Y entre más se acerca el tiempo, entre más avanzan las horas, más parece que el tiempo quiere detenerse, congelarse, suicidarse en su propia existencia. Como si se ahogara en su propia angustia, como si le pesara seguir arrastrando cuerpos vacíos por las calles grises del alma. Ya no quiere avanzar. Ya no quiere latir. Solo desea dejarlo todo como está: incompleto, herido, a medio morir. Quiere detenerse en los rincones más putrefactos del espíritu, ahí donde la esperanza se descompone y el amor es una sombra ridícula. El tiempo quiere desaparecer porque sabe que ya no hay redención. No quiere seguir transitando por las calles moribundas de un ser que ya no encontrará paz, ni cielo, ni tregua. Solo restos. Solo huesos. Solo sangre seca bajo los pies.
El tiempo quiere dejar de existir. Quiere arrancarse del pecho la mínima fe que alguna vez tuvo en este cuerpo que cambia solo para autodestruirse. Este cuerpo que simula vida pero lleva la muerte entre los dientes. Porque ya nada es suficiente. Nada basta.
Cada segundo que avanza es una aguja clavándose en la médula.
Cada instante que corre rasga las venas del alma, arrastrando trozos de sueños podridos y promesas sin cumplir.
Y en ese avanzar del no-tiempo, la cascada de medianoche se derrumba con fuerza. No es agua. Es vidrio. Son cuchillas. Son ilusiones hechas trizas que caen y revientan contra el concreto del presente. El frío del invierno no solo cala los huesos: perfora el alma. Se mete como un gas venenoso en el pecho, trayendo una paz falsa que no es más que resignación. Una calma que anestesia. Un silencio que grita. Ese frío trae la verdad que nadie quiere mirar.
La que estuvo siempre ahí.
Pero elegimos no ver.
Elegimos creer en la nada, en el humo, en la mentira de que todo podría salir bien.
Le dimos todo a un corazón que ahora se encierra tras rejas oxidadas, un corazón que no late: tiembla.
Que no ama: sobrevive.
La sangre se espesa.
Se pudre.
Se niega a seguir.
Empieza a estancarse, a llenarse de moho, a endurecerse.
Y así, sin romanticismo, sin consuelo, el cuerpo se convierte en un pozo.
Un pozo negro, sin fondo, sin retorno.
Un abismo que no cae: traga.
Devora.
Consume.
Y ahí estás tú, en alguna parte de este infierno que parece tan cotidiano.
Y aquí estoy yo, mirándome desde fuera, sintiendo que respiro por costumbre, que sonrío para no asustar, que camino solo porque nadie sabe que ya no queda nada dentro. Que ya no hay alma. Que todo se fue con el tiempo, ese tiempo al que tanto tememos… y que, al final, lo arruina todo.
