La sed persiste, el calor se
mantiene implacable; mis raíces de mujer exploran cada rincón de mi ser,
fortaleciendo todos mis deseos y transformándolos en un poder incontenible.
Pensaste que este juego sería simple, que podrías ganar desgarrando mi alma,
pisoteando y destruyendo mi santuario. Pero solo permití que probaras
brevemente el paraíso, no el cielo, no el Olimpo. Con tan solo migajas,
controlé tus deseos, movimientos, palabras, agonías, dolor, razón. No quiero ni
imaginar cómo te humillarías ante mis pies si hubieras obtenido todo.
Ninguno de ustedes resultó ser el
demonio que esperaba, aquel capaz de arrebatarme el alma, aplastar la razón de
mi existencia, robar el placer de vivir y morir; el que acabaría con mi cordura
y haría estallar mi raciocinio. Caigo hacia atrás riendo sobre estas almohadas
blancas, sumergiéndome en la locura del placer de sentirme, de unirme a mí misma;
el deleite de amarse y adorarse. La paz emana de mis poros, el deseo
desenfrenado de no privarme de nada, la escasa percepción de la realidad, la
explosión de sentimientos, emociones, sensaciones. Desde esta posición elevada,
ya no veo tu presencia.
