jueves, 8 de mayo de 2025

Te reconozco en mi

Todavía no entiendo el destino. No comprendo del todo las decisiones que nos arrojan a la vida ni la absurda lógica de esta realidad en la que, lentamente, se nos va la existencia. Lo intento, sí. Intento entender por qué llegan personas a nuestro camino, con su carga de enseñanzas, compañía, amor, ternura, pero también de despedidas. Y sin embargo, me pregunto: ¿es necesario que elegir lo que realmente deseamos implique culpa? ¿Es inevitable sentir que algo está mal solo por atrevernos a querer lo que el corazón y la razón, por fin, eligieron juntos?

Si ya encontré lo que quiero para mi vida —si lo reconozco con certeza, si me hace sentido y me sostiene por dentro—, ¿por qué parece un error? ¿Porque no encaja en lo que otros esperaban para mí? ¿Porque no cumple un estándar ajeno que ni siquiera comparto? ¿Desde cuándo vivir se volvió una especie de examen eterno ante los ojos de quienes no caminan en mis pies?

¿De qué sirve tanta predicación sobre el amor, la compasión y la libertad, si al final todo se mide con reglas invisibles que nadie pidió, pero todos repiten?

¿Por qué debemos parecernos a un molde para ser aceptados? ¿Por qué la vida debe ser un disfraz de lo que no somos, para tranquilizar las expectativas de los demás? ¿No era este el propósito más sagrado de estar vivos: conocer, abrazar, manifestar y amar… sin condiciones?

Si alguien, con todos tus defectos a la vista, con tus heridas expuestas, con tu historia sin maquillar, decide quedarse…

Si alguien elige cubrir con ternura lo que otros juzgaron o descartaron…

Si hay quien te ve con paciencia, con verdad, con amor y sin miedo…

¿Eso no es suficiente?

¿No es suficiente querer crecer con alguien así?

¿Volver a confiar, volver a construir, volver a intentar… no es ya un acto de valor sagrado?

No entiendo este mundo que nos quiere a todos iguales, obedientes, domesticados. No entiendo por qué debemos sacrificar lo verdadero en nombre de lo que se ve “correcto”.

No entiendo el racismo, la discriminación, la mirada que condena lo distinto.

No entiendo la facilidad con la que se exige, se castiga, se señala… y la dificultad que hay para escuchar, para esperar, para comprender.


Todos somos apenas seres humanos: carne, alma, historia, cicatrices. Diferentes tonos de piel, sí. Diferentes idiomas, sí. Diferentes heridas, también. Pero al final, lo mismo: humanos.

Es verdad, todo puede salir mal. Lo desconocido asusta. Lo distinto incomoda. Lo profundo incomprende al mundo superficial.

Pero, ¿y si no se trata de que todo salga bien?

¿Y si se trata, simplemente, de amar con dignidad lo que el alma reconoce?

La belleza del cuerpo es solo una envoltura. Lo de adentro… eso que no se puede fingir, lo que vibra, lo que resiste, lo que abraza aun roto…

Eso brilla con una intensidad que ningún espejo puede mostrar.

Entonces, si hay libertad, si hay química, si hay verdad…

¿Por qué intentamos controlarlo todo? ¿Por qué queremos ordenar lo indomable, censurar lo espontáneo, matar lo que nace?

Nos hemos convertido en esclavos de un sistema que predica éxito, pero olvida la paz. Que promueve el trabajo, pero no la vida. Que nos empuja a producir, pero no a sentir.

Una sociedad que consume cuerpos, ideas, personas… y que, a cambio, deja vacíos.

Basta. No nacimos para encajar. Nacimos para ser.

Para explorar, para fallar, para descubrir, para amar aunque duela.

Para mirar a alguien a los ojos y decir: “Aquí estoy. Así soy. Y así te elijo.”

Porque si al final todo es incierto, si al final todos morimos, entonces al menos que sea con verdad en la mirada y con amor —aunque duela— en el corazón.



S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...