domingo, 26 de octubre de 2025

¿Hemos logrado la igualdad?

No hace mucho me preguntaron si la igualdad entre el hombre y la mujer había avanzado, si hoy en día la mujer tiene un rol tan fuerte y auténtico como el del hombre en la sociedad.

Quizás no estén de acuerdo conmigo, quizás simplemente no sea lo que quieren leer, pero es mi sincera opinión, nacida de años de experiencia luchando en el frente —no en la retaguardia—, dando la cara a las demandas mínimas para ser iguales.

No, no hemos logrado la igualdad.

Es más, los hombres han ido adoptando la parte más favorecedora de la mujer: su voz, sus gestos, sus actos, su feminidad.

Y nosotras, las mujeres, hemos adoptado la carga completa del trabajo diario, no sólo el laboral —en oficina o terreno— sino también el del hogar.

Si bien algunos hombres han comenzado a compartir la carga mental, esto sigue siendo la minoría, no la mayoría.

No hemos avanzado realmente en igualdad. Hemos obtenido derechos que antes no teníamos, hemos abarcado terreno, sí, pero también lo hemos cedido. Hemos perdido partes de nosotras en el intento.

No somos iguales, ni en la práctica ni en lo genético.

Los sueldos siguen siendo desiguales en todos los ámbitos, con una diferencia alarmante respecto a las capacidades reales de cada persona que postula.

En el hogar, el machismo sigue presente: hombres más enternecidos por la feminidad, sí, pero que aún desprecian o niegan la existencia de la carga mental.

Porque cuando llegan a casa, todo está hecho. Todo está listo.

¿En algún momento se logrará la igualdad?

Tal vez, en un futuro lejano. Tal vez cuando concebir sea un acto mínimo, cuando la soledad de cada ser humano lo consuma en su afán de éxito material y laboral, cuando las relaciones sean solo funcionales y no sentimentales.

Pero aún queda mucho camino por recorrer. Y, sin embargo, no se ve una luz clara al final del túnel.

No existe una igualdad real.

Aún hoy, cuando se trata de trabajos de vida o muerte, sigue escuchándose: “es un trabajo de hombres, ninguna mujer trabaja en esto”.

Han sido siglos de esfuerzo continuo para conseguir siquiera un puesto en la obra, en la guardia, en el frente. Y aun así, se nos sigue menospreciando.

Y aunque logremos entrar, aunque nos ganemos ese espacio, nunca parece suficiente.

La carga mental siempre recae en nosotras, porque el machismo está tan arraigado en nuestras venas que es difícil extirparlo.

Difícil eliminar el amor por el deber, por la responsabilidad.

El hombre de hoy disfruta del sudor y la sangre de los hombres del ayer.

Porque hoy, sin alguien que los levante, no valen nada.

No son capaces de luchar sus propias guerras, ni de levantar ejércitos o multitudes para enfrentar los problemas de la sociedad.

No son capaces, siquiera, de liderar su propia alma, corrompida por un deseo de antaño que hoy ya no tiene sentido.

No estamos en igualdad.

Siempre existirá ese manto claro y persistente que lo demuestra.

Y es doloroso, porque los discursos dicen otra cosa.

Hemos logrado lo mínimo para ser consideradas parte de esta sociedad… y no asesinadas o reducidas a objetos, como antes.

Aun así, seguimos aquí.

Con los pies en la tierra, la voz quebrada, pero el alma intacta.

Seguimos cargando la historia en la espalda, sosteniendo el mundo con las manos heridas, mirando de frente el futuro que aún no llega.

No por fe ciega, sino por convicción.

Porque si de algo estamos hechas, es de la certeza de que, aunque nos nieguen la igualdad, nunca podrán negarnos la fuerza.

Y quizás sea desde esa fuerza —la que no pide permiso, la que no se excusa— donde, algún día, la igualdad empiece a tener sentido.




sábado, 25 de octubre de 2025

Entre la vida y la muerte... resucitar...

Sentada en mi sofá, mirando el techo, busco respuestas al sentido de la vida.

