Perdí la caravana de la vida: la ética, la moral, las buenas costumbres, las reglas de oro de los hombres. Perdí el camino que ellos trazaban —o quizás lo solté— en medio de este desierto árido que todos transitamos, fingiendo que no arde. ¿Me perdí o me escabullí? A veces pienso que no fue fuga, sino asfixia. Que no me fui por capricho, sino por necesidad: porque tanta norma, tanta “madurez” disfrazada de preocupación, tanto consejo con veneno dulce, me estaba encerrando por dentro.
Vi el espejismo en sus ojos: envidias, celos, almas resquebrajadas que se maquillan de buenas intenciones. Emociones mal digeridas que corrompen nuestras raíces, que traicionan las enseñanzas de Gaia, nuestro estandarte original: la vida misma. Ella, la que nos dio cuerpo y pulso; la que hizo correr ríos por nuestras venas; la que con sus lianas nos dio brazos y fuerza; la que nos sostuvo incluso cuando no merecíamos sostén.
Y aun así fuimos tentados. No por hambre real, sino por la avaricia de la mente: por el poder, por el prestigio, por el “avance”, por esa eficiencia fría que llaman progreso. Por un conocimiento que se cree superior y termina siendo falso porque olvida lo humano. Olvida la reverencia. Olvida el límite. Olvida que no somos dueños de nada. Frente a nuestra Diosa Madre —a quien llevo incrustada en el pecho, en la sangre, en la piel, en los ojos— perdimos la vergüenza. Diosa de la vida, de la fertilidad, del sustento… que hoy llora en silencio, avergonzada de nosotros: seres banales, corrompidos por el placer y el deseo efímero de tener más, de rendir más, de producir más, de “ser alguien”, aunque por dentro seamos nadie.
Mientras busco mi propio camino en este desierto, el sol se posa sobre mí como una sentencia. Mis ropas cubren cada parte del cuerpo, como si la tela pudiera protegerme de algo más que el calor: como si pudiera evitar que el mundo me desintegre. Mi rostro y mi cabello quedan bajo una tela suave y delicada, de colores, con incrustaciones de oro y plata que brillan con una belleza absurda en medio de tanta nada. El paisaje es infinito, y esa infinitud no consuela: pesa.
La brisa es pesada, asfixiante. Siento cómo la arena seca acaricia lo poco que queda al descubierto de mi piel. Caminar se vuelve espeso, como si avanzara dentro de un sueño denso y cruel. El calor raspa la garganta y baja hasta las entrañas. Siento al desierto tentando mi mente: no solo quiere mi cuerpo, quiere mi voluntad, quiere mi identidad, quiere convencerme de que soy pequeña, de que no tiene sentido seguir.
Pero no me rendiré. No por orgullo, sino por una verdad íntima: porque si me detengo, vuelvo a ese camino ajeno. Cada paso es un avance hacia la realidad, hacia la búsqueda de mi razón de existir. Es mi forma de no dimitir aunque todo sea engorroso, difícil, sin precedentes.
Llevo horas caminando sin siquiera ver un espejismo, cuando algo a lo lejos comienza a moverse. Algo zigzaguea en la arena. Un sonido metálico atraviesa el aire, como monedas chocando. Ese ruido me eriza la piel, no por miedo solamente: por intuición. Me arrojo al suelo, intentando borrar mi presencia. Y entonces la veo.
Imponente. Negra como el azabache. Una serpiente de cascabel enorme, viva como una amenaza antigua. Me incorporo en alerta: ella ya me ha visto. Se yergue frente a mí, firme, mostrando poder y supremacía, como si fuera la guardiana de este lugar, como si yo hubiese cruzado una frontera que no me pertenecía.
Nos quedamos frente a frente. El aire espeso entra en los pulmones como si fuera barro. La arena se mete en los dientes. Y la sensación no es solo externa: es interna. Es como si el mundo nos obligara a decir la verdad sin palabras. Tú deseas morder, infectar, eliminar. Yo solo deseo seguir.
Te lanzas con tus colmillos venenosos. Esquivo. Vuelves. Esquivo de nuevo. Pero estoy agotada. El calor debilita, el cuerpo pesa, y yo no tengo armas. No entiendes que no soy una amenaza. No entiendes que no vine a destruir. Y aun así insistes, como si tu furia no fuera tuya, como si alguien te hubiera enseñado que existir es atacar primero.
Sigo esperando que te detengas. Incluso en medio del peligro, hay una parte de mí que mira tu belleza hipnótica y piensa: qué criatura tan perfecta para ser tan ciega. Qué ser tan antiguo para ser tan terco. Qué fuerza tan viva para ser tan incapaz de diferenciar una amenaza de una viajera.
Y yo aquí, cansada, con el calor apoderándose de mis entrañas, sintiendo que el mundo entero me empuja hacia abajo. Tú sigues erguida, intacta, como si la vida no te pesara. Mirándome como si yo fuera culpable de un robo que jamás cometí, como si viniera a quitarte algo que nunca fue tuyo.
Tras un largo forcejeo, mi cuerpo decide por mí. Desisto. Y en ese segundo, me muerdes. Atravesas mis ropajes. Siento el colmillo abrir paso, y el veneno entrar como fuego líquido en mis venas. No es solo dolor: es una invasión. Una sentencia que se expande, que decide por mí.
Acepto el destino con una calma que me asusta. La serpiente se suelta y se aleja. El cascabel se vuelve distancia, un sonido que se disuelve en la arena, arrastrado por la brisa.
Mi cuerpo se apaga por partes. Los órganos se inflaman. El mundo se vuelve lento. El corazón duele… como si se quebrara desde adentro. Mi mente intenta mantenerse en pie, pero ya no tiene de dónde afirmarse. Siento la agonía como una ola pesada, inevitable. Cierro los ojos y acepto, no porque quiera morir, sino porque ya no puedo pelear.
Y en el último borde de la conciencia, antes del vacío… solo pienso una cosa:
que este desierto no me venció por fuera.
me venció por dentro.