lunes, 26 de enero de 2026

En cada ciclo te encontrare...

Bajo la luna creciente se desata un vals, y bajo la luna incompleta una sola figura se enciende en movimiento: una danza íntima, obstinada, que recuerda sin memoria y busca sin saber, como si el cuerpo supiera antes que el alma dónde está su otra mitad, dónde aguarda la luna llena. Entre giros y giros, cada ciclo que se cumple transforma, cada ciclo que pasa reescribe el destino; nuevas historias quedan selladas en los astros, pactadas en galaxias que observan en silencio cómo el tiempo se abre y vuelve a cerrarse.

Cada ciclo deja una marca, un hito invisible: una época, una estación del alma, un lugar distinto donde algo nace o muere. Cada noche es una entre millones y, aun así, es irrepetible. No existe otra igual. El aire le crea vestidos efímeros, la arena roza sus pies como un secreto, los aros tintinean como pequeñas lunas, las rosas sangran perfume, las nubes espían desde lo alto, el agua limpia las huellas, el fuego consagra el paso. Todo conspira para verla girar.

Su cabello revolotea dorado bajo los rayos de luna, y a ratos se vuelve plateado, frío, según la temperatura exacta de cada palpitar en su corazón. En cada luna llena estira sus pequeñas manos y siempre alcanza otras: las de un nuevo amor, las de un romance distinto, las de un cortejo único y deslumbrante. Es un juego de dos que se vuelve íntimo, sagrado, especial; una historia hecha de altos y bajos, de roces y miradas que queman, de piel tibia y piel fría, de sal de mar y calor abrazador.

Los pies de esta diosa jamás descansan. Sólo cuando la luna desaparece ella se detiene y se sumerge en un suelo de infinitas luces dentro de sus propios ojos. Allí suelta la mano de esa historia, intenta romper el trazo que quedó marcado en su piel, grita, suplica, ruega… y luego, lentamente, deja ir. Acepta. Respira. Y permite que un nuevo anochecer vuelva a abrirse ante los ojos de la luna.

Las sonrisas fueron las más hermosas, las miradas las más ilusionadas, los besos los más intensos; y las almas, las más magníficas obras de arte cuando se entrelazaban y creaban vida, y creaban muerte, y creaban esa magia feroz que es amar. Amar en segundos, en minutos, entregarse por completo sabiendo que la ruptura es inevitable, que el dolor es parte de lo bello, de lo perfecto, de lo vivo.

Porque el dolor también es amor: amor en cada herida, en cada experiencia que marca. Es el vals eterno del renacer, incluso cuando el mundo parece hecho de cenizas.



S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...