Sostengo en mi mano derecha una copa, una copa de rosé.

Cierro los ojos por un segundo, solo uno… y un estruendo horrible surge de la nada.

Algo recorre el suelo a toda velocidad, una sombra, un ente, un aire que no logro comprender. Se aproxima sin detenerse hasta mis pies, se eleva, se desliza por mis piernas, mi estómago, mis costillas… y se instala, cruel y sereno, en mi corazón.


Siento cómo me aprieta desde adentro, cómo el aire se vuelve piedra en mi garganta.

Y entonces, en el vacío absoluto de la vida misma, en ese minuto donde el alma se separa del cuerpo y el tiempo deja de ser tiempo, abro los ojos.

Mi respiración se ahoga en un último aliento.

Siento las venas hincharse, palpitar, estallar contra mi piel.

El aire me falta.

La luz se desvanece.

Los dedos se crispan.

El cuerpo tiembla.

El dolor es inhumano.

Me estoy ahogando.


Y de pronto, todo se rompe.

Todo.

La sangre brota de mí como si el cuerpo ya no me perteneciera.

El sofá se inunda, el piso sangra, las paredes se deforman.

El mundo gira, se dobla, se deshace.

Ya no puedo sostenerme.

Caigo, sin sentido, golpeando la cabeza contra la mesa de centro.

Oscuridad.

Silencio.

Nada.


En otro lugar, en otra frecuencia, en otro tiempo que no entiendo, mi conciencia comienza a volver.

Abro los ojos de golpe.

Mi respiración entrecortada casi me ahoga.

Siento las venas palpitar, mis arterias rugir, mi corazón retomar su trono.

No entiendo.

No sé dónde estoy.

Pero existo.


Mi cuerpo tiembla, mis manos se mueven por instinto.

El aire arde al entrar.

Y cuando por fin logro enfocar la mirada, descubro el horror:

una vasta meseta, un valle cubierto de humo, tierra, sangre y muerte.

A mi alrededor, cuerpos sin nombre.

Fragmentos humanos desperdigados.

El zumbido de los carroñeros sobrevolando lo que alguna vez fue vida.


Estoy en medio del final de una batalla.

Rodeada de muerte y silencio.

Rodeada del fin.

De la decadencia del alma.

Del egoísmo de los hombres que destruyen lo que no comprenden, que matan por costumbre, que olvidan la razón de existir.


Me incorporo lentamente.

Mi cuerpo es nuevo, pero cansado.

Vivo, aunque no debería.

Sigo siendo mujer, y eso me resulta extraño en este mundo donde el metal y la carne son uno, donde la cota de malla aprieta más que el miedo, donde el yelmo desfigura tanto el rostro como el alma.


Mi boca está seca, los labios agrietados con sabor a hierro y a sangre.

Siento una punzada en la pierna: arde, pero no me detiene.

No sé quién soy, ni por qué sigo viva, ni qué precio pagué por regresar.

Solo sé que debo moverme, escapar antes de que los carroñeros me devoren como a los demás.


Me arrastro sobre la hierba húmeda, sobre restos de cuerpos y de sueños, sobre la muerte misma.

Cada centímetro es una agonía, pero también una certeza: sigo sintiendo, sigo existiendo.

Llego hasta un arroyo.

El agua canta, indiferente al horror.

Me despojo de todo lo que llevo encima: la armadura, el casco, las muñequeras, las botas.

Cada pieza cae con el sonido de una liberación.


Entro al agua.

El frío me traspasa los huesos.

El dolor se mezcla con alivio.

Lavo mi piel, mis heridas, mi cuerpo nuevo.

La sangre se disuelve, el miedo también.

La corriente arrastra lo que no necesito recordar.


Bebo un poco de agua.

El metal se diluye en mi lengua.

Mi respiración se calma.

El corazón late más despacio.

La vida, esa que me fue arrebatada y devuelta, comienza a sentirse real otra vez.


Miro el cielo.

Una luz se filtra entre las nubes, débil, temblorosa.

Cierro los ojos.

Y con un hilo de voz, apenas un suspiro, murmuro:


—No todo es tan malo, Señor.

