El gélido viento imperceptible del otoño innegable golpea las puertas de una ciudad que viste siempre de gris. Palpa mis blancas mejillas y susurra delicados secretos anónimos; balbucea mentiras, disfraza la realidad y empapa mis ojos con agua ardiente de zonas erosionadas por el recelo de admitir que la vida, a veces, le va ganando a la misma razón de seguir siendo cuerdo.
En un mundo donde ellos son los locos.
En un mundo donde la piel ya no se eriza, donde el corazón ya no siente, donde todo se ve gris y todo está frío. El sonido permanece en pausa, atrapado en susurros mentirosos, en susurros blasfemos de las personas que nos rodean.
Frío falso. Frío añejado. Sin vapor de amor. Sin vapor de vida.
Un ente entre tantos edificios.
Un ente muerto entre tanta muchedumbre consensuada en que posee la razón de la vida, sumida en su propio egocentrismo, invalidando al que más siente, invalidando el humor, el amor, el creer, el crecer.
Y así vamos todos, paso a paso, entre gigantes de cemento y vidrio. Vamos todos cayendo en la imaginación del caer, del sucumbir, del no volver; de estrellarnos contra el piso, de perder la fuerza y caer, caer y caer, una y otra vez.
En el tren.
En las escaleras.
En los edificios.
Y sientes cómo se va apagando la visión. Cómo cierras los ojos y te dejas llevar por cada sensación, por cada despojo de vida que emerge de estas paredes, de estos suelos y de entre las personas.
De soslayo observas tu reflejo en el vidrio.
Inerte.
Blasfemo.
Indeseado.
Lo miras y remiras: tus ojos sin vida, el cristal opaco, las arrugas de sonrisas muertas. Las marcas de vivir bajo el efecto de sucumbir siempre a los mismos brazos, siempre al mismo lugar.
Parece no tener fin.
Te desesperas cuando comienzas a notar que nada cambiará. Que seguirá todo año tras año. La misma secuencia. El mismo ciclo.
Porque pareciera que somos el basurero emocional de los despojos de la vida.
Esos despojos que no saben cómo brillar. Que todo lo cuestionan. Que todo lo matan. Que se esconden bajo el mando de la terquedad, bajo la resequedad de no saber vivir ni disfrutar.
Entes que deberían aprender a soltar.
A respirar.
A vivir.
Pero no.
Solo saben arrastrar a su mundo a los pocos locos que aún quedan de pie tratando de luchar contra una realidad que se empeña en doblegarlos. Tratando de rastrillar el piso, de rasguñar las paredes, de respirar y no ahogarse dentro de estos cimientos.
Pero es inútil.
El ser humano es espectacularmente desagradable y perturbador.
Y, a su vez, fascinante.
Único.
Podrías ahogarte en este sinfín de mundo grisáceo, de destellos plateados y brillos opacos.
Duelen los ojos.
Duelen las manos.
Duelen los pies.
Duelen las piernas.
Duele el alma.
Se destruye con cada paso que vas dando.
Nadie dijo que la cima fuese fácil.
Pero tampoco imposible.
Y si ha de ser necesario, destruiremos el mismo mundo para volver a crear.
Si es que no sucumbimos antes.
