Verano de 2024, a orillas del lago, entre Villarrica y Pucón... Donde la madre tierra despliega su encanto de tranquilidad, vida, limpieza y perfección. Es el lugar donde reposan los dolores y temores de una adolescente, donde han comenzado y concluido diversas etapas, fusionándose con el agua, la tierra, las piedras y el cielo, entre las montañas que resguardan historias de antaño, cuando el diablo descendía en busca de alguien con quien compartir los lujos de vivir y sentir.
Allí, bajo el agua y los rayos de luz, se desentrañan los secretos más profundos, las caricias de cada ola y de cada brisa. Un sueño eterno envuelve el interior del alma.
Fue en ese lugar donde se conocieron, se enamoraron, se desvistieron y se sumergieron en la perfección del reflejo. Tan auténticas, tan únicas, tan similares: manos pequeñas y rellenitas, muñecas diminutas, brazos bronceados por el sol, llenos de historias marcadas por cada lunar. Hombros fuertes que desembocan en un largo cuello y espalda pequeña, piel suave como la seda, delicada como el algodón de azúcar. Labios sabor cereza, ojos reflejo del cielo, nariz pequeña y redonda, cabello que emula los rayos del sol y la arena.
Sus corazones, compuestos de azúcar y sal, canela en sus
lenguas. Pechos redondos y perfectos, cintura que se ciñe a sus suaves caderas,
con muslos generosos y curvas interminables. Su aroma es una mezcla de cielo y
perfección, la mejor combinación posible. Ambas, idénticas, las preferidas de
dios. Así, se miran fijamente a la luz de la luna, a los rayos del sol, siempre
mostrándolas, siempre uniéndolas. Son ellas que son una.