No todo es tan malo.

Abrázame… y dame consuelo.

Lo necesito.




martes, 21 de octubre de 2025

El deseo en Pausa...

Desde lejos te observo, y tú observas cada paso que doy, cada movimiento. Me siento en la mira de un francotirador: inmóvil, esperando el disparo justo, el instante en que la presa se alinea con el pulso del cazador.

Y aun así, te miro de soslayo, silenciosa, fascinada por el mundo invisible que se abre entre nuestras mentes —ese universo que se dibuja en los deseos, que se expande en los sueños y respira en el silencio compartido.

He aprendido a amar los detalles más pequeños de la vida, a entender cada gesto, cada movimiento. Ninguno es en vano, ninguno carece de sentido. Todo lo que sucede es una trama infinita de sucesos enlazados, hilos que se cruzan, que se anudan en la urdimbre del destino. Todo tiene un porqué y un para qué, aunque a veces la mirada no alcance a comprenderlo.

Esa mirada tuya —la que altera la calma de tu mente serena—, esas palabras que se escapan sin cuidado y rompen el alma, ese suspiro detenido en el pasillo, esos ojos húmedos en la mañana... todo deja huellas. Todo va esculpiendo el sentido del ser, de la existencia, del propósito de cada alma que vaga en esta tierra.

Y allí sigues, detrás de los cristales, tan distante y tan cerca.

Tienes esa forma de marcar los instantes, de dividir el tiempo entre un antes y un después. Dejas huella, matas suavemente, envenenas con ternura.

Veo tus manos jugar con mi cabello, seguir los mechones hasta mis hombros y mi cuello, hasta que en la nuca las siento aferrarse con fuerza, tirando hacia ti. En ese gesto breve el mundo desaparece; el placer se vuelve mudo, y me desvanezco entre tus brazos, entregada, rendida ante la calma fría de tu rostro.

Tus ojos —tan quietos— guardan un infierno. Un infierno hermoso y peligroso, creado para quien ose romper la paz que habita en ti, para quien quiera conocer lo prohibido, abrir las puertas de tu alma y entrar, aunque el fuego queme.

Allí, en ese rincón invisible, descansan tus demonios.

Y los míos también.

Ambos observamos desde lejos, cansados, sabiendo que el alma humana se desgasta buscando sentido. Que los sueños se marchitan con el tiempo, que la moral y la culpa nos llenan de enigmas innecesarios.

A veces pienso que la vida no se trata de entender, sino de resistir con dulzura.

Y mientras tú sigues observando tras el cristal, yo aprendo a existir sin esperar el disparo.

Aprendo a quedarme quieta en la línea de mira, sabiendo que en el fondo —muy en el fondo—, tú y yo no somos enemigo y presa, sino reflejos de la misma melancolía que intenta seguir respirando, incluso cuando el aire duele.




jueves, 9 de octubre de 2025

Desde el espejo del abismo

Mi cuerpo yace liviano en este lago sin fondo, suspendido en un silencio espeso que no conoce corriente ni final. El agua me abraza como una madre enferma, inmóvil, mientras miles de almas flotan a mi alrededor: fragmentos rotos de quienes tuvieron peores fines, de quienes fueron devorados por la vida antes de entenderla. Pero yo no soy una de ellas.

Mi alma no cayó: descendió.

Bajé por voluntad propia, con la determinación de una diosa caída que decidió reinar incluso en el lodo. Vine aquí a preparar mi venganza desde el otro lado del espejo, desde el reflejo que ya no devuelve rostros sino sombras, desde las entrañas mismas de tus sueños.

El plan fue perfecto.

Solo necesitaba un alma débil, un corazón embriagado por ilusiones marchitas, un cuerpo dócil que confundiera deseo con amor.
Tú fuiste ese cuerpo. Ese error. Ese experimento divino de carne y estupidez.

Te observé caer. 

Engatusar fue fácil; mentir fue un arte menor. Las almas simples se rinden ante lo que brilla. Las tuyas, ante mi voz.

