jueves, 29 de enero de 2026

La decadencia de la desesperación...

El destino de cada alma parece estar preescrito en una biblia invisible del universo y las estrellas, pero ese designio se mezcla —inevitablemente— con el dolor y el amor que arrastra cada decisión, cada paso que damos hacia nuestro terrible final: la muerte. No como amenaza, sino como certeza silenciosa que camina a nuestro lado desde el primer aliento.

Hoy estamos aquí, sentados frente a frente, y aun así somos incapaces —como seres humanos— de saber dónde estaremos mañana. No sabemos dónde nos alcanzará el dolor, en qué punto sentiremos que la vida comienza a desvanecerse, dónde se rompe la racionalidad del existir. Entregamos nuestra vida a un destino mal escrito por dioses efímeros que no comprenden la realidad actual; dioses que creen que todo aún se rige por el pulso y no por estigmas, heridas heredadas, maldiciones, daño, sangre acumulada a lo largo de generaciones.

Todo se arrastra como una serpiente enlodada, cargada de historias sin sabor, historias dolorosas que desgarran la piel, que escarban en la carne viva de nuestras almas, que destruyen y degüellan nuestras ilusiones con una precisión casi ceremonial. Todo parece premeditado, todo anunciado, sin considerar cuánto ha cambiado el mundo, cuánto se ha ido perdiendo en el camino: la vida, el amor, la libertad, la belleza de existir despacio, de hacer las cosas con cuidado, con detalle, con paciencia infinita.

Hoy vemos cómo todo se derrumba lentamente. Cómo seguimos avanzando sobre una rueda sin fin que va triturando, paso a paso, lo poco humano que aún nos queda. Una rueda que no nos deja respirar, que nos empuja a una miseria en la que juramos jamás caer cuando apenas teníamos segundos de conciencia, cuando nos enseñaron a creer en lo contrario mientras crecíamos en este mundo naturalmente único y humanamente cruel.

Perdemos la humanidad a medida que avanzamos, a medida que nos mezclamos con seres hipócritas, cansados, rotos, y sin darnos cuenta comenzamos a convertirnos en uno de ellos. Y eso es lo verdaderamente triste. El brillo de los ojos se apaga, la vida se escurre sin estruendo, y se pierde la noción de eternidad que habita en amar la vida y disfrutarla. Nada tiene sentido. Todo se desconecta de ese cordón umbilical invisible que nos anclaba al simple acto de existir en esta tierra árida, desolada y cada vez más vacía de amor.




lunes, 26 de enero de 2026

En cada ciclo te encontrare...

Bajo la luna creciente se desata un vals, y bajo la luna incompleta una sola figura se enciende en movimiento: una danza íntima, obstinada, que recuerda sin memoria y busca sin saber, como si el cuerpo supiera antes que el alma dónde está su otra mitad, dónde aguarda la luna llena. Entre giros y giros, cada ciclo que se cumple transforma, cada ciclo que pasa reescribe el destino; nuevas historias quedan selladas en los astros, pactadas en galaxias que observan en silencio cómo el tiempo se abre y vuelve a cerrarse.

Cada ciclo deja una marca, un hito invisible: una época, una estación del alma, un lugar distinto donde algo nace o muere. Cada noche es una entre millones y, aun así, es irrepetible. No existe otra igual. El aire le crea vestidos efímeros, la arena roza sus pies como un secreto, los aros tintinean como pequeñas lunas, las rosas sangran perfume, las nubes espían desde lo alto, el agua limpia las huellas, el fuego consagra el paso. Todo conspira para verla girar.

Su cabello revolotea dorado bajo los rayos de luna, y a ratos se vuelve plateado, frío, según la temperatura exacta de cada palpitar en su corazón. En cada luna llena estira sus pequeñas manos y siempre alcanza otras: las de un nuevo amor, las de un romance distinto, las de un cortejo único y deslumbrante. Es un juego de dos que se vuelve íntimo, sagrado, especial; una historia hecha de altos y bajos, de roces y miradas que queman, de piel tibia y piel fría, de sal de mar y calor abrazador.

