jueves, 9 de octubre de 2025

Desde el espejo del abismo

Mi cuerpo yace liviano en este lago sin fondo, suspendido en un silencio espeso que no conoce corriente ni final. El agua me abraza como una madre enferma, inmóvil, mientras miles de almas flotan a mi alrededor: fragmentos rotos de quienes tuvieron peores fines, de quienes fueron devorados por la vida antes de entenderla. Pero yo no soy una de ellas.

Mi alma no cayó: descendió.

Bajé por voluntad propia, con la determinación de una diosa caída que decidió reinar incluso en el lodo. Vine aquí a preparar mi venganza desde el otro lado del espejo, desde el reflejo que ya no devuelve rostros sino sombras, desde las entrañas mismas de tus sueños.

El plan fue perfecto.

Solo necesitaba un alma débil, un corazón embriagado por ilusiones marchitas, un cuerpo dócil que confundiera deseo con amor.
Tú fuiste ese cuerpo. Ese error. Ese experimento divino de carne y estupidez.

Te observé caer. 

Engatusar fue fácil; mentir fue un arte menor. Las almas simples se rinden ante lo que brilla. Las tuyas, ante mi voz.

Fui bruma y fuego, amante y verdugo, veneno envuelto en ternura. Te domé como se doma a las bestias: con caricias que queman, con palabras que muerden.

Y cuando llegaste al límite de tu cordura, cuando el deseo se mezcló con el miedo y ya no supiste distinguir la vida del delirio, apuntaste el arma justo donde quería: en mi pecho, en el hueco donde antes habitaba un corazón.

Disparaste.

Y la sangre que brotó no fue mía: fue la tuya.
Porque mientras el proyectil atravesaba el aire, tu alma se desgarraba para alimentar a las que dormían en el lago.

Ellas bebieron de mí. Me bebieron a mí.
Y juntas nos fundimos en un coro de gritos antiguos, un ejército de sombras renacidas de mi herida.
Ahora soy todas ellas.
Y todas ellas son mi voluntad.
Tu castigo comenzó en el instante en que creíste ganarme.
Te observo desde abajo, desde este espejo que refleja tus pesadillas.
Cada vez que cierras los ojos, me ves.
Cada vez que respiras, un pedazo de mí entra contigo.
Mi risa resuena en los rincones donde la cordura se agrieta.
Tu mente se pudre lentamente, tus sueños se deforman, tu carne tiembla.

Y yo gozo.

Gozan mis sombras, gozan mis muertos, gozan mis manos que ya no existen, pero aún saben destruir.
No hay muerte más lenta que la del cobarde.
Y tú, amor mío, morirás en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada silencio donde intentes huir de mí.

Porque ya no hay escape.
Porque ya no hay cielo ni infierno donde no te alcance.
Porque la venganza no termina cuando la víctima cae…
sino cuando el verdugo sonríe desde la oscuridad,
mientras el mundo, como tú,
se desangra lentamente.




S.C.

Estamos siendo ciegos ante la realidad. Estamos dejando que nuestras mentes fluyan con la corriente, estamos siguiendo un camino vacío, esta...