martes, 21 de octubre de 2025

El deseo en Pausa...

Desde lejos te observo, y tú observas cada paso que doy, cada movimiento. Me siento en la mira de un francotirador: inmóvil, esperando el disparo justo, el instante en que la presa se alinea con el pulso del cazador.

Y aun así, te miro de soslayo, silenciosa, fascinada por el mundo invisible que se abre entre nuestras mentes —ese universo que se dibuja en los deseos, que se expande en los sueños y respira en el silencio compartido.

He aprendido a amar los detalles más pequeños de la vida, a entender cada gesto, cada movimiento. Ninguno es en vano, ninguno carece de sentido. Todo lo que sucede es una trama infinita de sucesos enlazados, hilos que se cruzan, que se anudan en la urdimbre del destino. Todo tiene un porqué y un para qué, aunque a veces la mirada no alcance a comprenderlo.

Esa mirada tuya —la que altera la calma de tu mente serena—, esas palabras que se escapan sin cuidado y rompen el alma, ese suspiro detenido en el pasillo, esos ojos húmedos en la mañana... todo deja huellas. Todo va esculpiendo el sentido del ser, de la existencia, del propósito de cada alma que vaga en esta tierra.

Y allí sigues, detrás de los cristales, tan distante y tan cerca.

Tienes esa forma de marcar los instantes, de dividir el tiempo entre un antes y un después. Dejas huella, matas suavemente, envenenas con ternura.

Veo tus manos jugar con mi cabello, seguir los mechones hasta mis hombros y mi cuello, hasta que en la nuca las siento aferrarse con fuerza, tirando hacia ti. En ese gesto breve el mundo desaparece; el placer se vuelve mudo, y me desvanezco entre tus brazos, entregada, rendida ante la calma fría de tu rostro.

Tus ojos —tan quietos— guardan un infierno. Un infierno hermoso y peligroso, creado para quien ose romper la paz que habita en ti, para quien quiera conocer lo prohibido, abrir las puertas de tu alma y entrar, aunque el fuego queme.

Allí, en ese rincón invisible, descansan tus demonios.

Y los míos también.

Ambos observamos desde lejos, cansados, sabiendo que el alma humana se desgasta buscando sentido. Que los sueños se marchitan con el tiempo, que la moral y la culpa nos llenan de enigmas innecesarios.

A veces pienso que la vida no se trata de entender, sino de resistir con dulzura.

Y mientras tú sigues observando tras el cristal, yo aprendo a existir sin esperar el disparo.

Aprendo a quedarme quieta en la línea de mira, sabiendo que en el fondo —muy en el fondo—, tú y yo no somos enemigo y presa, sino reflejos de la misma melancolía que intenta seguir respirando, incluso cuando el aire duele.




S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...