martes, 5 de agosto de 2025

Anhelos muertos

Camino fuera del encierro, camino fuera de la luz. Mis ojos se cruzan con la luna, suspendida en el cielo, atrapada entre las ramas de árboles antiguos como el olvido. Una luna en un azul que no es azul, un azul denso, casi profundo, casi muerto, casi inexistente… un azul que no encaja en ningún nombre. Un azul blanco pero negro, como si el color se hubiese quebrado por dentro. Un instante eléctrico, punzante, lleno de sensaciones y distorsiones. Un momento donde estoy sumergida en un bosque que no me deja volver. Un bosque entre árboles y edificios, entre bestias con rostro humano y cuerpos vacíos que respiran por costumbre. Poco a poco te contaminas, te mezclas con ellos, te conviertes en uno más. Vas desapareciendo sin darte cuenta en este paraje devastado, en este lugar triste, lleno de ruido, donde no hay… donde no hay nada.
Ni paz.
Ni pausa.
Donde todo duele y, aun así, sonríes sin saber por qué… como si la sonrisa fuera una reacción involuntaria al colapso.

El viento, ese único testigo que aún se atreve a rozarme, se cuela entre estas montañas de concreto y acaricia mi pelo como un susurro que ya no reconozco. Camino firme, sin detenerme, con una fuerza que no coincide con mi rostro hueco, ajeno, cansado. No encaja el vacío de mis ojos. No encaja la palidez de mi piel, blanca como la nieve, como el papel que nunca se escribe. No calzan mis pasos decididos con el temblor que llevo por dentro. No calza esta presencia áspera, dura, con todo lo que soy cuando nadie mira.

Cierro los ojos y me sumerjo. Me hundo en un mar espeso de emociones rotas, inútiles, sin forma, sin gracia, sin alma. Cierro los ojos y me arrastro hacia un lugar más tibio, más enfermo, donde por fin puedo desaparecer, donde puedo morir, donde puedo yacer sin nombre. Cierro los ojos y te veo ahí, al otro lado, envuelto en mi oscuridad. Siento tu sombra, siento tu calor, siento tu silueta caminar hacia mí. Es embriagador, sí… y duele. Duele como arrancarse la piel a pedazos. Se quiebra mi alma con cada paso fallido tratando de alcanzarte. Eres inalcanzable, lo sé, pero no puedo dejar de mirarte desde mis ruinas. Te veo entre las sombras de mis ecos, de lo que queda de mí.
Un corazón híbrido, ensamblado con metal, con acero, con diamantes rotos y sangre seca.
Y aún sangra.
Porque las partes que siguen vivas, aunque insensibles, no han dejado de sangrar. Lloran sin lágrimas.
Gritan sin voz.
Se desmoronan una y otra vez por cada suspiro que no llega, por cada palabra que no se dijo, por cada explosión de un amor que parecía real…
Un amor que prometía reconstruir lo que la vida redujo a cenizas.
Pero solo parecía.
Porque desde lejos aún veo, aún siento, aún maldigo todo el tiempo que viví encadenada bajo el mar, bajo un océano sin fondo, tragando agua, tragando miedo, tragando ausencias.
Hoy no nado. Hoy no salgo.
Hoy estoy aquí, quieta, sentada frente a esta piedra que no se mueve, en una playa que no es playa, frente a un océano que no me alcanza, o que simplemente ya no me toca.
Aquí me quedo, con el viento seco rajándome la cara, quemándome los ojos, recordándome que todavía duele.
Pero es un dolor que ya no importa.
Un dolor que ya no vale la pena combatir.
Un dolor al que solo le queda pudrirse conmigo,
en silencio,
en paz,
en la orilla.





S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...