jueves, 24 de abril de 2025

Mil agujas en el alma

La vida es una herida eterna. Un dolor que late, que arde, que no se disfraza. Un desfile interminable de emociones inútiles, de verdades que jamás debieron ser dichas, de realidades que pesan como cadenas.

La vida, cuando se enreda en sentimientos, es como mil agujas que se clavan sin tregua en lo más profundo del ser. No se detienen. No se quitan. Solo siguen perforando, una tras otra, hasta volverse parte de ti. Las heridas cierran, sí. Dejan de sangrar. Pero basta un pensamiento, un recuerdo, una palabra, para que la punzada vuelva con más fuerza, como si el alma recordara exactamente dónde doler.

Aunque digas que todo está superado, el dolor no olvida. Se esconde en el fondo del abismo. Late en el silencio del olvido. Sopla desde el rincón más oscuro del alma.

Te entregué mi verdad.

Te confié mis secretos.

Te abrí la puerta de mi universo, creyendo que tal vez podrías cuidarlo.

Pero no fuiste digno. Ni de mi lealtad, ni de mi amor, ni de la luz que llevé hasta tu sombra. No supiste ver la grandeza de lo que te ofrecí:

Mi mente vasta, mis sueños encendidos, mi alma frágil pero valiente, mi fe incluso en tus propios dioses.

Y tú... tú fuiste uno más. Uno más que viene a arder su miseria en un ser roto. A descargar su ego en una mente desgastada. A tomar sin dar, a destruir sin mirar atrás.

Aprovecharse del caos mental de alguien es habitar los barrios más bajos del alma. Tal vez seas un alma perdida, errante, arrastrando tu vacío por la vida, culpando a un dios que nunca fue tu enemigo, sino la  única voz que te habló cuando todo lo demás calló.

Pero el cielo no es indiferente.

El cielo ve.

El cielo escucha.

Y el cielo no olvida.

Ya habló.

Ya dictó sentencia.

Y cuando llegue tu hora de entender, el dolor será más grande de lo que imaginas.

Entonces querrás volver a ese lugar al que un día llamaste hogar. Pero el hogar no será el mismo. Y tú, tampoco.

Porque los dioses somos grandes, pequeño ser.

Somos luz, somos eternidad, somos la tormenta que no se quiebra.

Somos los que sobreviven al fuego, no los que lo encienden para huir.

Ya no recuerdo los deseos vacíos de la carne, ni los impulsos banales. No porque no los haya sentido, sino porque he crecido más allá de ellos. La sabiduría del alma no se rebaja ante placeres rotos. Los deseos impuros, los que nacen del ego y la cobardía, ya no merecen mi energía.

La sangre que corrió aquel día… No se recuperará jamás. Se manchó. Se pudrió con los sueños rotos de almas sucias.

Pero yo no.

Yo resurgí.

Yo volví a arder.

Y aunque lleve la herida, también llevo la llama.

Y esta vez, es mía.




S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...