El tiempo en el infierno, compartiendo la existencia con demonios y entidades sombrías, endurece el alma y corrompe los pensamientos puros. Un dios de luz, erróneamente arrojado entre la sangre y la mugre de los cuerpos pecadores, renace como el santo de lo demoníaco, del sufrimiento humano y de la desesperanza más profunda. Surge como la perfección emergiendo de las llagas de lo inmundo, revelando la esencia de lo más oscuro y desesperanzador...
Este ángel, de resplandor cegador y colores tan vibrantes como la aurora boreal, posee una piel de porcelana inmaculada y ojos que son vitrales antiguos cargados de secretos oscuros. Sus cabellos, tan blancos como el oro más puro, se combinan con facciones delicadas y refinadas, acentuadas por mejillas redondas y labios carmesí. Estos labios, rebosantes de una lujuria celestial, invitan a la decadencia y la corrupción de la realidad misma.
Caminando entre llamas y huesos, atravesando la lava infernal del inframundo, asciende con una determinación implacable hacia la redención en la cima, a la tierra misma. Su misión es confrontar a cada ser que comete adulterio, homicidio, pecados capitales e inmorales. A cada uno de ellos vendrá a redimir, para luego clavar sus garras en sus gargantas, desgarrarlas y beber de la inmortalidad infinita del pecado final.
Llega para concluir el juicio final sobre un alma rota de sueños e ilusiones, viene a buscar a aquellos que deben ser castigados, a aquellos que deben ser erradicados para evitar que se cometan nuevamente tales atrocidades e injusticias. Un alma aún llena de ilusiones, sumida en la desesperación por tocar el cielo con sus alas y alientos, un alma que anhela la paz más que cualquier otro ser, una alma errante de luz que se dejó corromper para sobrevivir.
"Vuelvo por ti y por tus seres queridos, vuelvo por lo que me pertenece."
