El destino de cada alma parece estar preescrito en una biblia invisible del universo y las estrellas, pero ese designio se mezcla —inevitablemente— con el dolor y el amor que arrastra cada decisión, cada paso que damos hacia nuestro terrible final: la muerte. No como amenaza, sino como certeza silenciosa que camina a nuestro lado desde el primer aliento.
Hoy estamos aquí, sentados frente a frente, y aun así somos incapaces —como seres humanos— de saber dónde estaremos mañana. No sabemos dónde nos alcanzará el dolor, en qué punto sentiremos que la vida comienza a desvanecerse, dónde se rompe la racionalidad del existir. Entregamos nuestra vida a un destino mal escrito por dioses efímeros que no comprenden la realidad actual; dioses que creen que todo aún se rige por el pulso y no por estigmas, heridas heredadas, maldiciones, daño, sangre acumulada a lo largo de generaciones.
Todo se arrastra como una serpiente enlodada, cargada de historias sin sabor, historias dolorosas que desgarran la piel, que escarban en la carne viva de nuestras almas, que destruyen y degüellan nuestras ilusiones con una precisión casi ceremonial. Todo parece premeditado, todo anunciado, sin considerar cuánto ha cambiado el mundo, cuánto se ha ido perdiendo en el camino: la vida, el amor, la libertad, la belleza de existir despacio, de hacer las cosas con cuidado, con detalle, con paciencia infinita.
Hoy vemos cómo todo se derrumba lentamente. Cómo seguimos avanzando sobre una rueda sin fin que va triturando, paso a paso, lo poco humano que aún nos queda. Una rueda que no nos deja respirar, que nos empuja a una miseria en la que juramos jamás caer cuando apenas teníamos segundos de conciencia, cuando nos enseñaron a creer en lo contrario mientras crecíamos en este mundo naturalmente único y humanamente cruel.
Perdemos la humanidad a medida que avanzamos, a medida que nos mezclamos con seres hipócritas, cansados, rotos, y sin darnos cuenta comenzamos a convertirnos en uno de ellos. Y eso es lo verdaderamente triste. El brillo de los ojos se apaga, la vida se escurre sin estruendo, y se pierde la noción de eternidad que habita en amar la vida y disfrutarla. Nada tiene sentido. Todo se desconecta de ese cordón umbilical invisible que nos anclaba al simple acto de existir en esta tierra árida, desolada y cada vez más vacía de amor.
