domingo, 31 de agosto de 2025

"Si, acepto"

No sabría por dónde comenzar. No sabría qué decir, cómo ordenar lo que aún late dentro de mí. No sé si hubo una razón oculta entre tanto caos, si había un motivo secreto, oscuro, o simplemente un impulso humano desesperado por no dejar escapar el momento. Fue como si el tiempo se agotara, como si cada segundo importara más que nunca. No sé si había razones para sentir lo que sentí. No lo sé. Pero ahí íbamos… venías, volvías, te acercabas. Íbamos y veníamos en un vaivén desbordado, nosotros dos, atrapados en una carrera sin mapa, sin control, sin reglas. Corríamos como si el destino nos persiguiera, como si nos negáramos a ser encontrados por la rutina, por el deber, por la vida. Todo era vertiginoso, sin forma, como si supiéramos que después de aquella noche… tal vez no habría otra.

Parecía que lo intuíamos. Que el tiempo nos observaba con desconfianza. Como si nuestras promesas no bastaran. Como si nuestros corazones no supieran sostener lo que construían. Dos mentes confundidas, dos almas demasiado jóvenes para tanto vértigo, demasiado sinceras para fingir.

Todo ese mes fue como una sola noche. Una noche interminable. Llena de luces tenues, de música fuerte, de copas que se vaciaban rápido, de roces que hablaban más que las palabras. Fue un torbellino de encuentros, de emociones crudas, de besos apurados, de discusiones absurdas, de miradas largas al horizonte como si allí estuviera la respuesta. Era una discoteca interna, un delirio emocional, un estado alterado del alma. No había descanso. Solo una euforia dulce y dañina a la vez. Como si estuviéramos drogados de amor, de miedo, de ganas de escapar. Pero en vez de alejarnos al final de esa fiesta imaginaria… me tomaste de la cintura, me atrajiste a tu pecho, y con la ternura más valiente que haya sentido, me miraste a los ojos y decidiste no soltarme jamás.

Fue tan repentino, tan arrebatador. Como esas historias que parecen sacadas de una novela que nadie cree. Tan rápida, tan poco lógica, tan real. Como un drama de esos que se sienten más que se explican. Sin estructura, sin advertencia, solo sentimiento. Fue una historia construida a pulso, con errores, con aciertos, con tropiezos, pero sobre todo… con amor.

Recuerdo ese viernes. El cuerpo nos pesaba. El viaje nos había agotado. Los ojos no se sostenían, pero la mente no dejaba de correr. Los problemas me seguían como si no supieran soltarse de mí. Me dolía el alma. Las manos temblaban, los ojos resecos querían llorar, pero no había tiempo. Solo dolor en silencio. Y tú… tú me seguiste. Como si no supieras hacer otra cosa más que quedarte. Me seguiste con esa lealtad dulce, con ese amor torpe y valiente, como esos adolescentes que esperan afuera de una casa aunque la hora esté maldita. Me seguiste sin soltar mi mano, incluso cuando yo misma quería soltar todo. Cuando mi cuerpo pedía paz y mi alma solo pedía un espacio para respirar.

Esa noche escuchaste todo. Lo más profundo. Mis gritos ahogados, mis verdades mal escondidas, mis traumas arrastrados, mis heridas abiertas. Escuchaste esa parte de mí que nadie quiere ver, que asusta, que confronta. Esa parte mía que actúa en automático, que elimina lo que no sirve, que decide con frialdad para no hundirse. Me viste cruda. Rota. Fría. Decidida. Como soy cuando la vida me empuja contra la pared. Me viste siendo mi propia salvación, con esa forma mía de resolver, de tomar el control, de liderar el desastre cuando todo parece perdido. Porque he aprendido a ser el timón de mi historia, la fuerza detrás de mi nombre, el centro de mi propio universo. Y tú… aún así… no te fuiste.

No dormimos esa noche. El alma no descansó. Al día siguiente empezó el torbellino de decisiones, el ritmo acelerado de lo inevitable. Las horas se fueron volando, los ojos seguían hinchados, el corazón seguía herido, pero ahí estabas tú. Sosteniéndome. Repitiéndome que no me detuviera. Que siguiera. Que no dejara de creer en mí. Y fue ahí, en medio de todo, cuando por fin descansamos. Cuando por fin cerré los ojos. Vestiste mi alma de azul, cubriste mi herida con tu presencia. Acariciaste el caos con tus silencios suaves. Me diste la tregua que no me había permitido.

