En una tarde de dolor, desesperanza y olvido, de épocas
pasadas, me acerco al balcón con una copa en mano y un puro entre los labios.
Desde este piso 19, experimento el deleite visual y el viento acariciando mis
rosados pómulos, mis labios teñidos de rojo y mis ojos cristalinos absortos en
el humo afrodisíaco.
El vestido rojo abraza mis curvas, mientras la copa se desliza por mi boca, acariciando mi lengua. Me sumerjo en el cielo, una acuarela suave donde analizo, siento y adhiero cada curva de las nubes. Comienzo a flotar, ascendiendo con el viento que me envuelve, liberándome de lo terrenal. Los tenues rayos de luz deshacen cada fragmento de tela que me une a la tierra. Mi cuerpo resplandece, captando cada partícula celestial. En cada rincón, te siento, me elevas. El calor se apodera de mí; mi piel absorbe el calor y cada rincón de mi ser reacciona con satisfacción, con placer. Mi cabello acaricia suavemente cada poro de mi piel.
Atravieso el cielo, la atmósfera, el calor, el sol, la luz y
el aire. Pierdo la conciencia en este rincón anhelado del universo, la razón se
desvanece. Explosionó en emociones, sentimientos, perdiendo la noción de la
realidad y del placer terrenal. Alcanzo el cielo, toco lo que nadie más tocará,
ni siquiera los dioses de mi imaginación. Los pierdo, los entierro, los
destierro de este paraíso.
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