lunes, 19 de mayo de 2025

Todo sigue

Despierto. No sé cómo, pero lo hago. Otra vez. Abro los ojos con el peso de mil noches mal dormidas, con el cuerpo entumecido por pensamientos que no paran. La habitación está ahí, inmóvil, como si se burlara de mí. Todo sigue igual, pero todo está roto. Trato de enfocar, como si mi vista pudiera ordenar el caos, pero no. La realidad llega lenta y golpea duro: tengo que volver a vivir este día. Otro más. Otro igual. Otro sin sentido.

Mi mente ya empezó su carrera antes que yo. Corre, desarma, cuestiona, se ríe de mí. No me da tregua. No descansa. Me dice, sin palabras, que este día será otro campo de batalla donde mi voluntad será arrastrada, donde pensar será una tortura, y donde la esperanza será solo una idea lejana. Me siento en la cama. Dejo caer los pies al borde, el suelo está frío. Respiro profundamente, como si eso pudiera salvarme. Estiro el cuerpo, me obligo a moverme, como un títere que no quiere actuar. Me preparo para fingir funcionalidad, para caminar por el mundo como si tuviera un propósito.

Voy al baño. Agua sobre la piel, pero nada se limpia. Nada se va. Me visto. Me convierto en lo que esperan. Me acerco a la mesa. Tomo café. Ese café amargo que es lo único constante. No como. No puedo. Las náuseas me dominan, mis fobias me encierran. Comer se vuelve una amenaza. Ya es la hora. Salgo. El frío se mete por cada rendija de mi cuerpo, por cada grieta que he intentado ocultar. Me arde la piel. Me entumece el rostro. Me congela las ganas.

Llego. Ese lugar, esa rutina sin fin, donde todo se repite. Donde la palabra “trabajo” se vuelve sinónimo de agotamiento espiritual. Comienza la tortura. No hay otra palabra. Me siento y ya estoy cansada. Ya estoy vacía. ¿Dónde estás? ¿Qué hago aquí? ¿Estoy realmente aquí o solo soy una sombra más sentada frente a una pantalla? ¿Por qué ya no siento? ¿Por qué ya no me calienta el alma ni una sola cosa? ¿Por qué nada me abraza?

Las imágenes vuelven. Se repiten. Una y otra vez. Una y otra vez. No quiero pensarlas, pero están ahí, como una enfermedad. Todo se analiza. Todo se revisa. Me juzgo. Me culpo. Me odio. Me duelen las lágrimas que no salen. Porque ni siquiera llorar sirve ya. Llorar solo demuestra que sigo esperando algo. ¿Pero qué? ¿De quién?

¿Por qué no soy suficiente? ¿Por qué todo lo que deseo está tan lejos? ¿Por qué me esfuerzo tanto para sentir tan poco? ¿Qué más debo hacer? ¿A cuántas partes de mí debo arrancar para que todo encaje? ¿Será que nunca lo lograré? ¿Será que jamás te alcanzaré?

¿Y si simplemente lo arruino todo esta vez? ¿Y si dejo de intentar? ¿Y si dejo de ser buena, de ser fuerte, de ser entera?

El tiempo pasa. Las horas se arrastran. La gente habla. El mundo sigue. Yo no. Yo me voy quemando. Me voy desgastando por dentro. Me muero, lenta y silenciosamente. Y nadie lo nota. Porque aprendí a sonreír mientras me desvanezco. Porque aprendí a seguir... aunque ya no quede nada.




martes, 13 de mayo de 2025

Tu universo

Cierro los ojos y caigo de golpe en un sueño vertiginoso. Todo comienza a girar con violencia. El cielo se deshace, las estrellas estallan como cristales, las galaxias colisionan y revientan con un estruendo invisible. Me impulsa una fuerza imposible de detener, una velocidad demencial, como si mi alma se despegara del cuerpo. Atravieso el tiempo y el espacio, cruzo dimensiones que apenas logro percibir, veo fragmentos de vidas que no son mías, escucho pensamientos ajenos, siento dolores que no me pertenecen. Todo es rápido, eléctrico, como si el universo entero me rozara la piel con miles de agujas brillantes. La adrenalina me quema por dentro, la locura se convierte en el único lenguaje posible. No hay aire suficiente, no hay gravedad, no hay arriba ni abajo. Solo movimiento, furia, éxtasis. No quiero parar. No puedo. Solo deseo ir más rápido, romperme en pedazos, estrellarme, desaparecer, que nada quede de mí más que una chispa en algún rincón de un mundo desconocido.

Pero algo cambia. Apenas un susurro entre tanto ruido. Algo me atrapa, jala mis brazos con suavidad, como si el mismo universo no quisiera soltarme. La velocidad cede. La violencia se desvanece. El aire se vuelve denso y tibio. La gravedad vuelve, pero no duele. Floto. Un calor recorre mi cuerpo, y un escalofrío me hace temblar desde adentro. Lentamente, mis párpados ceden. Mis ojos se abren, y entonces lo veo.