Los pies de esta diosa jamás descansan. Sólo cuando la luna desaparece ella se detiene y se sumerge en un suelo de infinitas luces dentro de sus propios ojos. Allí suelta la mano de esa historia, intenta romper el trazo que quedó marcado en su piel, grita, suplica, ruega… y luego, lentamente, deja ir. Acepta. Respira. Y permite que un nuevo anochecer vuelva a abrirse ante los ojos de la luna.

Las sonrisas fueron las más hermosas, las miradas las más ilusionadas, los besos los más intensos; y las almas, las más magníficas obras de arte cuando se entrelazaban y creaban vida, y creaban muerte, y creaban esa magia feroz que es amar. Amar en segundos, en minutos, entregarse por completo sabiendo que la ruptura es inevitable, que el dolor es parte de lo bello, de lo perfecto, de lo vivo.

Porque el dolor también es amor: amor en cada herida, en cada experiencia que marca. Es el vals eterno del renacer, incluso cuando el mundo parece hecho de cenizas.



domingo, 11 de enero de 2026

En el umbral del cambio...

Perdí la caravana de la vida: la ética, la moral, las buenas costumbres, las reglas de oro de los hombres. Perdí el camino que ellos trazaban —o quizás lo solté— en medio de este desierto árido que todos transitamos, fingiendo que no arde. ¿Me perdí o me escabullí? A veces pienso que no fue fuga, sino asfixia. Que no me fui por capricho, sino por necesidad: porque tanta norma, tanta “madurez” disfrazada de preocupación, tanto consejo con veneno dulce, me estaba encerrando por dentro.

Vi el espejismo en sus ojos: envidias, celos, almas resquebrajadas que se maquillan de buenas intenciones. Emociones mal digeridas que corrompen nuestras raíces, que traicionan las enseñanzas de Gaia, nuestro estandarte original: la vida misma. Ella, la que nos dio cuerpo y pulso; la que hizo correr ríos por nuestras venas; la que con sus lianas nos dio brazos y fuerza; la que nos sostuvo incluso cuando no merecíamos sostén.

Y aun así fuimos tentados. No por hambre real, sino por la avaricia de la mente: por el poder, por el prestigio, por el “avance”, por esa eficiencia fría que llaman progreso. Por un conocimiento que se cree superior y termina siendo falso porque olvida lo humano. Olvida la reverencia. Olvida el límite. Olvida que no somos dueños de nada. Frente a nuestra Diosa Madre —a quien llevo incrustada en el pecho, en la sangre, en la piel, en los ojos— perdimos la vergüenza. Diosa de la vida, de la fertilidad, del sustento… que hoy llora en silencio, avergonzada de nosotros: seres banales, corrompidos por el placer y el deseo efímero de tener más, de rendir más, de producir más, de “ser alguien”, aunque por dentro seamos nadie.

Mientras busco mi propio camino en este desierto, el sol se posa sobre mí como una sentencia. Mis ropas cubren cada parte del cuerpo, como si la tela pudiera protegerme de algo más que el calor: como si pudiera evitar que el mundo me desintegre. Mi rostro y mi cabello quedan bajo una tela suave y delicada, de colores, con incrustaciones de oro y plata que brillan con una belleza absurda en medio de tanta nada. El paisaje es infinito, y esa infinitud no consuela: pesa.

La brisa es pesada, asfixiante. Siento cómo la arena seca acaricia lo poco que queda al descubierto de mi piel. Caminar se vuelve espeso, como si avanzara dentro de un sueño denso y cruel. El calor raspa la garganta y baja hasta las entrañas. Siento al desierto tentando mi mente: no solo quiere mi cuerpo, quiere mi voluntad, quiere mi identidad, quiere convencerme de que soy pequeña, de que no tiene sentido seguir.

Pero no me rendiré. No por orgullo, sino por una verdad íntima: porque si me detengo, vuelvo a ese camino ajeno. Cada paso es un avance hacia la realidad, hacia la búsqueda de mi razón de existir. Es mi forma de no dimitir aunque todo sea engorroso, difícil, sin precedentes.