Fui bruma y fuego, amante y verdugo, veneno envuelto en ternura. Te domé como se doma a las bestias: con caricias que queman, con palabras que muerden.

Y cuando llegaste al límite de tu cordura, cuando el deseo se mezcló con el miedo y ya no supiste distinguir la vida del delirio, apuntaste el arma justo donde quería: en mi pecho, en el hueco donde antes habitaba un corazón.

Disparaste.

Y la sangre que brotó no fue mía: fue la tuya.
Porque mientras el proyectil atravesaba el aire, tu alma se desgarraba para alimentar a las que dormían en el lago.

Ellas bebieron de mí. Me bebieron a mí.
Y juntas nos fundimos en un coro de gritos antiguos, un ejército de sombras renacidas de mi herida.
Ahora soy todas ellas.
Y todas ellas son mi voluntad.
Tu castigo comenzó en el instante en que creíste ganarme.
Te observo desde abajo, desde este espejo que refleja tus pesadillas.
Cada vez que cierras los ojos, me ves.
Cada vez que respiras, un pedazo de mí entra contigo.
Mi risa resuena en los rincones donde la cordura se agrieta.
Tu mente se pudre lentamente, tus sueños se deforman, tu carne tiembla.

Y yo gozo.

Gozan mis sombras, gozan mis muertos, gozan mis manos que ya no existen, pero aún saben destruir.
No hay muerte más lenta que la del cobarde.
Y tú, amor mío, morirás en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada silencio donde intentes huir de mí.

Porque ya no hay escape.
Porque ya no hay cielo ni infierno donde no te alcance.
Porque la venganza no termina cuando la víctima cae…
sino cuando el verdugo sonríe desde la oscuridad,
mientras el mundo, como tú,
se desangra lentamente.




martes, 7 de octubre de 2025

El eterno nosotros

El mundo se mece delicadamente, como un bebé en los brazos de su madre, como un retoño sostenido por el legado del inicio de la vida. Recibe las más hermosas bendiciones: el amor jamás entregado, el amor que parece una ilusión, el cariño de una mujer que anhela su creación, su reflejo, su vida, su soplo de existencia.

La vida fluye como el agua en los ríos, como las vertientes escondidas bajo la tierra, que yacen en los océanos más profundos y se mezclan con el núcleo tibio y palpitante del mundo. El tiempo pasa: los años, las décadas, los siglos. Nada se detiene. Las almas tampoco se pierden; van y vuelven, se envuelven en el viento de la incertidumbre de los destinos, se entrelazan con recuerdos antiguos, presentes y futuros, en ese ciclo sin fin donde todo respira, todo late, todo se transforma.

La sangre que corre por nuestras venas se seca al tocar la tierra y nutre las raíces de la madre del mundo. Todo sigue, todo fluye, todo se unifica. Todo es uno, y uno es todo. Es el infinito acto de encontrarse, de coincidir, de mirarnos a los ojos y decir: “aquí estás, aquí estoy”. Es tocar tu piel y rozar tu alma, sentir tu latido —ese que trasciende los sueños, las esperanzas, las desdichas, el dolor, la voluntad, la paciencia.

Nuestros ojos se encuentran en cada esquina, en cada mundo, en cada universo, en cada estación, en cada capa de la tierra. En el cielo, en el mar, en el reflejo de tus ojos junto al fuego, en las flores, en los aromas, en los sentidos. Nunca dejamos de encontrarnos una y otra vez, nunca dejamos de estar destinados, nunca dejamos de sentir.

Siempre ahí: intensos, frágiles, escogiendo amarnos en cada instante, en cada parte, en cada vida, en cada mundo, en cada realidad. Escogiendo seguir, aprender, amar paso a paso. Sentir tus manos acariciar mi alma es el placer más hermoso del mundo; tus sonrisas llenan mis ojos, tus besos me devuelven la dicha de existir.

En los tiempos de los tiempos, en todas las vidas, deseo seguir encontrándote, vivir la conexión que siempre hemos tenido: la paz del alma, la paz del ser, el amor eterno de quienes se reconocen más allá del tiempo y del destino.



S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...