Estás ahí. Frente a mí.

Tus ojos café, tan cálidos y silenciosos, me envuelven sin tocarme. No dicen nada, pero lo dicen todo. Tienen la calma de un atardecer que no teme terminar. Me miran como si conocieran cada rincón roto de mí, como si supieran cuánto he corrido, cuánto me he perdido. No son ojos comunes. Son un refugio. Una promesa. Una mentira hermosa.

Y aunque algo dentro de mí desconfía, aunque todo grita que no es real, que es solo un espejismo más en medio de esta tormenta… me quedo. Porque por un segundo, uno solo, quiero creer que esos ojos podrían reconstruir mi mundo. Aunque me duela. Aunque me engañen. Aunque al final también desaparezcan.



domingo, 11 de mayo de 2025

Caos

Sigo sin entender dónde estoy. Sigo sin ver la entrada ni la salida. Sigo sin poder abrir o cerrar puertas. Todo es un torbellino, no en su centro, sino en el lugar donde el caos es absoluto. Donde las puertas vuelan como hojas al viento, las ventanas se quiebran sin razón, las paredes simplemente no existen. Donde no hay fin, no hay techo ni suelo, donde no hay cielo ni tierra. Donde el mar parece nubes suspendidas, distorsionadas, y el tiempo se disuelve como sal en el agua.

Nada tiene sentido. Nada obedece al reloj ni a la lógica. Nada tiene razón. Solo el viento, ese viento feroz que gira sin compasión, que arrasa, que revuelve y deshace lo poco que queda de estabilidad. El viento que grita, que golpea, que arrastra incluso los últimos restos de cordura.

Mis manos se pierden, mis pies desaparecen. Y todo deja de tener sentido: el querer, el amar, el probar, el oler, el mirar, el sentir. La vida se vuelve un eco vacío. Los sueños, los pensamientos, las metas, el futuro... todo se apaga. Todo se desdibuja como una pintura bajo la lluvia. Todo está tan lejos, tan frío, tan inalcanzable, tan absurdo. Un sinsentido constante.

Me siento perdida en dos mundos, atrapada en dos realidades que se niegan a tocarse. Perdida entre dos sueños que se convierten en pesadillas, en dos infiernos que se funden en uno solo. Perdida entre dos dolores que se alternan para no dejarme respirar. Perdida en el fondo de un abismo sin nombre, sin saber qué cuerda soltar, qué cuerda escalar, sin saber hacia dónde avanzar ni si avanzar siquiera tiene algún propósito.

Estoy aquí, con la mirada clavada en la nada, sin poder tocar lo que existe, sin comprender lo que siento. Aquí, con la cabeza golpeada por pensamientos que revientan contra mi cráneo, llena de heridas que no sangran pero duelen. No entiendo la realidad. No entiendo los porqués. No entiendo nada.

Y sin embargo, algo en mí sigue esperando. No sé qué. No sé a quién. Tal vez a nadie. Tal vez a mí misma, pero ya no me reconozco. Solo sé que quiero huir, desaparecer, disolverme en el aire. Quiero salir de este caos que no solo está en mi mente, sino que se ha metido en mis venas, en mis latidos, en mis lágrimas, en mis noches sin fin, en mis días sin luz.

No sé por dónde empezar. No sé dónde está el norte. No sé si hay sur. No sé si el sol aún sale o si alguna vez salió. No sé si fui yo. No sé si fuiste tú. No sé quién soy ahora. No puedo ver más allá. El espejo está roto. O sucio. O tal vez ya no existe. Quizás nunca reflejó nada. Solo una habitación vacía, llena de polvo, sin techo, sin suelo, sin muros. Solo vacío. Solo nada.

Y lo peor es que nada será suficiente. Nada bastará. Nada se detendrá. Nada comenzará. Todo terminará al final de los días. Todo se quebrará. Todo caerá.


Y yo, tal vez, caeré con ello.




jueves, 8 de mayo de 2025

Te reconozco en mi

Todavía no entiendo el destino. No comprendo del todo las decisiones que nos arrojan a la vida ni la absurda lógica de esta realidad en la que, lentamente, se nos va la existencia. Lo intento, sí. Intento entender por qué llegan personas a nuestro camino, con su carga de enseñanzas, compañía, amor, ternura, pero también de despedidas. Y sin embargo, me pregunto: ¿es necesario que elegir lo que realmente deseamos implique culpa? ¿Es inevitable sentir que algo está mal solo por atrevernos a querer lo que el corazón y la razón, por fin, eligieron juntos?

Si ya encontré lo que quiero para mi vida —si lo reconozco con certeza, si me hace sentido y me sostiene por dentro—, ¿por qué parece un error? ¿Porque no encaja en lo que otros esperaban para mí? ¿Porque no cumple un estándar ajeno que ni siquiera comparto? ¿Desde cuándo vivir se volvió una especie de examen eterno ante los ojos de quienes no caminan en mis pies?

