La historia no se detiene. No hay pausa, no hay descanso. La mente sigue intacta, aguda, funcionando con la precisión de un arma bien calibrada. Los sueños crecen, se estiran, se multiplican. El hambre es infinita. Las ilusiones están muertas… pero el rencor, ese, permanece. Palpitante. Fértil. Hundido en pensamientos impuros, fermentando deseos ocultos, afilando intenciones como cuchillos. Juegos con fuego. Con ironía. Con orgullo. Con perversión refinada.
Mis labios están sedientos. No de besos, sino de dominio.
Ansío saborear cómo se derrumban frente a mí, cómo se pierden en pensamientos húmedos, en miradas que tiemblan, en silencios que gritan. Cómo caen, lentamente, en la trampa que les tejo con hilo invisible y manos suaves. Una trampa hecha de gestos mínimos, de insinuaciones milimétricas, de códigos que solo los culpables entienden. Sus ojos me recorren como si tocaran la piel, como si bastara un segundo más para romper la débil barrera entre lo correcto y lo prohibido. Una pared fina, delicada, que se estira entre la ética y la decadencia.
El edificio entero vibra con tensión contenida.
Entre trajes bien planchados y perfumes que embriagan los sentidos, todo parece respirar más lento cuando yo paso. Mis tacones suenan como una sentencia con cada paso firme por los pasillos largos, impecables, donde las paredes de vidrio reflejan mi silueta y la amplifican. Me observo en cada reflejo: perfecta, altiva, soberbia. Soy la figura que descompone sus pensamientos más limpios. La que se convierte en el centro de sus batallas internas. Y lo sé. Lo sé y lo uso. No pido permiso. No necesito hacerlo.
Mi cuello está adornado con un collar de perlas. No adorna: estrangula.
No seduce: advierte. Simula pureza mientras asfixia cualquier intento de acercamiento. Impide que las manos torpes se atrevan. Pero todos imaginan. Todos desean. Todos fingen desviar la mirada mientras construyen el guion de lo que harían si yo les permitiera.
Y no lo haré.
Pero dejo que sueñen. Porque el poder no está en entregarse. Está en dominar la fantasía.
Mi vestido negro, ceñido a la cintura, no cubre: provoca.
Es un manifiesto.
Es la encarnación del deseo al borde de la censura.
Simula los brazos de alguien inexperto, nervioso, desesperado por tocar, por romper, por descubrir el cuerpo que hay debajo, ese cuerpo que promete castigo y gloria.
Pero esto no es para ellos.
No del todo.
Esto es para mí.
Porque yo no estoy deseando: estoy observando.
No espero: calculo.
No me ofrezco: elijo.
Soy una espectadora hambrienta, sentada en el trono de mi propio ego. Quiero verlos sufrir, quiero ver cómo se desarman, cómo la lujuria los consume por dentro. Quiero ver cómo intentan no mirarme y fallan. Quiero ver cómo se les cae la moral al suelo y la pisan gustosos. Cómo suplican en silencio. Cómo me ruegan con los ojos que los deje romper las reglas.
Y no lo haré.
No aún.
Porque esto no es amor.
Esto no es ternura.
Esto es el juego.
Y yo…
yo siempre gano.
