Te siento aquí, tan dentro de mí, como si tu alma caminara por las grietas que la vida me dejó abiertas.
Te vas tatuando lento, sin permiso, sobre cada herida reciente, como si tus manos supieran exactamente dónde duele.
Eres un bálsamo, sí… pero también una tormenta suave, de esas que no destruyen, pero arrasan lo que ya estaba a punto de caer.
Me enseñas, sin palabras, lo que hace un hombre cuando realmente quiere.
Pero el tiempo es breve, injusto, y el daño demasiado hondo.
Y aunque lo disimules, te descubro…
En tus silencios cuando no te atreves a mirarme, como si supieras que si lo haces te derrites, te quedas.
En esas pausas tuyas, donde besas mi frente con la delicadeza de quien contiene un huracán, apartando mi pelo solo para encontrar el camino a mis mejillas.
Yo siento todo.
Tu cariño escapándose por tus poros, por tus dedos que tiemblan al rozarme, por tus labios que no saben mentir, por tus brazos que se mueren por envolverme, por tu corazón que late fuerte aunque te calles.
Y yo, rota, a medias, con la vida arrastrándome desde hace tiempo, sin fe, sin ganas, sin rumbo…
Solo quiero quedarme ahí, en esa mirada tuya que me busca desde lejos, como si aún tuviéramos algo que el mundo no entiende.
Como si nuestras sonrisas hablaran un idioma secreto que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.
Hay algo entre nosotros que no necesita explicación.
Es una complicidad tan honda que no cabe en palabras, que no pide permiso, que simplemente… ocurre.
Pero no ahora. No aún.
Porque la vida me golpeó con violencia. Me dejó vacía, sin fuerzas.
Perdí casi todo: la paz, la voluntad, el sentido.
Y aun así, estás.
Ahí.
Sin exigirme nada.
Esperando.
Sosteniendo con tus ojos mi mundo derrumbado.
Y en esa espera tuya, yo también empiezo a quedarme.
Ojalá el tiempo, por una vez, decida a favor de la felicidad.
De la nuestra.