domingo, 30 de noviembre de 2025

Desde el otro lado...

Parece que los dioses en el Olimpo están gritando y gruñendo. Parece que, una vez más, su creación destruye aquello que tanto les costó construir: sus reglas, su moral, su ética… el placer de lo prohibido.

Para un simple mortal es fácil cortar sus cadenas y amarras; para un mortal es sencillo abandonar sus valores, sus creencias y sus métricas por tan solo un poco del placer que ofrece su limitada mente.

No somos más que eso… seres humanos, con mentes frágiles y determinaciones falsas, arrastrados por el deseo de lo carnal y lo destructivo; por el impulso de verter en nosotros la inmundicia del engaño que alimenta nuestras propias mentes.

La tormenta era torrencial esa noche. Mis ropas estaban empapadas. En medio de la calle, con los focos parpadeantes, el agua parecía tibia… o tal vez era mi piel la que ardía tanto que el vapor se mezclaba con las gotas en el aire. Era una escena de película, una muy mala. Mis ojos, sin lágrimas, ardían como si contemplaran el infierno frente a ellos: una mirada fría, llena de rencor, de dolor, de maldad… y también de placer. Llenos de los deseos más deshonrosos del universo, rompiendo estigmas, destruyendo la vida ordinaria.

De repente comienzo a correr, tratando de alcanzar la luz dentro de tanta oscuridad… o quizás de adentrarme en la oscuridad más profunda. Mis ropas pesan. Mis piernas deben esforzarse más de lo normal. Mi cabello se adhiere a mi cuello, a mis mejillas, a mis hombros. Se sienten pesados, pero extrañamente libres. Mi cuerpo está adormecido, pero el viento me hace sentir viva.

Corro sintiendo la sangre vibrar en cada paso. Estoy volviendo a sentir la vida, volviendo a querer sentir, a ver lo hermoso dentro del horror. Estoy regresando. La sangre arde, y mi corazón desea ser tocado por el dolor y la ternura de quien sea capaz de atravesar mi barrera.

Sigo corriendo hasta llegar frente a ti. Te veo. Me detengo poco a poco. La respiración se vuelve abrumadora, me ahogo, trato de regresar a mí, y fijo mis ojos en los tuyos. Qué sinceridad… qué ingenuidad… qué mundo tan hermoso aún puedes ver a través de ellos.

Quizás me perdí más de lo que imaginaba.

Pero al menos puedo observar que aún existen seres que miran la vida con amor y esperanza.

Solo te sonrío… desde el otro lado de la vida.

Y espero que puedas mantenerte erguido frente a este asqueroso mundo que consume lo que ama.




domingo, 16 de noviembre de 2025

Dualidad humana...

Pero no siempre lo es (suficiente).

Los tambores, en el fondo del alba, retumban en el alma, en la respiración, en cada oscilación de nuestras miradas. Los tambores llenan nuestros oídos y, poco a poco, se esparcen por las venas, haciendo que la sangre hierva, que la vida se sienta recorrer el cuerpo con furia. Poco a poco, perdemos la razón de ser seres vivos, de ser humanos, seres sintientes, pensantes… y nos convertimos en animales sin corazón, sin juicio, viviendo al pavor de la existencia, a los confines de los deseos más primitivos del ser.

Nos arrastramos hacia la supervivencia, hacia el anhelo desesperado de seguir respirando, despejando la vida misma hasta vislumbrar, al final del camino, una luz. Una luz que se verá manchada por tonos rojizos y negros, como vino tinto derramándose por nuestros labios y manos, como si la botella se hubiera quebrado dentro de nosotros mismos. Y en ese derrame nos perderemos, atravesando el final en busca de la eternidad, de la locura sin fin, del remordimiento viviente que nos arrastrará hasta nuestro lecho de muerte.

¿Cómo borrar este sabor metálico de la boca? ¿Cómo limpiar la tierra bajo nuestras uñas? El corazón fuera de sí, latiendo con tanta violencia que casi nos mata… ¿Cómo eliminar todo este sentir? ¿Cómo ser perdonados por nuestros futuros congéneres? ¿Nos alabarán? ¿Nos odiarán? ¿Nos entenderán?

¿Quién sabe siquiera si el tiempo continuará, o si se detendrá aquí mismo? ¿Qué importa el futuro, si nadie notará la existencia de estos seres insignificantes, llenos de mentiras y dolores, de traiciones y venenos? Nadie recordará a los que alguna vez fuimos; nadie nos honrará como soldados caídos en el frente, dando todo por ideas huecas, por fines sin sentido, sin respaldo.

Sedientos de poder, de sangre, de razón… nos desvaneceremos entre las sombras del olvido.

Nadie recordará nada.

Solo quedarán los ecos: los hombres convertidos en bestias, los corazones que latieron por última vez bajo el mismo cielo que destruyeron.

Y, sin embargo, tal vez alguien, en un futuro improbable, comprenda que necesitábamos luchar… aunque no hubiera sentido, aunque la historia se repita, aunque la sangre derramada solo haya servido para darle peso al silencio.



jueves, 13 de noviembre de 2025

El secreto del existir...

Cuenta una leyenda, una de aquellas antiguas, casi olvidadas por el tiempo, que sólo los corazones atentos logran escuchar… Una historia que viaja entre mundos, susurrada por los espejos, guardada en la luna. Dicen que, a veces, cuando te miras en un espejo a medianoche, y la luna llena tiñe de plata el aire, puedes encontrarte a ti mismo. Y si logras sostener la mirada sin miedo, descubres el motivo por el cual sigues regresando a este mundo: tu razón de existir, la causa de tus renacimientos, el porqué sigues encarnando en cuerpo y piel en lugar de flotar, libre, en el vasto universo de las almas y los sueños.