Llevo horas caminando sin siquiera ver un espejismo, cuando algo a lo lejos comienza a moverse. Algo zigzaguea en la arena. Un sonido metálico atraviesa el aire, como monedas chocando. Ese ruido me eriza la piel, no por miedo solamente: por intuición. Me arrojo al suelo, intentando borrar mi presencia. Y entonces la veo.

Imponente. Negra como el azabache. Una serpiente de cascabel enorme, viva como una amenaza antigua. Me incorporo en alerta: ella ya me ha visto. Se yergue frente a mí, firme, mostrando poder y supremacía, como si fuera la guardiana de este lugar, como si yo hubiese cruzado una frontera que no me pertenecía.

Nos quedamos frente a frente. El aire espeso entra en los pulmones como si fuera barro. La arena se mete en los dientes. Y la sensación no es solo externa: es interna. Es como si el mundo nos obligara a decir la verdad sin palabras. Tú deseas morder, infectar, eliminar. Yo solo deseo seguir.

Te lanzas con tus colmillos venenosos. Esquivo. Vuelves. Esquivo de nuevo. Pero estoy agotada. El calor debilita, el cuerpo pesa, y yo no tengo armas. No entiendes que no soy una amenaza. No entiendes que no vine a destruir. Y aun así insistes, como si tu furia no fuera tuya, como si alguien te hubiera enseñado que existir es atacar primero.

Sigo esperando que te detengas. Incluso en medio del peligro, hay una parte de mí que mira tu belleza hipnótica y piensa: qué criatura tan perfecta para ser tan ciega. Qué ser tan antiguo para ser tan terco. Qué fuerza tan viva para ser tan incapaz de diferenciar una amenaza de una viajera.

Y yo aquí, cansada, con el calor apoderándose de mis entrañas, sintiendo que el mundo entero me empuja hacia abajo. Tú sigues erguida, intacta, como si la vida no te pesara. Mirándome como si yo fuera culpable de un robo que jamás cometí, como si viniera a quitarte algo que nunca fue tuyo.

Tras un largo forcejeo, mi cuerpo decide por mí. Desisto. Y en ese segundo, me muerdes. Atravesas mis ropajes. Siento el colmillo abrir paso, y el veneno entrar como fuego líquido en mis venas. No es solo dolor: es una invasión. Una sentencia que se expande, que decide por mí.

Acepto el destino con una calma que me asusta. La serpiente se suelta y se aleja. El cascabel se vuelve distancia, un sonido que se disuelve en la arena, arrastrado por la brisa.

Mi cuerpo se apaga por partes. Los órganos se inflaman. El mundo se vuelve lento. El corazón duele… como si se quebrara desde adentro. Mi mente intenta mantenerse en pie, pero ya no tiene de dónde afirmarse. Siento la agonía como una ola pesada, inevitable. Cierro los ojos y acepto, no porque quiera morir, sino porque ya no puedo pelear.

Y en el último borde de la conciencia, antes del vacío… solo pienso una cosa:

que este desierto no me venció por fuera.

me venció por dentro.




lunes, 5 de enero de 2026

El camino del alma, un mismo destino...

Este episodio de mi mundo profundo, de mis entrañas, es el sueño que jamás podrá ser realidad. Es un sueño efímero, doloroso e inexistente. Hoy les contaré lo que es el amor recíproco: pasión, calor, ardor y hogar. Lo que es perfecto en su imperfección de intensidades y silencios.
Hoy vengo a compartir lo que más he deseado en el alma, lo que más he anhelado: un sueño sin sentido. ¿Por qué? Porque lo que para algunos es real, para otros es fantasía; y termina siendo un precedente para no creer. El mundo es efímero y rápido, no se detiene en detalles, en sensaciones, en pasiones que signifiquen tallar un cristal con los dedos. Algo imposible… así suena. Pero con esperanza, fe y amor, siempre se podrá; y ese diamante será perfecto sin perfecciones.

El sol está bajando. Siento sus últimos rayos tocar mi rostro. El viento eleva mis cabellos dorados; siento el sabor del mar en mis labios y en mis ojos. Mis pies son besados por cada ola que respira esperanza y paz. La arena limpia suavemente mi piel de lo impura que es la vida, de lo cruel que es el mundo. Elevo la vista y respiro, viendo cómo el sol se esconde.

