¿Se han dado cuenta?
¿Han levantado los ojos al cielo últimamente?
¿Han observado realmente su alrededor?
¿Se han detenido a pensar en el aire que respiran y comparten?
¿Han mirado a los ojos a otra persona con verdadera atención?
¿Sienten cómo la historia se repite?
¿No perciben que hay algo incómodo, algo que no encaja?
Las noticias inundan las redes mientras los diarios mueren lentamente. El descontrol de la desinformación es magnético, absorbente. Es como si el mundo ascendiera poco a poco hacia su propio colapso —o hacia un nuevo colapso, uno más en los siglos de los siglos, en los ciclos de los ciclos. ¿Han observado cómo está cambiando el cielo, el aire, el agua? ¿Han intentado ver qué hay más allá de esta realidad que nos dicen que es la única?
¿No sienten como si algo estuviera por ocurrir… algo que ya ocurrió?
¿No perciben que el descontrol regresa, disfrazado de progreso?
Todo lo habitado ya lo conocemos. Lo conocimos, lo vivimos. Está en nuestro ADN, en nuestra sangre. Por eso cumplir con expectativas antiguas está tan arraigado en nosotros. Por eso el impulso de reproducirnos, de perpetuarnos, de repetir patrones, parece inevitable. Todo habita en nuestra genética, en nuestro pasado, en nuestras innumerables experiencias humanas.
Pero no es sólo un déjà vu.
No son sólo vidas pasadas.
Es algo más profundo: interconexiones internas y externas, visibles e invisibles al ojo humano. Es más que energía. Más que materia. Más que la realidad que creemos estable. Es una presencia compartida, un ente que respira entre nosotros, como si la vida misma fuera un organismo consciente, un suspiro colectivo, un alma extendida.
Yo lo vi de soslayo. No quise siquiera reconocer que existía. Es tan entendible como inentendible, tan elocuente como brutal. Está roto y es intenso. Es como si todo hubiera estado ahí desde siempre, y de pronto lo ves, lo tocas, lo hueles, lo sientes, lo amas… pero nuestras mentes finitas no pueden comprenderlo —ni quieren hacerlo.
Por miedo.
Miedo a sentir.
Miedo a ir más allá.
Miedo a cuestionar la realidad que hemos construido para no desmoronarnos.
Tenemos miedo de que la vida se dé vuelta y tengamos que empezar de nuevo. De volver a investigar, a comprender, a otorgar sentido. Porque eso implicaría también la caída de estructuras, la pérdida de poder de quienes sostienen el relato dominante. ¿Cómo controlar a una masa humana que comienza a pensar? ¿Mostrándole la verdad? Aunque seamos lo mismo, no todos alcanzan el mismo nivel de conciencia.
El mundo parece arder y, al mismo tiempo, parecer sediento de nuestra propia extinción. Como si el universo mismo nos observara preguntándose si somos una especie incapaz de trascender, si somos un experimento que no logró evolucionar más allá de su propia destrucción.