Cuenta la leyenda que toda alma viene a conocerse, pero que a través del espejo el proceso se acelera; que quien lo mira con el corazón abierto puede vislumbrar el final, ese instante en que te fundes con tu yo más profundo, omnisciente, omnipotente… y vuelves a ser todo lo que alguna vez fuiste.

También dice la leyenda que quien rehúsa enfrentarse al espejo recorre un camino más largo, más duro, más doloroso. Pero ese camino —aunque árido— está lleno de milagros. Porque el privilegio de ver cada amanecer y cada ocaso, de contemplar un cielo estrellado, un reflejo en el agua, o sentir la brisa danzando sobre tus mejillas… es una dicha incomparable. No importa cuán difícil se vuelva el trayecto: a veces perderás partes de ti, fragmentos que no regresarán. Pero si, con paciencia, vas levantando la cortina de la oscuridad —ese velo que te cubrió cuando lo perdiste todo, cuando sangraste vida, cuando creíste que ya no quedaba nada—, entonces comenzarás a ver los primeros destellos. Pequeños hilos de luz, como oro líquido filtrándose por las grietas del cielo, iluminando con su brillo multicolor cada rincón, cada muro, cada paso, cada respiración de todo ser vivo.

En primavera, los aromas despiertan al mundo. Las flores invaden el aire con fragancias dulces y salvajes; la hierba brota fresca, y el rocío de la mañana cubre la tierra con un manto que brilla como plata, como diamante, como si el universo entero hubiera decidido reflejarse en cada gota. Todo renace, todo resplandece.

En otoño, el oro cubre la tierra. Los cielos se visten de cobre, las hojas giran y bailan con el viento que enreda los cabellos y acaricia los hombros. El aire se vuelve puro, y el mundo comienza a descansar… preparándose, en silencio, para seguir brillando bajo otra forma, con otro color, porque el brillo nunca muere, sólo cambia de cuerpo.

En verano, todo se tiñe de miel y menta. Los colores vibran, el calor susurra recuerdos antiguos. El aire huele a sol, ese aroma único que lleva consigo la infancia, los grillos, la calma y el rumor invisible del calor que canta sin voz.

Y cuando llega el invierno, un manto de lluvia cubre la tierra. Las gotas limpian con ternura y con fuerza, como si el cielo quisiera purificarlo todo. Queda el olor a tierra mojada, la sensación de algo nuevo, la brisa que acaricia la piel y despierta la memoria de lo que fuimos.


Si simplemente esto fuera suficiente…

si tan solo bastara con vivir, con respirar, con mirar el cielo y recordar quiénes somos…

Si tan solo fuese suficiente.




domingo, 2 de noviembre de 2025

¿Eres suficiente?...

¿Qué pasaría si hoy murieras?... ¿te irías completo?... ¿te irías satisfecho?... Mira hacia atrás, ¿te gusta lo que ves?... ¿fue suficiente?... ¿te faltó algo?...

Campanas estruendosas resuenan en los cielos, violines se disuelven en el fondo del mar, tambores laten en el centro de la tierra... volcanes, olas gigantes, tormentas, huracanes y meteoritos. La tierra arde en rojo, se desmorona poco a poco, dando su último suspiro y recordando la marejada de años, siglos e infinitos mundos donde tuvo lugar cada segundo, cada ser, cada vida, cada suspiro. Suspiros de amor, de dolor, de cansancio, de agonía, de felicidad... de un ser satisfecho, de un ser en ruinas. Las experiencias conjuntas de todos agotan los recursos de quien nos sostiene, matan lentamente el ciclo natural, apresuran el fin, retuercen nuestras mentes y nuestras almas. Se siente cómo se sofoca el mundo, el aire, el agua... cómo no hay dónde ir sin querer morir, sin suspirar de cansancio, de dolor y de tristeza. El aire se va poco a poco, el sol atraviesa con sus rayos nuestras pieles, nuestros ojos, nuestras almas, quemando lentamente lo que un día fue vida. Destruye el camino que nosotros mismos comenzamos destruyendo, creyendo que construíamos, que avanzábamos, que crecíamos, que hacíamos algo bien. Pero la realidad es otra: nosotros mismos somos el mal del universo. Nos autodestruimos, nos autosaboteamos… en la vida, en el mundo, en todo.

Nos han contado que las almas crecen con el tiempo, que van adquiriendo experiencia y sabiduría entre carencias y caídas, pero no es así. Las almas no crecen: se funden unas con otras, pero jamás alcanzan la sabiduría que todos anhelamos. Ni dejando de comer, ni flagelándonos, ni guardando silencio. Hemos creado doctrinas de lo correcto, la moral y la ética, y no han servido de nada. Ni servirán. Porque el verdadero aprendizaje no está en imponer, sino en aceptar. Aceptar que ninguno tiene la razón, que ninguno es perfecto, que nadie conoce la verdad del mundo. Este mundo, creado por nosotros, es una obra de teatro excepcional, un circo sin precedentes. Eso somos. Y aun así seguimos aquí: avanzando, creyendo, construyendo, mientras nos destruimos, cayendo poco a poco en la agonía de nuestra propia creación.

Y quizás ese sea el verdadero destino de la humanidad: arder en su propia contradicción, desaparecer en su propio reflejo, mirar al abismo y reconocerse en él. Porque en el fondo, lo que más tememos no es el fin del mundo... sino el fin de nosotros mismos.




S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...