Kaia camina por la orilla de la playa, rememorando las innumerables veces que el viento acarició sus cabellos y besó sus labios. Recuerda cómo todo se desvanece como la espuma en la orilla, pero siente que el calor de la tarde llena cada poro de su libertad, ganada y trabajada con esfuerzo.
Cada pequeña ola que el mar despoja de su interior besa sus pies, mientras la arena que se retira le proporciona un placer único, deteniendo el tiempo en las cosquillas de la vida. Estas sensaciones llegan hasta su estómago, subiendo como un gemido a la garganta y desembocando en un suspiro de satisfacción.
Ella sabía que el tiempo, el momento había llegado, que los siguientes pasos eran decisivos. Con solo tres meses de vida por delante, deseaba despojarse de todo lo que tenía, agotar sus recursos. Anhelaba entregarse a una pasión desenfrenada por la vida, para que la madre tierra la recibiera en su apogeo, llena del mundo material, de vicios, de pecados sin perdón, colmada de vida y muerte.
El veneno que recorre su cuerpo es inmenso, sin retorno. Debe detenerlo de alguna forma, y la única solución que encontró Dios fue negarle la respiración. La única manera de privar al mundo de tal perfección, de tal placer, de tal belleza, fue encerrarla en lo más profundo de las entrañas, donde no pueda crear caos ni guerras nuevamente.
Kaia, perfecta en cuerpo y alma, Kaia, la perfección encarnada en mujer, se encuentra ahora en un final sin retorno, en las penurias de los hombres. Aquí, Morfeo, te la entregamos. Llévala y prívanos de lo real y lo bueno. Crea un nuevo mundo lleno de sangre y dolor...
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