El sonido implacable del eco de nuestras mentes, formulando constantemente ideas y situaciones inherentes al desapego de la realidad, va descontinuando poco a poco el sentido mismo de la vida. Va mancillando el creer, el ser, lo tangible; el ver, el sentir y el vivir.
Somos seres que parecen imponerse la autodestrucción desde el momento en que nacen, como si todo aquello que vivieron nuestros ancestros hubiese dejado de tener importancia. Pareciera que nuestro ADN de supervivencia fue reemplazado por el ADN del placer. Y es que la autodestrucción y el dolor también son formas de placer; menos aceptadas, quizás, pero no por ello ajenas a la naturaleza humana.
La locura de lo impensable, de nuestra imaginación desbordada, ha comenzado a mermar nuestra capacidad más primitiva. Nos intoxicamos de ideas banales y mágicas. Podríamos llamarlo ciencia sucia; podríamos llamarlo potencial. O quizás una obstrucción mental y vital de la que no lograremos escapar si no somos capaces de enderezar nuestras metas y comprender nuestros privilegios dentro de este nuevo mundo.
Un lugar donde todo comenzó a destruirse y decaer.
Mientras observamos cómo se cruzan líneas y se crece sin parar, cómo todo parece elevarse entre nubes de tecnología e innovación, nuestras raíces se van perdiendo. Nuestra esencia queda relegada a un rincón olvidado, consumida por la necesidad de ser más, de lograr más, de poseer más; como si de ello dependiera nuestra mera existencia sobre este inmaculado globo terráqueo.
La mente fantasiosa, deseosa de crear un círculo primordial donde sujetar lo poco que queda de aquellas raíces, se vuelve potencialmente peligrosa. Sobresale entre el impensable mundo de edificios grisáceos. Se transforma en una anomalía.
Un potencial demente.
Un ser ridiculizado.
Un derrotado.
Alguien que ha quedado fuera de la realidad construida por una sociedad que define lo moral y lo éticamente aceptable.
No puedo evitar preguntarme cómo suspiran nuestros ancestros en cada rincón de este desolado mundo. Cómo observan la lenta aniquilación de aquello que alguna vez significó existir.
Las estrellas nos entregaron la perfección de la simetría.
La perfección de lo hermoso.
Y aun así, solo unos pocos han logrado contemplarla y disfrutarla.
Por lo demás, la codicia de nuestras mentes ha ido erosionando nuestra capacidad de escuchar nuestras entrañas, de comprender nuestros instintos y de recordar quiénes éramos antes de perdernos en la interminable carrera de convertirnos en algo más.