Cerré los ojos y al abrirlos… el tiempo se detuvo. El corazón se suspendió por un instante. Y entendí que no era el final. Era el inicio. El inicio de una historia pequeña, pero intensa. Un fragmento vital. Una historia que no empezó con un “sí, quiero”, porque ese solo fue el intermedio. Lo que vino antes y después fue el verdadero viaje: una montaña rusa emocional, decisiones al borde, pequeños naufragios y resurrecciones

Y en medio de todo eso… tu luz. Tu figura. Tus ojos cansados, tu sonrisa tímida, tu abrazo firme, tu energía tranquila. Tu alma inmensa. No viniste a inspirarme. Viniste a sostenerme. Viniste a quedarte.




domingo, 24 de agosto de 2025

Sin tiempo...

Y entre más se acerca el tiempo, entre más avanzan las horas, más parece que el tiempo  quiere detenerse, congelarse, suicidarse en su propia existencia. Como si se ahogara en su propia angustia, como si le pesara seguir arrastrando cuerpos vacíos por las calles grises del alma. Ya no quiere avanzar. Ya no quiere latir. Solo desea dejarlo todo como está: incompleto, herido, a medio morir. Quiere detenerse en los rincones más putrefactos del espíritu, ahí donde la esperanza se descompone y el amor es una sombra ridícula. El tiempo quiere desaparecer porque sabe que ya no hay redención. No quiere seguir transitando por las calles moribundas de un ser que ya no encontrará paz, ni cielo, ni tregua. Solo restos. Solo huesos. Solo sangre seca bajo los pies.
El tiempo quiere dejar de existir. Quiere arrancarse del pecho la mínima fe que alguna vez tuvo en este cuerpo que cambia solo para autodestruirse. Este cuerpo que simula vida pero lleva la muerte entre los dientes. Porque ya nada es suficiente. Nada basta.
Cada segundo que avanza es una aguja clavándose en la médula.
Cada instante que corre rasga las venas del alma, arrastrando trozos de sueños podridos y promesas sin cumplir.
Y en ese avanzar del no-tiempo, la cascada de medianoche se derrumba con fuerza. No es agua. Es vidrio. Son cuchillas. Son ilusiones hechas trizas que caen y revientan contra el concreto del presente. El frío del invierno no solo cala los huesos: perfora el alma. Se mete como un gas venenoso en el pecho, trayendo una paz falsa que no es más que resignación. Una calma que anestesia. Un silencio que grita. Ese frío trae la verdad que nadie quiere mirar.
La que estuvo siempre ahí.
Pero elegimos no ver.
Elegimos creer en la nada, en el humo, en la mentira de que todo podría salir bien.
Le dimos todo a un corazón que ahora se encierra tras rejas oxidadas, un corazón que no late: tiembla.
Que no ama: sobrevive.
La sangre se espesa.
Se pudre.
Se niega a seguir.
Empieza a estancarse, a llenarse de moho, a endurecerse.
Y así, sin romanticismo, sin consuelo, el cuerpo se convierte en un pozo.
Un pozo negro, sin fondo, sin retorno.
Un abismo que no cae: traga.
Devora.
Consume.
Y ahí estás tú, en alguna parte de este infierno que parece tan cotidiano.

Y aquí estoy yo, mirándome desde fuera, sintiendo que respiro por costumbre, que sonrío para no asustar, que camino solo porque nadie sabe que ya no queda nada dentro. Que ya no hay alma. Que todo se fue con el tiempo, ese tiempo al que tanto tememos… y que, al final, lo arruina todo.






sábado, 16 de agosto de 2025

Marchitándose...

El tiempo corre. Corre sin freno, sin pausa, sin mirar atrás. No se detiene por nadie, no concede treguas. Avanza con su tic-tac como una guadaña invisible, devastando todo a su paso: anhelos, emociones, suspiros, vidas enteras. El tiempo, en su andar impasible, es la muerte misma disfrazada de rutina. Corta sueños antes de nacer, arranca sonrisas que apenas florecen, hiere sin tocar, y mata sin violencia. Lo hace en silencio, con paciencia, como un verdugo que disfruta ver el alma marchitarse.

Se lleva todo lo que más quisiste. Todo lo que te hizo pensar que vivir valía la pena. Todo por lo que alguna vez pensaste en morir. Se lo lleva sin piedad, sin aviso, sin razón. Te deja atrás, como si nunca hubieras importado. Te desgasta, te deshace, te moldea a su antojo, hasta que no reconoces lo que queda de ti. El tiempo es esa fuerza sorda que no perdona ni un solo error, pero tampoco premia los aciertos. No borra palabras. No borra gestos. No borra errores. No borra cicatrices. Solo los entierra en el fondo de tu memoria y te obliga a vivir con ellos.

