La vida es un destello de interna complicidad con la muerte, un acuerdo silencioso entre dos fuerzas que se observan desde el borde del abismo. Es un paisaje brotado de ilusiones torcidas, de caprichos mal elegidos, de deseos que alguna vez fueron luz y hoy son sombra. La vida y la muerte bailan el vals más estruendoso y a la vez más silencioso del universo, girando sin descanso bajo la mirada indiferente del tiempo. La luz brilla, destella, se quiebra; y el aire —ese cómplice sutil— hace brotar, florecer y también remover aquello que creímos eterno.
Somos seres hundidos en una realidad desgastada, construida de sueños sin sentido, de expectativas marchitas, de felicidades que nunca nacieron. Nos empeñamos en ganar, en estar por encima del otro, aun cuando esa victoria no significa nada. Somos la basura de la tierra, criaturas abominables ante cualquier dios que aún conserve algo de piedad.
Somos el suspiro desgarrado cuando el fuego nos atraviesa la garganta, el beso que sangra desde la herida del alma. Mortales en cuerpo, inmortales en pensamiento, una contradicción que late en cada célula. Criaturas del infierno y del fuego, del aire, de la tierra y del agua; criaturas de las estrellas, de los cometas y de las galaxias. Somos, en conjunto, omniscientes y omnipotentes en un sueño que jamás podremos sostener despiertos, y aun así seguimos siendo terrenales, jamás celestiales. Imperfectos dentro de la perfección del universo, somos su error más hermoso y su fracaso más doloroso: la perfección defectuosa dentro de la creación.
Las luces giran, giran, giran. Se aproximan como presencias hambrientas que buscan devorar aquello que queda de ti. Se apagan de golpe, te consumen, oscurecen el alma. Y entonces, en ese vacío total, la verdad empieza a brotar desde el fondo: sube lentamente por las entrañas de la tierra, como un eco antiguo que ha aguardado siglos para pronunciarse. La verdad se abre paso entre la carne y el espíritu, esperando el grito ahogado de quien anhela la muerte prematura de su vieja alma, esa que ya no le sirve, esa que clama por ser abandonada para renacer en una forma distinta.
Y allí, en la oscuridad más profunda, cuando incluso las tinieblas parecen retirarse para observar, descubres que no estás muriendo:
estás cambiando de piel.
Estás dejando atrás la versión de ti que no pudo sobrevivir al peso del mundo.
Y algo, muy dentro, algo que apenas respira, comienza a encenderse.
