Cierro mis ojos y comienzan a aparecer un sinfín de imágenes en mi interior. Giran sin descanso, cambiando paisajes, lugares y escenarios, mostrándome una y otra vez cada rincón que alguna vez habité, cada lugar que llena los espacios de mi espeso pensar, de mi limitada mente y de mi infinita alma. Acuden a mí los recuerdos, las memorias y las sensaciones, pero hay una por sobre todas las demás: el frío. El frío en mi nariz, ese frío que me obliga a ver la realidad y observar, con los ojos cerrados, mi propio interior. Se siente nostálgico, se siente cómodo, se siente como hogar volver a estas fauces del inframundo que he habitado durante tanto tiempo y que, con frecuencia, he olvidado.
Aquí yacen todos nuestros anhelos, nuestros sueños, nuestras risas, nuestros amores y nuestros dolores; todo aquello que nos vio crecer y nos convirtió en quienes somos. Este es el lugar al que todos debemos regresar y, una vez revisado, acariciado y amado, abrir nuevamente los ojos de la realidad. Porque sin aquello que llevamos dentro olvidamos dónde colocar nuestros pies, olvidamos dónde comenzamos y por dónde debemos continuar. Nos desviamos de nuestras metas y perdemos nuestra esencia, la esencia del ser, de nuestro ser, de donde todos venimos y donde compartimos las mismas expectativas, los mismos miedos y las mismas preguntas frente a la vida. Volver a reencontrarnos, a mirarnos por dentro y abrazarnos parece una tarea sencilla, pero es quizás una de las más difíciles.
Nos falta amor, pero no hacia los demás. Nos falta amarnos más a nosotros mismos; amar nuestras historias, nuestras tristezas, nuestras pérdidas, nuestros aciertos, nuestras pequeñeces, nuestras mentiras y nuestros miedos más profundos. Somos seres espectacularmente curiosos, trazables, amables y venerables, y si tan solo pudiésemos mantener presente nuestro verdadero interior en lugar de la invención de quienes creemos que debemos ser, comprenderíamos cuánto hemos perdido en el camino. Las conexiones se van diluyendo poco a poco, las vamos dejando atrás, las vamos olvidando, hasta que llega el momento en que apenas recordamos quiénes éramos antes de convertirnos en aquello que el mundo esperaba de nosotros.
Se siente sombrío cuando logras arrancar el velo que cubre los ojos de los demás. Se siente tristeza. Se siente añoranza. La certeza de que es tan fácil volver y presentarse desnudo ante la vida, pero tan difícil escapar del molde que nos han impuesto. Esa es la lucha constante que muchos aseguran no tener y que, sin embargo, todos compartimos. Habitamos el mismo mundo, cargamos heridas similares y buscamos, aunque sea por caminos distintos, exactamente lo mismo.
Esta noche brindemos con el licor de la vida, aquel que no embriaga ni daña. Brindemos por nuestros sueños y nuestras esperanzas, por una copa llena de ilusiones fortalecidas por las expectativas del corazón y por esa inevitable pérdida de razón que acompaña a todo aquello que vale la pena. Hagamos un brindis por nuestros ojos internos, mancillados por el deber y por el no querer, por las cadenas que nosotros mismos nos colocamos y por aquellas que no logramos romper. O quizás por aquellas que no queremos romper, porque tememos perder esta realidad. Porque, en el fondo, sabemos que detrás de ella siempre ha estado aquello que vinimos a buscar.
