El aire de la noche pesa sobre nosotros en este verano abrasador, saturado del olor a sudor mezclado con ansiedad y miedo. La locura palpita en los ojos de aquellos con quienes comparto este destino incierto. La fogata ante nosotros, tal vez la última, según algunos dicen, brinda una tregua reconfortante a nuestros corazones inquietos. Y aunque podría estar lejos de aquí, envuelto en la calidez de tu piel y escuchando tus historias cotidianas, esa realidad parece un sueño lejano. Sin embargo, pensar en ti me proporciona un consuelo momentáneo.
Las horas avanzan implacables, el alba se acerca, marcando el momento oportuno para el enfrentamiento que se avecina. Aquí descubriremos quiénes serán los primeros en caer y quiénes llevarán este sufrimiento eterno en sus espaldas. Somos treinta contra cien, una desigualdad abrumadora que se siente como un acto de suicidio colectivo. Al fondo, alguien reza en silencio, mientras otro observa el fuego con una intensidad casi hipnótica, como si deseara sumergirse en su calor y encontrar paz en su abrazo. Algunos menos estoicos vomitan bilis de estrés, mientras que nuestros estómagos vacíos y calentados por el aguardiente nos preparan para el combate, potenciando nuestros sentidos como animales en la selva. Agradezco a esta maldita tribu todo lo que nos ha brindado, incluso a aquel que ahora habita mis sueños, añorando el calor que compartíamos.
Las horas se desvanecen y la fogata se extingue, llevándose consigo el último destello de esperanza mientras el alba tiñe el horizonte. Ya no esperamos nada más que la voluntad del Dios de la guerra y la desgracia, al que nos encomendamos en cuerpo y alma, aceptando nuestro destino con resignación. Si sobrevivimos, será gracias a su guía; si perecemos, confiamos en que algo mejor nos aguarda al otro lado, tras haber cumplido con nuestra misión en esta vida.
Dionisio, mi dios, mi alma, mi todo. Como la guerrera por linaje en esta tribu, no puedo cumplir el juramento de amor eterno que dicta mi deber hacia ti: cuidar de ti, de tu hogar, de tu linaje. En cambio, debo enfrentarme aquí, en esta batalla que se asemeja a un acto de suicidio colectivo, y mostrarme como una de las más aptas. Perdóname por arrastrarte a este sufrimiento interminable, por este dolor y desesperanza que compartimos. Dionisio, mi amor, perdona el desenlace de esta batalla, de este sacrificio. Permíteme regresar a ti, o acepta si el viento me lleva lejos de tu lado.
El tiempo se agota y nos dirigimos a nuestros puestos, con corazones apacibles pero decididos, esperando nuestro destino impreso en nuestra sangre y en nuestro camino.
Te amo Dionisio.
