Despierto. No sé cómo, pero lo hago. Otra vez. Abro los ojos con el peso de mil noches mal dormidas, con el cuerpo entumecido por pensamientos que no paran. La habitación está ahí, inmóvil, como si se burlara de mí. Todo sigue igual, pero todo está roto. Trato de enfocar, como si mi vista pudiera ordenar el caos, pero no. La realidad llega lenta y golpea duro: tengo que volver a vivir este día. Otro más. Otro igual. Otro sin sentido.
Mi mente ya empezó su carrera antes que yo. Corre, desarma, cuestiona, se ríe de mí. No me da tregua. No descansa. Me dice, sin palabras, que este día será otro campo de batalla donde mi voluntad será arrastrada, donde pensar será una tortura, y donde la esperanza será solo una idea lejana. Me siento en la cama. Dejo caer los pies al borde, el suelo está frío. Respiro profundamente, como si eso pudiera salvarme. Estiro el cuerpo, me obligo a moverme, como un títere que no quiere actuar. Me preparo para fingir funcionalidad, para caminar por el mundo como si tuviera un propósito.
Voy al baño. Agua sobre la piel, pero nada se limpia. Nada se va. Me visto. Me convierto en lo que esperan. Me acerco a la mesa. Tomo café. Ese café amargo que es lo único constante. No como. No puedo. Las náuseas me dominan, mis fobias me encierran. Comer se vuelve una amenaza. Ya es la hora. Salgo. El frío se mete por cada rendija de mi cuerpo, por cada grieta que he intentado ocultar. Me arde la piel. Me entumece el rostro. Me congela las ganas.
Llego. Ese lugar, esa rutina sin fin, donde todo se repite. Donde la palabra “trabajo” se vuelve sinónimo de agotamiento espiritual. Comienza la tortura. No hay otra palabra. Me siento y ya estoy cansada. Ya estoy vacía. ¿Dónde estás? ¿Qué hago aquí? ¿Estoy realmente aquí o solo soy una sombra más sentada frente a una pantalla? ¿Por qué ya no siento? ¿Por qué ya no me calienta el alma ni una sola cosa? ¿Por qué nada me abraza?
Las imágenes vuelven. Se repiten. Una y otra vez. Una y otra vez. No quiero pensarlas, pero están ahí, como una enfermedad. Todo se analiza. Todo se revisa. Me juzgo. Me culpo. Me odio. Me duelen las lágrimas que no salen. Porque ni siquiera llorar sirve ya. Llorar solo demuestra que sigo esperando algo. ¿Pero qué? ¿De quién?
¿Por qué no soy suficiente? ¿Por qué todo lo que deseo está tan lejos? ¿Por qué me esfuerzo tanto para sentir tan poco? ¿Qué más debo hacer? ¿A cuántas partes de mí debo arrancar para que todo encaje? ¿Será que nunca lo lograré? ¿Será que jamás te alcanzaré?
¿Y si simplemente lo arruino todo esta vez? ¿Y si dejo de intentar? ¿Y si dejo de ser buena, de ser fuerte, de ser entera?
El tiempo pasa. Las horas se arrastran. La gente habla. El mundo sigue. Yo no. Yo me voy quemando. Me voy desgastando por dentro. Me muero, lenta y silenciosamente. Y nadie lo nota. Porque aprendí a sonreír mientras me desvanezco. Porque aprendí a seguir... aunque ya no quede nada.



