Cuenta una leyenda, una de aquellas antiguas, casi olvidadas por el tiempo, que sólo los corazones atentos logran escuchar… Una historia que viaja entre mundos, susurrada por los espejos, guardada en la luna. Dicen que, a veces, cuando te miras en un espejo a medianoche, y la luna llena tiñe de plata el aire, puedes encontrarte a ti mismo. Y si logras sostener la mirada sin miedo, descubres el motivo por el cual sigues regresando a este mundo: tu razón de existir, la causa de tus renacimientos, el porqué sigues encarnando en cuerpo y piel en lugar de flotar, libre, en el vasto universo de las almas y los sueños.
Cuenta la leyenda que toda alma viene a conocerse, pero que a través del espejo el proceso se acelera; que quien lo mira con el corazón abierto puede vislumbrar el final, ese instante en que te fundes con tu yo más profundo, omnisciente, omnipotente… y vuelves a ser todo lo que alguna vez fuiste.
También dice la leyenda que quien rehúsa enfrentarse al espejo recorre un camino más largo, más duro, más doloroso. Pero ese camino —aunque árido— está lleno de milagros. Porque el privilegio de ver cada amanecer y cada ocaso, de contemplar un cielo estrellado, un reflejo en el agua, o sentir la brisa danzando sobre tus mejillas… es una dicha incomparable. No importa cuán difícil se vuelva el trayecto: a veces perderás partes de ti, fragmentos que no regresarán. Pero si, con paciencia, vas levantando la cortina de la oscuridad —ese velo que te cubrió cuando lo perdiste todo, cuando sangraste vida, cuando creíste que ya no quedaba nada—, entonces comenzarás a ver los primeros destellos. Pequeños hilos de luz, como oro líquido filtrándose por las grietas del cielo, iluminando con su brillo multicolor cada rincón, cada muro, cada paso, cada respiración de todo ser vivo.
En primavera, los aromas despiertan al mundo. Las flores invaden el aire con fragancias dulces y salvajes; la hierba brota fresca, y el rocío de la mañana cubre la tierra con un manto que brilla como plata, como diamante, como si el universo entero hubiera decidido reflejarse en cada gota. Todo renace, todo resplandece.
En otoño, el oro cubre la tierra. Los cielos se visten de cobre, las hojas giran y bailan con el viento que enreda los cabellos y acaricia los hombros. El aire se vuelve puro, y el mundo comienza a descansar… preparándose, en silencio, para seguir brillando bajo otra forma, con otro color, porque el brillo nunca muere, sólo cambia de cuerpo.
En verano, todo se tiñe de miel y menta. Los colores vibran, el calor susurra recuerdos antiguos. El aire huele a sol, ese aroma único que lleva consigo la infancia, los grillos, la calma y el rumor invisible del calor que canta sin voz.
Y cuando llega el invierno, un manto de lluvia cubre la tierra. Las gotas limpian con ternura y con fuerza, como si el cielo quisiera purificarlo todo. Queda el olor a tierra mojada, la sensación de algo nuevo, la brisa que acaricia la piel y despierta la memoria de lo que fuimos.
Si simplemente esto fuera suficiente…
si tan solo bastara con vivir, con respirar, con mirar el cielo y recordar quiénes somos…
Si tan solo fuese suficiente.
