarte fue incendiarme con sentido. Y aunque duela, aunque tiemble todo, aunque el mañana no nos contenga en el mismo verso, hay algo que no se rompe. Yo te amo. Te estoy amando incluso ahora, mientras escribo esto. Aunque no me veas. Aunque no respondas. Aunque no vuelvas.



S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...