Las paredes retumban con gemidos
de angustia, sus lamentos alimentan mi ser, mi ego, mi insaciable sed de poder.
El mundo se postra a mis pies, desmoronándose mientras yo presido esta
aniquilación: dolor, sufrimiento, muerte, traición y mentiras, todos convergen
bajo mi reinado. Aquí, en los suburbios de lo ilegal, lo inmoral, en la ciudad
de las ruinas donde nadie osa entrar, yace mi trono en este viejo sótano. Un
trono en forma de un desvencijado sillón, cubierto de arañas, polvo y los
despojos de recuerdos juveniles.
Sentada con el arma más letal que
puede poseer un ser despiadado, un alma inerte con ojos centelleantes, ansiosos
de presenciar tu perdición. Empuño un Thompson, un vestigio de la prohibición,
símbolo de la decadencia que envuelve este mundo.
Aquí, acepto el trono anhelado
por aquellos que me proclaman su líder en esta tierra de infieles, traidores y
embusteros. El reino de las almas errantes, donde cada paso que doy es un nuevo
laurel, una nueva conquista. Mis defectos y atrocidades acumuladas a lo largo
de los años me convierten en una maravillosa aberración, impresionante y
brillante.
Frente a mí, unas puertas dobles
aguardan el día en que se abran para dar paso a aquellos que se arrastrarán,
suplicando clemencia, anhelando unirse, buscando redención. Pedirán disculpas,
intentarán compensar, se arrastrarán por el suelo que piso. Sin embargo, las
disculpas solo sirven para elevarme a una posición más alta, otorgándome poder
y gracia suficientes para permitirme los lujos de alguien sin escrúpulos.
El eco de sus súplicas resonará
en este oscuro sótano, alimentando mi ego con cada palabra suplicante. El
sillón, testigo silencioso de innumerables intrigas y maquinaciones, se
convierte en mi trono de autoridad mientras observo con deleite cómo el mundo se
desliza hacia el caos que tanto deseo. Cada grieta en las paredes narra la
historia de mi ascendencia, un relato de desesperación que se entrelaza con mi
reinado sombrío.
En este reino de sombras, soy la
reina de la oscuridad, la arquitecta de la ruina. Mis ojos, centelleando con
una mezcla de desdén y triunfo, escrutan el horizonte de destrucción que he
forjado. Y mientras sostengo el Thompson con firmeza, la promesa de un imperio
construido sobre el dolor y la sumisión se cierne en el aire espeso del sótano.
Este trono, aunque desgastado, sigue siendo el epicentro de un poder que solo
crece con cada gemido de las paredes y cada súplica desesperada que resuena en
las puertas dobles que aguardan la inevitable entrada de aquellos que buscan mi
favor.
