martes, 23 de septiembre de 2025

Carne y cenizas

A veces saltar no es la clave para acabar con todo; a veces saltar es sólo una repetición de lo que ya viene, la continuidad de una condena que se abre paso en la próxima vida. Mejor es pagar, abrir la carne y ofrecerla como testigo: todas las mentiras de otra realidad, todas las heridas ya hechas, todas las maldiciones entregadas. Prefiero que la actualidad corroa cada esquina, cada recoveco, cada pizca de luz que mi mente, mi cuerpo, mi alma y mi espíritu logren atisbar en la lejanía.

Que se deshaga mi piel si eso sirve; que se quemen mis sueños, que marchite mi alma, que me arrebate el brillo de los ojos. No hay mal que dure cien años, pero ¿qué importa eso cuando la vida pide cuentas hoy? De alguna manera, lo magnífico vendrá por ti y te arrastrará con él; yo te llevaré conmigo cuando ya no quede ni una gota de sangre pura en mis venas, cuando las lágrimas sean sólo surcos en las mejillas, cuando mis labios sean una amarga historia por contar, cuando mi piel caiga hecha pedazos al suelo.

Creemos que podemos superar sin más cada obstáculo que nos colocan delante; no es así. No se supera: se carga. Lo pones en tus hombros y se convierte en un peso continuo que despierta todo el cuerpo cuando algo similar se aproxima: los cabellos se erizan, la piel se tensa, los ojos se inyectan de rojo vivo, listos para el primer golpe, listos para destrozar al enemigo. Plantas la cara frente a la desgracia de este mundo apestado por humanos —basura inconsciente, basura impropia, carne y hueso putrefacto, asquerosa— y la furia se vuelve un motor amargo.

Aún escucho mis gritos afligidos, de dolor y de asfixia, rebotando en esas paredes, en ese techo de cuatro metros. El eco no se va: el frío y el punzante siguen ahí, como si la vida se hubiera agotado y el último suspiro aguarde, paciente, tras el silencio obligado. Los porqués y los paraqués vienen y van, y la vida carcome. El dolor no termina: es torbellino y huracán, es un rumor que a ratos se hace paz. Es mar, es océano; es lago, es río; es un árbol que hunde raíces en la tierra y sangra por los años, quebrándose un poco más cada temporada.

La embriaguez —esa puerta abierta— parece la única liberación de esta continuidad: escapar del ser concebido en pecado, del paraíso invertido. Vivir ya no parece hermoso; es horrible. Ver el mundo desde lejos tiene su belleza, pero acercarse y ser parte de él quema, hiere, mata.

Y sin embargo, hay un gesto mínimo que persiste: el acto de nombrar el dolor. Si lo nombro, lo pongo en el centro y lo miro, algo en mí responde. No cura, no arregla, no disculpa nada; apenas dibuja una grieta por la que se filtra una luz diminuta, insistente. Esa luz no promete alivio, sólo compañía. Me queda la fidelidad a ese gesto: nombrar, sentir, escribirlo, expulsarlo del cuerpo en palabras que no piden perdón. Quizá eso alcance —como una llama cabezona— para resistir otro día más.





S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...