La música retumbando en mis oídos, siento cómo cada nota se clava en mi pecho, y en medio del caos, veo tus ojitos de lejos, brillando con una intensidad que me atrapa. Tus largas pestañas, moviéndose con la suavidad de un suspiro, parecen abanicar todas las ilusiones, todos los sueños, la esperanza y la vida que convergen en nuestros deseos más profundos, esos que nacen en el rincón más oculto de nuestro ser. Cierro los ojos y te siento, como si tu presencia se deslizara suavemente por cada rincón de mi cuerpo, envolviéndome en tu calor, como una suave caricia. Tu energía rodea cada espacio donde yacen mis emociones más vulnerables, las más vanas, las más audaces, las más frías, las más muertas… y las más vivas. Es un ciclo sin fin, una ruleta de sensaciones que gira sin control, atrapándome en su danza.
Siento el calor acercándose, la temperatura subiendo en la sala, mientras el bajo resuena en mis venas, sacudiendo mi alma. Me dejo llevar por la vibración de cada acorde, esperando con el corazón acelerado el encuentro inevitable de dos cuerpos que arden en deseo, que se buscan entre las sombras, cansados de esperar, ansiosos de colisionar. Te imagino cerca, irritados por ver cómo el tiempo pasa, robándonos el aliento, corrompiendo la confianza de nuestras mentes irreverentes y llenas de pasión...
Y entonces, llegas hasta mí. Tus manos, firmes y delicadas a la vez, rodean mi cintura y me atraen hacia ti, como si el espacio entre nosotros fuera una distancia que no puede ser medida. Puedo sentir tu aliento cálido, como un dulce perfume de canela y roble, rozando mi piel, acercándose a mis labios, tan cerca que me quema. El calor de tus manos se transmite a través de mi ropa, encendiendo cada fibra de mi cuerpo, cada poro de mi piel. Te siento cerca, más cerca, tu respiración se agita, llena de deseo, y yo te sigo, te deseo con una intensidad que me consume. Mis ojos se abren lentamente, buscando los tuyos, y cuando finalmente nos encontramos, tu mirada, tan profunda y decidida, atraviesa mi alma.
Pero, poco a poco, todo se vuelve frío, como un suspiro que se desvanece en el aire. Te vas alejando, desvaneciéndote en la multitud, tu esencia se pierde entre las luces y las sombras, y en un parpadeo, ya no estás. Desapareces, como si nunca hubieras existido. Y aquí me quedo, sola, en este lugar que ahora se siente vacío, sin nada otra vez, atrapada entre lo que fue y lo que nunca llegó a ser.
Me retiro del centro de la pista, el eco de tus manos sobre mi piel aún ardiendo, y me acerco al bar. Pido lo de siempre, a las rocas. El aroma de roble y canela se mezcla con la fragancia de tu ausencia, y me embriago de él, saboreando cada sorbo, como una forma de martirizarme por no tenerte aquí, de ahogar mi alma en esta fría realidad que me envuelve. Te extraño, te deseo, pero tal vez lo que más deseo es tenerte aquí, ahora, junto a mí. Sin distancias, sin tiempos, sin barreras.
