En plena madrugada comienza a recobrar la conciencia, a sentir sus manos, a reaccionar a la vida.
¿Dónde estoy?
Abre los ojos de a poco, observando la oscuridad que la rodea.
¿Qué hora es?
No recuerda nada. Mira sus ropas.
¿Por qué sigo vestida?
Mi celular… ¿dónde está?
Yo… yo no soy así. ¿Qué hice?
Se incorpora lentamente, tratando de recuperar el aliento. La cabeza le duele como los mil infiernos; se siente moribunda, como si la vida la abandonara, como si el universo entero quisiera enterrarla bajo tierra. Se levanta con dificultad: aún no reconoce su cuerpo ni entiende que su vida estuvo en peligro. Busca entre sus ropas, entre sus cosas: todo está allí, intacto. Y su celular… exactamente en el mismo lugar donde su mente lo habría dejado. Demasiado perfecto. Demasiado cotidiano para lo que siente en el pecho.
Sale de la habitación. No sabe dónde está.
El lugar es horrible, frío, gris.
No comprende que se encuentra a kilómetros de su hogar, de los suyos, de sus abrazos.
Rebusca entre sus pertenencias hasta encontrar pastillas para mitigar el dolor, para calmar la locura que parece desatarse en su cabeza. No siente la piel, no siente su cuerpo; solo sus manos, palpando la vida como si aún pudiera escapársele. Encuentra un espejo: sus labios están rojos, su piel blanca y fría como la luna, sus ojos vidriosos como si la lluvia quisiera desatarse en ellos, como si la tormenta comenzara a hablar por sí sola. Una ola gigante viene hacia ella… y aún no sabe qué es.
Vuelve a acurrucarse en el rincón donde despertó, intentando conciliar el sueño. La cabeza le da vueltas y vueltas. Pero está viva. Viva en muerte, pero viva. Completa. Revisa su celular en busca de respuestas: mensajes, rastros, explicaciones. Solo halla frases extrañas, palabras sin sentido. Confusión. Vacío.
Dicen que los seres humanos crecemos de muchas maneras: por las buenas, observando a los demás; por las malas, cometiendo errores; y por los traumas, obligados por un destino que jamás elegimos. Siempre escuchamos que debemos endurecernos, formar carácter, aprender, resistir. Pero nadie nos enseña a aceptar a los otros tal como son, a cuidarlos y amarlos sin querer transformarlos en versiones imposibles. Les exigimos ser de una manera inhumana, dolorosa, difícil; no respetamos el diamante que tenemos frente a nosotros. Solo arrebatamos, criticamos y decidimos por los demás. Somos seres poco conscientes, escasamente empáticos, raras veces amables.
Somos una sociedad repugnante que jamás, jamás debió existir.