domingo, 2 de noviembre de 2025

¿Eres suficiente?...

¿Qué pasaría si hoy murieras?... ¿te irías completo?... ¿te irías satisfecho?... Mira hacia atrás, ¿te gusta lo que ves?... ¿fue suficiente?... ¿te faltó algo?...

Campanas estruendosas resuenan en los cielos, violines se disuelven en el fondo del mar, tambores laten en el centro de la tierra... volcanes, olas gigantes, tormentas, huracanes y meteoritos. La tierra arde en rojo, se desmorona poco a poco, dando su último suspiro y recordando la marejada de años, siglos e infinitos mundos donde tuvo lugar cada segundo, cada ser, cada vida, cada suspiro. Suspiros de amor, de dolor, de cansancio, de agonía, de felicidad... de un ser satisfecho, de un ser en ruinas. Las experiencias conjuntas de todos agotan los recursos de quien nos sostiene, matan lentamente el ciclo natural, apresuran el fin, retuercen nuestras mentes y nuestras almas. Se siente cómo se sofoca el mundo, el aire, el agua... cómo no hay dónde ir sin querer morir, sin suspirar de cansancio, de dolor y de tristeza. El aire se va poco a poco, el sol atraviesa con sus rayos nuestras pieles, nuestros ojos, nuestras almas, quemando lentamente lo que un día fue vida. Destruye el camino que nosotros mismos comenzamos destruyendo, creyendo que construíamos, que avanzábamos, que crecíamos, que hacíamos algo bien. Pero la realidad es otra: nosotros mismos somos el mal del universo. Nos autodestruimos, nos autosaboteamos… en la vida, en el mundo, en todo.

Nos han contado que las almas crecen con el tiempo, que van adquiriendo experiencia y sabiduría entre carencias y caídas, pero no es así. Las almas no crecen: se funden unas con otras, pero jamás alcanzan la sabiduría que todos anhelamos. Ni dejando de comer, ni flagelándonos, ni guardando silencio. Hemos creado doctrinas de lo correcto, la moral y la ética, y no han servido de nada. Ni servirán. Porque el verdadero aprendizaje no está en imponer, sino en aceptar. Aceptar que ninguno tiene la razón, que ninguno es perfecto, que nadie conoce la verdad del mundo. Este mundo, creado por nosotros, es una obra de teatro excepcional, un circo sin precedentes. Eso somos. Y aun así seguimos aquí: avanzando, creyendo, construyendo, mientras nos destruimos, cayendo poco a poco en la agonía de nuestra propia creación.

Y quizás ese sea el verdadero destino de la humanidad: arder en su propia contradicción, desaparecer en su propio reflejo, mirar al abismo y reconocerse en él. Porque en el fondo, lo que más tememos no es el fin del mundo... sino el fin de nosotros mismos.




S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...