¿De qué sirve tanta predicación sobre el amor, la compasión y la libertad, si al final todo se mide con reglas invisibles que nadie pidió, pero todos repiten?

¿Por qué debemos parecernos a un molde para ser aceptados? ¿Por qué la vida debe ser un disfraz de lo que no somos, para tranquilizar las expectativas de los demás? ¿No era este el propósito más sagrado de estar vivos: conocer, abrazar, manifestar y amar… sin condiciones?

Si alguien, con todos tus defectos a la vista, con tus heridas expuestas, con tu historia sin maquillar, decide quedarse…

Si alguien elige cubrir con ternura lo que otros juzgaron o descartaron…

Si hay quien te ve con paciencia, con verdad, con amor y sin miedo…

¿Eso no es suficiente?

¿No es suficiente querer crecer con alguien así?

¿Volver a confiar, volver a construir, volver a intentar… no es ya un acto de valor sagrado?

No entiendo este mundo que nos quiere a todos iguales, obedientes, domesticados. No entiendo por qué debemos sacrificar lo verdadero en nombre de lo que se ve “correcto”.

No entiendo el racismo, la discriminación, la mirada que condena lo distinto.

No entiendo la facilidad con la que se exige, se castiga, se señala… y la dificultad que hay para escuchar, para esperar, para comprender.


Todos somos apenas seres humanos: carne, alma, historia, cicatrices. Diferentes tonos de piel, sí. Diferentes idiomas, sí. Diferentes heridas, también. Pero al final, lo mismo: humanos.

Es verdad, todo puede salir mal. Lo desconocido asusta. Lo distinto incomoda. Lo profundo incomprende al mundo superficial.

Pero, ¿y si no se trata de que todo salga bien?

¿Y si se trata, simplemente, de amar con dignidad lo que el alma reconoce?

La belleza del cuerpo es solo una envoltura. Lo de adentro… eso que no se puede fingir, lo que vibra, lo que resiste, lo que abraza aun roto…

Eso brilla con una intensidad que ningún espejo puede mostrar.

Entonces, si hay libertad, si hay química, si hay verdad…

¿Por qué intentamos controlarlo todo? ¿Por qué queremos ordenar lo indomable, censurar lo espontáneo, matar lo que nace?

Nos hemos convertido en esclavos de un sistema que predica éxito, pero olvida la paz. Que promueve el trabajo, pero no la vida. Que nos empuja a producir, pero no a sentir.

Una sociedad que consume cuerpos, ideas, personas… y que, a cambio, deja vacíos.

Basta. No nacimos para encajar. Nacimos para ser.

Para explorar, para fallar, para descubrir, para amar aunque duela.

Para mirar a alguien a los ojos y decir: “Aquí estoy. Así soy. Y así te elijo.”

Porque si al final todo es incierto, si al final todos morimos, entonces al menos que sea con verdad en la mirada y con amor —aunque duela— en el corazón.



sábado, 3 de mayo de 2025

Complicidad

Te siento aquí, tan dentro de mí, como si tu alma caminara por las grietas que la vida me dejó abiertas.

Te vas tatuando lento, sin permiso, sobre cada herida reciente, como si tus manos supieran exactamente dónde duele.

Eres un bálsamo, sí… pero también una tormenta suave, de esas que no destruyen, pero arrasan lo que ya estaba a punto de caer.

Me enseñas, sin palabras, lo que hace un hombre cuando realmente quiere.

Pero el tiempo es breve, injusto, y el daño demasiado hondo.

Y aunque lo disimules, te descubro…

En tus silencios cuando no te atreves a mirarme, como si supieras que si lo haces te derrites, te quedas.

En esas pausas tuyas, donde besas mi frente con la delicadeza de quien contiene un huracán, apartando mi pelo solo para encontrar el camino a mis mejillas.

Yo siento todo.

Tu cariño escapándose por tus poros, por tus dedos que tiemblan al rozarme, por tus labios que no saben mentir, por tus brazos que se mueren por envolverme, por tu corazón que late fuerte aunque te calles.

Y yo, rota, a medias, con la vida arrastrándome desde hace tiempo, sin fe, sin ganas, sin rumbo…

Solo quiero quedarme ahí, en esa mirada tuya que me busca desde lejos, como si aún tuviéramos algo que el mundo no entiende.

Como si nuestras sonrisas hablaran un idioma secreto que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.

Hay algo entre nosotros que no necesita explicación.

Es una complicidad tan honda que no cabe en palabras, que no pide permiso, que simplemente… ocurre.

Pero no ahora. No aún.

Porque la vida me golpeó con violencia. Me dejó vacía, sin fuerzas.

Perdí casi todo: la paz, la voluntad, el sentido.

Y aun así, estás.

Ahí.

Sin exigirme nada.

Esperando.

Sosteniendo con tus ojos mi mundo derrumbado.

Y en esa espera tuya, yo también empiezo a quedarme.

Ojalá el tiempo, por una vez, decida a favor de la felicidad.

De la nuestra.

S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...