Sentada en mi sofá, mirando el techo, busco respuestas al sentido de la vida.
Sostengo en mi mano derecha una copa, una copa de rosé.
Cierro los ojos por un segundo, solo uno… y un estruendo horrible surge de la nada.
Algo recorre el suelo a toda velocidad, una sombra, un ente, un aire que no logro comprender. Se aproxima sin detenerse hasta mis pies, se eleva, se desliza por mis piernas, mi estómago, mis costillas… y se instala, cruel y sereno, en mi corazón.
Siento cómo me aprieta desde adentro, cómo el aire se vuelve piedra en mi garganta.
Y entonces, en el vacío absoluto de la vida misma, en ese minuto donde el alma se separa del cuerpo y el tiempo deja de ser tiempo, abro los ojos.
Mi respiración se ahoga en un último aliento.
Siento las venas hincharse, palpitar, estallar contra mi piel.
El aire me falta.
La luz se desvanece.
Los dedos se crispan.
El cuerpo tiembla.
El dolor es inhumano.
Me estoy ahogando.
Y de pronto, todo se rompe.
Todo.
La sangre brota de mí como si el cuerpo ya no me perteneciera.
El sofá se inunda, el piso sangra, las paredes se deforman.
El mundo gira, se dobla, se deshace.
Ya no puedo sostenerme.
Caigo, sin sentido, golpeando la cabeza contra la mesa de centro.
Oscuridad.
Silencio.
Nada.
En otro lugar, en otra frecuencia, en otro tiempo que no entiendo, mi conciencia comienza a volver.
Abro los ojos de golpe.
Mi respiración entrecortada casi me ahoga.
Siento las venas palpitar, mis arterias rugir, mi corazón retomar su trono.
No entiendo.
No sé dónde estoy.
Pero existo.
Mi cuerpo tiembla, mis manos se mueven por instinto.
El aire arde al entrar.
Y cuando por fin logro enfocar la mirada, descubro el horror:
una vasta meseta, un valle cubierto de humo, tierra, sangre y muerte.
A mi alrededor, cuerpos sin nombre.
Fragmentos humanos desperdigados.
El zumbido de los carroñeros sobrevolando lo que alguna vez fue vida.
Estoy en medio del final de una batalla.
Rodeada de muerte y silencio.
Rodeada del fin.
De la decadencia del alma.
Del egoísmo de los hombres que destruyen lo que no comprenden, que matan por costumbre, que olvidan la razón de existir.
Me incorporo lentamente.
Mi cuerpo es nuevo, pero cansado.
Vivo, aunque no debería.
Sigo siendo mujer, y eso me resulta extraño en este mundo donde el metal y la carne son uno, donde la cota de malla aprieta más que el miedo, donde el yelmo desfigura tanto el rostro como el alma.
Mi boca está seca, los labios agrietados con sabor a hierro y a sangre.
Siento una punzada en la pierna: arde, pero no me detiene.
No sé quién soy, ni por qué sigo viva, ni qué precio pagué por regresar.
Solo sé que debo moverme, escapar antes de que los carroñeros me devoren como a los demás.
Me arrastro sobre la hierba húmeda, sobre restos de cuerpos y de sueños, sobre la muerte misma.
Cada centímetro es una agonía, pero también una certeza: sigo sintiendo, sigo existiendo.
Llego hasta un arroyo.
El agua canta, indiferente al horror.
Me despojo de todo lo que llevo encima: la armadura, el casco, las muñequeras, las botas.
Cada pieza cae con el sonido de una liberación.
Entro al agua.
El frío me traspasa los huesos.
El dolor se mezcla con alivio.
Lavo mi piel, mis heridas, mi cuerpo nuevo.
La sangre se disuelve, el miedo también.
La corriente arrastra lo que no necesito recordar.
Bebo un poco de agua.
El metal se diluye en mi lengua.
Mi respiración se calma.
El corazón late más despacio.
La vida, esa que me fue arrebatada y devuelta, comienza a sentirse real otra vez.
Miro el cielo.
Una luz se filtra entre las nubes, débil, temblorosa.
Cierro los ojos.
Y con un hilo de voz, apenas un suspiro, murmuro:
—No todo es tan malo, Señor.
No todo es tan malo.
Abrázame… y dame consuelo.
Lo necesito.