A un costado de este movedizo camino aparece alguien, incorporándose a mi altura. Puedo sentir su presencia. Es muy alto y fornido. El viento trae su olor: suave, como si su existencia fuera a desvanecerse, como el dulce aroma de la tierra después de la lluvia, desapareciendo a medida que los rayos del sol se apoderan de cada una de sus húmedas formas.

Con curiosidad miro por el rabillo de mis ojos azules, buscando algún indicio extraño, algún parecido a los dioses que bajan a la tierra para ver el atardecer junto a sus fieles. Un cabello negro como la noche que se aproxima, largo hasta la cintura, se mueve con la misma suavidad que mis ondas doradas. Juguetea con su perfil varonil: nariz perfecta, presencia imponente. Me siento pequeña. Me siento indefensa y protegida al mismo tiempo. Siento nostalgia… como si ese momento, finalmente, hubiese llegado.

En un parpadeo giras tu rostro hacia mí. Quedo embobada por tan repentino encanto. Giro completamente, observando cada detalle desvergonzadamente, descaradamente, sin temor, sin dudar: una mandíbula marcada, unos labios como cerezas, carnosos; unos ojos negros y profundos, como si todas mis noches vivieran en ellos.

Sonríes divertido por la situación. Una sonrisa tan sincera, tan simple, tan hermosa, tan plena.

Me percato de tu reacción entretenida ante mi descaro. Me sonrojo y escondo mi rostro torpemente entre mis manos, tratando inútilmente de ocultar mi infantil delación. Te acercas a mí y, sin palabras, tus largos dedos toman mis pequeñas y regordetas manos. Las separas de mi cara encendida y bajas la vista hasta encontrarte con mis ojos. Fijas tus pestañas oscuras, tus ojos del inframundo, tus ojos del universo, en mis torpes lapislázuli.

Sonríes dulcemente, indicándome que no debo temer, que nada de esto es extraño. Me muestras reciprocidad en mi vergüenza y en mi descaro. Te enderezas y me miras desde arriba, obligando a mis ojos a elevarse para apreciar tu cabello chocando contra tu rostro mientras los últimos rayos del sol iluminan tu piel dorada y tus labios rojos. Mis ojos brillan ante tanta belleza. Tú sigues sonriendo, sin apartar tu mirada de la mía.
Nuestras manos siguen unidas. Nuestras auras se sienten fundirse. Hay un calor fuera de lo común.

Con una de tus manos acaricias mis pomposas mejillas. Se siente como una brisa suave que acaricia mi mundo…

Han pasado miles y miles de años, y al fin podemos volver a encontrarnos frente a frente, sin nadie alrededor. Solos en esta amplia playa del mundo. Solos frente a los curiosos ojos de los terrenales. Al fin puedo sostener mi hogar y mi mundo en un solo ser. Al fin podemos descansar del estrago que causaron los malos amores de nuestras vidas.

Sonríes tan dulcemente como la última vez que te vi, antes de separarnos en aquel cuento sin fin. Pero hoy nadie nos separará.

Mientras el sol se escondía, la luna —espléndida belleza del universo— nos entregaba sus rayos plateados y permitía que nuestros labios se fundieran en un beso suave y tibio.
Un beso lleno de hogar, lleno de amor y pasión.
Un beso como entrar por primera vez en un lago de agua tibia durante un atardecer de verano.
Un beso con tintes de rocío mañanero.
Un beso suave como los pétalos de las flores.
Un beso que despertaba almas moribundas.

Y en ese beso, un abrazo en el que nos fundimos en uno. Tus grandes manos sujetaban mi pequeña cintura, y mis brazos acariciaban tu hermosa cabellera.

Amor.
Amor real.
Amor recíproco.
Amor para toda la vida.
Un amor que no está exento de la discrepancia humana, pero un amor que jamás se irá…
y que siempre te escogerá.

Aquí, enamorada de la vida.
Aquí, enamorada del amor.
Aquí, enamorada del alma.
Siempre mia y de mi universo... 



S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...