¿Por qué el ser humano idealiza?
Me lo he preguntado una y mil veces.
¿Por qué? ¿Para qué? ¿No son también hermosos ciertos defectos? Bueno, seré sincera: no todos. Pero lamentablemente no somos perfectos, y aun así merecemos un amor que nos quiera tal como somos, sin etiquetas, sin embellecimientos forzados, sin moldearnos a la imagen que otros desean ver.
Existe una tendencia constante a pulir la realidad hasta volverla tolerable. Idealizamos porque tememos mirar de frente lo que somos. El ser humano puede ser cruel, despiadado, incluso aterrador; una bestia con inteligencia, una bestia revestida de “valores”, “ética” y “moral”. ¿Por qué insistimos en creer que somos lo opuesto?
Desde pequeños nos narran historias de dos bandos: el bien y el mal. Y casi siempre vence el bien. Pero la realidad no funciona como un cuento. No somos buenos ni malos en términos absolutos; somos capaces de actos profundamente morales y, al mismo tiempo, de decisiones brutalmente egoístas. Habitamos esa ambigüedad.
Quizás idealizamos para soportarnos. Para no enfrentarnos a la crudeza de lo humano. Para no aceptar que convivimos con contradicciones constantes. Lo que nos enseñan, lo que nos pintan y escriben, suaviza lo inhumano que también nos habita. Tal vez sea una forma de control. Tal vez sea simplemente miedo colectivo.
Y aquí estamos, todos, luchando guerras internas que creemos externas, intentando sostener una narrativa que nos permita sentirnos coherentes. Desesperados por encontrar sentido.
Pero déjame intentar algo distinto.
Son las nueve de la mañana. La luz entra por la ventana y te ilumina el rostro mientras duermes. Debo admitir que no te ves tan perfecto como quisiera cuando abres los ojos con el ceño levemente fruncido. Sin embargo, observo cada detalle: tu mandíbula, el contorno de tus labios, tu barba, la forma de tu nariz, las pestañas oscuras, esos ojos atentos que siempre parecen analizar el mundo incluso cuando descansan.
Escucho tu respiración, suave, acompasada. Hay algo profundamente humano en ese instante. Nada heroico, nada idealizado. Solo un cuerpo vivo, vulnerable, entregado al descanso.
Sé que no somos perfectos. Sé que nunca lo seremos. Pero estos amaneceres los guardaré dentro de mí como se guarda una verdad sencilla: el amor no es perfección, es presencia.
Y llegará un día en que abra los ojos y solo vea un techo blanco, o un cielo azul sin compañía. Un vacío inevitable. Por eso este momento, imperfecto y real, es suficiente.
