viernes, 13 de febrero de 2026

Transición del paradigma...

¿Se han dado cuenta?

¿Han levantado los ojos al cielo últimamente?

¿Han observado realmente su alrededor?

¿Se han detenido a pensar en el aire que respiran y comparten?

¿Han mirado a los ojos a otra persona con verdadera atención?

¿Sienten cómo la historia se repite?

¿No perciben que hay algo incómodo, algo que no encaja?


Las noticias inundan las redes mientras los diarios mueren lentamente. El descontrol de la desinformación es magnético, absorbente. Es como si el mundo ascendiera poco a poco hacia su propio colapso —o hacia un nuevo colapso, uno más en los siglos de los siglos, en los ciclos de los ciclos. ¿Han observado cómo está cambiando el cielo, el aire, el agua? ¿Han intentado ver qué hay más allá de esta realidad que nos dicen que es la única?

¿No sienten como si algo estuviera por ocurrir… algo que ya ocurrió?

¿No perciben que el descontrol regresa, disfrazado de progreso?

Todo lo habitado ya lo conocemos. Lo conocimos, lo vivimos. Está en nuestro ADN, en nuestra sangre. Por eso cumplir con expectativas antiguas está tan arraigado en nosotros. Por eso el impulso de reproducirnos, de perpetuarnos, de repetir patrones, parece inevitable. Todo habita en nuestra genética, en nuestro pasado, en nuestras innumerables experiencias humanas.

Pero no es sólo un déjà vu.

No son sólo vidas pasadas.

Es algo más profundo: interconexiones internas y externas, visibles e invisibles al ojo humano. Es más que energía. Más que materia. Más que la realidad que creemos estable. Es una presencia compartida, un ente que respira entre nosotros, como si la vida misma fuera un organismo consciente, un suspiro colectivo, un alma extendida.

Yo lo vi de soslayo. No quise siquiera reconocer que existía. Es tan entendible como inentendible, tan elocuente como brutal. Está roto y es intenso. Es como si todo hubiera estado ahí desde siempre, y de pronto lo ves, lo tocas, lo hueles, lo sientes, lo amas… pero nuestras mentes finitas no pueden comprenderlo —ni quieren hacerlo.

Por miedo.

Miedo a sentir.

Miedo a ir más allá.

Miedo a cuestionar la realidad que hemos construido para no desmoronarnos.

Tenemos miedo de que la vida se dé vuelta y tengamos que empezar de nuevo. De volver a investigar, a comprender, a otorgar sentido. Porque eso implicaría también la caída de estructuras, la pérdida de poder de quienes sostienen el relato dominante. ¿Cómo controlar a una masa humana que comienza a pensar? ¿Mostrándole la verdad? Aunque seamos lo mismo, no todos alcanzan el mismo nivel de conciencia.

El mundo parece arder y, al mismo tiempo, parecer sediento de nuestra propia extinción. Como si el universo mismo nos observara preguntándose si somos una especie incapaz de trascender, si somos un experimento que no logró evolucionar más allá de su propia destrucción.



domingo, 1 de febrero de 2026

La abstinencia del ser...

Dentro del ruido de la ciudad, dentro del bullicio constante de la multitud diaria, dentro de una rutina saturada de distracciones y pequeñas perturbaciones, observamos cómo el tiempo avanza sin pedir permiso. Recorremos el mismo camino, vemos las mismas personas cada mañana, repetimos los mismos movimientos. El cielo cambia obedeciendo a un ciclo inmutable; los hedores sólo varían de estación en estación; el calor asfixiante parece siempre el mismo. Y dentro de todo eso —de esta vida continua, monótona, cansada— existe un punto.

Un punto en el que nos quedamos mirando fijo hacia el más allá, hacia la nada. Un punto donde los ojos se vuelven grises y pierden el brillo de soñar, de amar, de acariciar. En esa mirada detenida, profunda, en la que nos perdemos sin querer, nos inundamos de una realidad efímera y destructiva de nuestro ser. Y es allí, paradójicamente, donde comenzamos a ver con claridad.

Es allí donde aparece la realidad desnuda, nuestra verdad. Donde buscamos aquello que soñamos, aquello que amamos, aquello que olvidamos mientras sobrevivíamos. En ese punto yace nuestra vida real. El tiempo deja de correr, todo parece suspenderse. La respiración se vuelve monótona, casi ritual. Los labios murmuran plegarias silenciosas a los astros. El cuerpo se rigidiza, se niega a moverse, como si temiera perder la esencia de ese instante irrepetible.

Esos segundos que todos tenemos —y que todos anhelamos— son los segundos que nos definen como seres humanos. En ellos amamos sin medida, hacemos posible lo imposible, recordamos, caminamos sin destino, cantamos, bailamos, hablamos, sonreímos, lloramos. Pero, sobre todo, somos. Somos nosotros mismos, elevados, suspendidos, como si el alma alcanzara por un momento la estratósfera.

El ser humano no desea sólo existir: desea respirar aire. Aire real. Ilusiones completas. Desea no perderse en este mundo de esclavitud mental, donde pensar, sentir y soñar se han vuelto actos de resistencia.




S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...