No hace mucho me preguntaron si la igualdad entre el hombre y la mujer había avanzado, si hoy en día la mujer tiene un rol tan fuerte y auténtico como el del hombre en la sociedad.
Quizás no estén de acuerdo conmigo, quizás simplemente no sea lo que quieren leer, pero es mi sincera opinión, nacida de años de experiencia luchando en el frente —no en la retaguardia—, dando la cara a las demandas mínimas para ser iguales.
No, no hemos logrado la igualdad.
Es más, los hombres han ido adoptando la parte más favorecedora de la mujer: su voz, sus gestos, sus actos, su feminidad.
Y nosotras, las mujeres, hemos adoptado la carga completa del trabajo diario, no sólo el laboral —en oficina o terreno— sino también el del hogar.
Si bien algunos hombres han comenzado a compartir la carga mental, esto sigue siendo la minoría, no la mayoría.
No hemos avanzado realmente en igualdad. Hemos obtenido derechos que antes no teníamos, hemos abarcado terreno, sí, pero también lo hemos cedido. Hemos perdido partes de nosotras en el intento.
No somos iguales, ni en la práctica ni en lo genético.
Los sueldos siguen siendo desiguales en todos los ámbitos, con una diferencia alarmante respecto a las capacidades reales de cada persona que postula.
En el hogar, el machismo sigue presente: hombres más enternecidos por la feminidad, sí, pero que aún desprecian o niegan la existencia de la carga mental.
Porque cuando llegan a casa, todo está hecho. Todo está listo.
¿En algún momento se logrará la igualdad?
Tal vez, en un futuro lejano. Tal vez cuando concebir sea un acto mínimo, cuando la soledad de cada ser humano lo consuma en su afán de éxito material y laboral, cuando las relaciones sean solo funcionales y no sentimentales.
Pero aún queda mucho camino por recorrer. Y, sin embargo, no se ve una luz clara al final del túnel.
No existe una igualdad real.
Aún hoy, cuando se trata de trabajos de vida o muerte, sigue escuchándose: “es un trabajo de hombres, ninguna mujer trabaja en esto”.
Han sido siglos de esfuerzo continuo para conseguir siquiera un puesto en la obra, en la guardia, en el frente. Y aun así, se nos sigue menospreciando.
Y aunque logremos entrar, aunque nos ganemos ese espacio, nunca parece suficiente.
La carga mental siempre recae en nosotras, porque el machismo está tan arraigado en nuestras venas que es difícil extirparlo.
Difícil eliminar el amor por el deber, por la responsabilidad.
El hombre de hoy disfruta del sudor y la sangre de los hombres del ayer.
Porque hoy, sin alguien que los levante, no valen nada.
No son capaces de luchar sus propias guerras, ni de levantar ejércitos o multitudes para enfrentar los problemas de la sociedad.
No son capaces, siquiera, de liderar su propia alma, corrompida por un deseo de antaño que hoy ya no tiene sentido.
No estamos en igualdad.
Siempre existirá ese manto claro y persistente que lo demuestra.
Y es doloroso, porque los discursos dicen otra cosa.
Hemos logrado lo mínimo para ser consideradas parte de esta sociedad… y no asesinadas o reducidas a objetos, como antes.
Aun así, seguimos aquí.
Con los pies en la tierra, la voz quebrada, pero el alma intacta.
Seguimos cargando la historia en la espalda, sosteniendo el mundo con las manos heridas, mirando de frente el futuro que aún no llega.
No por fe ciega, sino por convicción.
Porque si de algo estamos hechas, es de la certeza de que, aunque nos nieguen la igualdad, nunca podrán negarnos la fuerza.
Y quizás sea desde esa fuerza —la que no pide permiso, la que no se excusa— donde, algún día, la igualdad empiece a tener sentido.




