Es una noche inusualmente fría en pleno verano del 2024. En
el aire se percibe una urgencia sin precedentes, un deseo imperante de escapar,
de buscar algo más, de sumergirse en la cruda realidad que ofrecen los
suburbios elevados de la ciudad. La abstinencia se manifiesta; las manos
tiemblan, la ansiedad se apodera de cada rincón del cerebro y del corazón. El
control se escapa entre los dedos.
Ataviada con un pulóver negro, pantalones cargo verdes, las
clásicas Old School Vans y los audífonos de siempre, sintonizando música de
2010 en Spotify, la sangre fluye con fervor. La fiebre enciende los ojos enrojecidos
y los labios resecos.
El deseo de formar parte de esa noche devora el alma,
corrompe los pensamientos y reintroduce la locura de la que una vez escapó.
Las 1 de la madrugada llegan, el parque se halla húmedo, la
cascada ensordece los oídos y silencia los gritos de dolor, pasión, miedo e
inquietud sobre el mañana. Al fondo, cinco individuos caminan con la indignidad
de la vida, la escoria más grande, el abuso de poder y género. Las venas
estallan en el rostro, el deseo de acabar con ellos se apodera, de escuchar sus
súplicas en el suelo. Pero eres mujer, así que al ver que se acercan
rápidamente, das un paso atrás y comienzas a correr. Entonces, una llamada
interrumpe el caos.
<< x: Hola, ¿estás bien?
xx: se escucha un jadeo constante No me cortes... mantente
>>
La mente corre, las piernas pesan, la desesperación se
apodera. Están alcanzando este cuerpo exhausto, la sangre hierve, los oídos
duelen, el corazón retumba con cada jadeo. Gritos ahogados de ayuda resuenan,
pero ningún habitante del barrio alto sale de su zona de confort porque
"ella se lo buscó". Miedo, terror, desesperación, una realidad
diaria.
Un árbol se vislumbra en la oscuridad, y en las últimas
fuerzas, las uñas se clavan en su madera, las astillas duelen, la piel se
rasga, pero se llega a la cima. Sin embargo, no se detienen; comienzan a
gritarte y a subir.
<< x: ¿Qué hago? Voy a llamar a la policía, ¿dónde
estás?
xx: No me cortes... no me dejes sola >>
Levantas la vista al cielo y ruegas, pides un último aliento. "Maldito Dios de este miserable mundo, infierno, paraíso, lo que sea, dame fuerza aunque pierda la cordura, dame fuerza aunque sea para poder enfrentarlos con mis propias manos y dientes cada vez que me alcancen..."
La sangre se estabiliza, el corazón se controla. Rasgas tu
cuello y te aseguras de que te vean mientras te ríes desaforadamente y los
miras. "Ya que no queda más... ya que no hay otra opción, jajaja, tendré que
perder mi humanidad y convertirme en su propio infierno..."
Rompes una rama del árbol, el primero te alcanza, te acercas
rápidamente y le clavas la punta de la rama en el ojo con fuerza desmedida y
pánico. Logras hacerlo gritar y caer al suelo con la cabeza rota. Tomas
confianza, pierdes la cordura. Antes de que los demás alcancen, arrancas la
vara y, en un acto de disfunción mental, ríes y los miras con ojos fuera de sí,
lamiendo la rama. "Así caerá cada uno de ustedes", gritas jubilosa,
sintiendo que puedes todo, dando inicio a la caza con las pocas fuerzas que tiene
una mujer frente a cuatro tipos que se creen dioses en un mundo donde todos
somos escoria sin sentido...
A medida que la persecución avanza, la lucha desesperada
contra la injusticia se convierte en una danza caótica, una sinfonía de
valentía contra la opresión. Cada golpe, cada movimiento, es una declaración de
resistencia. En ese momento, la oscura noche se convierte en el escenario de
una rebelión personal, donde la mujer se niega a ser víctima y se erige como la
heroína de su propia historia. Y así, en la penumbra, se forja un testimonio de
coraje que resonará mucho más allá de esa fría noche de verano.