El reloj resuena sin cesar en mis oídos. Desde lo lejos, sobre un mueble, marca el tiempo con una insistencia casi cruel. Ya no lo llevo en la muñeca, ya no necesito tenerlo cerca para saber que el tiempo avanza. Su tic-tac repite, una y otra vez, cada paso en falso que he dado, cada pérdida, cada lágrima. Cada movimiento de sus manecillas parece acercarme, lentamente, al final. A la muerte. A ese desenlace que todos ignoramos hasta que lo sentimos respirar en la nuca.
Los recuerdos se clavan en mí como estacas, como cuchillos invisibles que se hunden en el alma sin pedir permiso. Cada sonrisa compartida, cada beso entregado, cada mirada sostenida, cada momento auténtico se transforma en una herida que se abre sin querer, que sangra con solo evocarla. Revivirlos es caer de nuevo, como si el tiempo no hubiera pasado, como si bastara una emoción para perder el equilibrio.
El futuro, mientras tanto, espera. Nos observa con ansiedad, sin saber qué hacer con nosotros. No puedo adivinar qué camino tomará. No se puede ir contra el destino, no porque no quiera rebelarme, no porque no tenga la fuerza, sino porque hay barreras que la vida impone y cruzarlas es caminar directo al borde del precipicio sabiendo que está ahí. Y eso, precisamente eso, es lo que siempre he hecho: avanzar hacia lo imposible, desafiar lo que no debía, empujar mis límites. Hasta ahora he salido ilesa. Pero quizás esta vez no. Quizás esta vez me rompa en mil pedazos, y esos fragmentos ya no encuentren forma de volver a ser algo entero.
Por eso, si no es en esta vida, amor mío, si no es ahora, deseo pactar contigo, con nuestra sangre y nuestras promesas rotas, que será en la siguiente, y en la siguiente, y en todas las que nos sigan. Que el amor nos encontrará, una y otra vez, por los siglos de los siglos, por las décadas y más allá del tiempo. Que la vida, esa gran maestra silenciosa, nos unirá y nos permitirá ser amados sin temor, ser escuchados sin juicio, caminar juntos con paso firme hacia lo que vendrá. Porque esto, todo esto, es solo el comienzo de una historia que no tiene final ni límites.
Estamos luchando por llegar, por permanecer. No hay distancias que puedan con nosotros, no hay fuerza que pueda separarnos del todo. La próxima vida está más cerca de lo que imaginamos, apenas al otro lado de esta. Y si hemos de vivir una eternidad, un par de años de espera no son nada. Yo quiero tus manos, quiero tus ojos pequeños mirándome, quiero tu sonrisa limpia, sincera, como un faro. Quiero tu risa llenándome el alma, y mi rostro recostado en tu pecho, sintiendo cómo los latidos te devuelven la vida. Quiero tu voz susurrando en mi oído, quiero entregarte lo poco que queda de mí, todo lo que aún late, y quedarme en tus brazos... para siempre.
