martes, 7 de octubre de 2025

El eterno nosotros

El mundo se mece delicadamente, como un bebé en los brazos de su madre, como un retoño sostenido por el legado del inicio de la vida. Recibe las más hermosas bendiciones: el amor jamás entregado, el amor que parece una ilusión, el cariño de una mujer que anhela su creación, su reflejo, su vida, su soplo de existencia.

La vida fluye como el agua en los ríos, como las vertientes escondidas bajo la tierra, que yacen en los océanos más profundos y se mezclan con el núcleo tibio y palpitante del mundo. El tiempo pasa: los años, las décadas, los siglos. Nada se detiene. Las almas tampoco se pierden; van y vuelven, se envuelven en el viento de la incertidumbre de los destinos, se entrelazan con recuerdos antiguos, presentes y futuros, en ese ciclo sin fin donde todo respira, todo late, todo se transforma.

La sangre que corre por nuestras venas se seca al tocar la tierra y nutre las raíces de la madre del mundo. Todo sigue, todo fluye, todo se unifica. Todo es uno, y uno es todo. Es el infinito acto de encontrarse, de coincidir, de mirarnos a los ojos y decir: “aquí estás, aquí estoy”. Es tocar tu piel y rozar tu alma, sentir tu latido —ese que trasciende los sueños, las esperanzas, las desdichas, el dolor, la voluntad, la paciencia.

Nuestros ojos se encuentran en cada esquina, en cada mundo, en cada universo, en cada estación, en cada capa de la tierra. En el cielo, en el mar, en el reflejo de tus ojos junto al fuego, en las flores, en los aromas, en los sentidos. Nunca dejamos de encontrarnos una y otra vez, nunca dejamos de estar destinados, nunca dejamos de sentir.

Siempre ahí: intensos, frágiles, escogiendo amarnos en cada instante, en cada parte, en cada vida, en cada mundo, en cada realidad. Escogiendo seguir, aprender, amar paso a paso. Sentir tus manos acariciar mi alma es el placer más hermoso del mundo; tus sonrisas llenan mis ojos, tus besos me devuelven la dicha de existir.

En los tiempos de los tiempos, en todas las vidas, deseo seguir encontrándote, vivir la conexión que siempre hemos tenido: la paz del alma, la paz del ser, el amor eterno de quienes se reconocen más allá del tiempo y del destino.



S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...