Es el amante más cruel. El más fiel. El más íntimo. Uno que se mete en tu piel, en tu mente, en tus recuerdos. Uno que manipula tus sentidos y tu presente, que corrompe el futuro y transforma el pasado en una carga. El tiempo seduce a los que aún no quieren ver que la vida, en su crudeza, no es más que una sucesión de pequeñas muertes: la de los sueños, la de la esperanza, la de la alegría.

Porque sí, la vida decepciona. Es fría. Es injusta. Es brutal. Y el tiempo lo sabe. Por eso se encarga de recordártelo, poco a poco, sin descanso. Te arrastra hacia abajo, hacia una realidad cada vez más árida, más pesada, más real. Hasta que respirar duele. Hasta que mirar hacia el mañana no provoca ilusión sino cansancio. Hasta que incluso lo que antes te daba paz, deja de tener sentido.

Ojalá el tiempo pudiera ser más piadoso con esta alma que ya no encuentra rumbo, que ha perdido el brillo de sus ilusiones, que camina sin un norte. Ojalá el tiempo, solo por una vez, me dejara descansar.




martes, 5 de agosto de 2025

Anhelos muertos

Camino fuera del encierro, camino fuera de la luz. Mis ojos se cruzan con la luna, suspendida en el cielo, atrapada entre las ramas de árboles antiguos como el olvido. Una luna en un azul que no es azul, un azul denso, casi profundo, casi muerto, casi inexistente… un azul que no encaja en ningún nombre. Un azul blanco pero negro, como si el color se hubiese quebrado por dentro. Un instante eléctrico, punzante, lleno de sensaciones y distorsiones. Un momento donde estoy sumergida en un bosque que no me deja volver. Un bosque entre árboles y edificios, entre bestias con rostro humano y cuerpos vacíos que respiran por costumbre. Poco a poco te contaminas, te mezclas con ellos, te conviertes en uno más. Vas desapareciendo sin darte cuenta en este paraje devastado, en este lugar triste, lleno de ruido, donde no hay… donde no hay nada.
Ni paz.
Ni pausa.
Donde todo duele y, aun así, sonríes sin saber por qué… como si la sonrisa fuera una reacción involuntaria al colapso.

El viento, ese único testigo que aún se atreve a rozarme, se cuela entre estas montañas de concreto y acaricia mi pelo como un susurro que ya no reconozco. Camino firme, sin detenerme, con una fuerza que no coincide con mi rostro hueco, ajeno, cansado. No encaja el vacío de mis ojos. No encaja la palidez de mi piel, blanca como la nieve, como el papel que nunca se escribe. No calzan mis pasos decididos con el temblor que llevo por dentro. No calza esta presencia áspera, dura, con todo lo que soy cuando nadie mira.

Cierro los ojos y me sumerjo. Me hundo en un mar espeso de emociones rotas, inútiles, sin forma, sin gracia, sin alma. Cierro los ojos y me arrastro hacia un lugar más tibio, más enfermo, donde por fin puedo desaparecer, donde puedo morir, donde puedo yacer sin nombre. Cierro los ojos y te veo ahí, al otro lado, envuelto en mi oscuridad. Siento tu sombra, siento tu calor, siento tu silueta caminar hacia mí. Es embriagador, sí… y duele. Duele como arrancarse la piel a pedazos. Se quiebra mi alma con cada paso fallido tratando de alcanzarte. Eres inalcanzable, lo sé, pero no puedo dejar de mirarte desde mis ruinas. Te veo entre las sombras de mis ecos, de lo que queda de mí.
Un corazón híbrido, ensamblado con metal, con acero, con diamantes rotos y sangre seca.
Y aún sangra.
Porque las partes que siguen vivas, aunque insensibles, no han dejado de sangrar. Lloran sin lágrimas.
Gritan sin voz.
Se desmoronan una y otra vez por cada suspiro que no llega, por cada palabra que no se dijo, por cada explosión de un amor que parecía real…
Un amor que prometía reconstruir lo que la vida redujo a cenizas.
Pero solo parecía.
Porque desde lejos aún veo, aún siento, aún maldigo todo el tiempo que viví encadenada bajo el mar, bajo un océano sin fondo, tragando agua, tragando miedo, tragando ausencias.
Hoy no nado. Hoy no salgo.
Hoy estoy aquí, quieta, sentada frente a esta piedra que no se mueve, en una playa que no es playa, frente a un océano que no me alcanza, o que simplemente ya no me toca.
Aquí me quedo, con el viento seco rajándome la cara, quemándome los ojos, recordándome que todavía duele.
Pero es un dolor que ya no importa.
Un dolor que ya no vale la pena combatir.
Un dolor al que solo le queda pudrirse conmigo,
en silencio,
en paz,
en la orilla.





S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...